Mientras pienso todo esto ha ido cayendo la tarde y la música cambia y suena en inglés, aunque ahora que lo pienso nunca dije que antes no fuera así. Pero da igual, las armónicas hablan en la lengua de las serpientes, y además La Ciudad sigue perdida, porque ya no quieres saber si mis ojos son verdes de verdad y cuando te agarro para ponerte contra la pared y besarte no estás ahí. Aún así me raspo la lengua contra la piedra hasta sangrar porque creo que me va a hacer sentir mejor, pero es todo lo contrario y solo consigo pensar en las miles de palomas que habrán pasado sus malditas patas retorcidas por allí. Y que en Portugal se sientan en las terrazas de las pastelerías ¿te acuerdas?
Pero volviendo a las piedras y a mi lengua: al menos las chispas sirven para encenderle un pitillo a un hombre que pasa. Supongo que todo esto es el castigo que merece hacer trampas en el trivial, aunque tener que cargar con aquella camiseta de propaganda por haber ganado ya me pareció bastante malo en su momento.
Y después de las armónicas y el inglés aparecen más canciones, de esas tan trágicas en las que la gente le desgarra las entrañas a otros en colchones con manchas que no quieres saber de qué son… Nada que ver conmigo. Mi dolor es mucho menos sofisticado. Triste, sí, pero como la mantita de cuadros llena de quemaduras de cigarro o el flan de kiwi olvidado en el fondo de la nevera; nada de agujas jugando al buscaminas ni de cucharas recalentadas: solo es que te sigo queriendo.
Al final acabo haciendo lo que siempre cuando me decido a salir, merodear alrededor de esa zapatería esperando el día en que por fin te decidas a comprarte los zapatitos rojos, para poder ser yo el que te corte los pies. Hans me lo ha prometido. No creo que se atreva a mentirme, aunque no me fío del todo. Por eso tengo a ese pato suyo tan feo y al que tanto quiere escondido en un garaje a las afueras. Y sigo vigilando la zapatería. Hasta que cierra. Luego me vuelvo a cortar la cabeza y me voy a casa con ella de la mano, dándole de comer con la otra las cerezas que a pesar de todo, como soy bobo, te había llevado en aquella lata que compré en ese viaje a Roma que nunca hicimos. Pero sin molestarme en quitarles el hueso.
De lo que pasa por las noches no merece la pena hablar, porque las llamas se ven bien de lejos. Y porque por la mañana seguirá oliendo a quemado. No hacen falta fórmulas para saber eso.
(no continuará. ¿Para qué?)