“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?

PLACERES CULPABLES

Así llamamos a aquellas cosas que nos gustan pero al mismo tiempo nos suelen provocar una cierta sensación de vergüenza o de incomodidad. Vergüenza, sobre todo, por lo que los demás pensarían de nosotros si se enteraran, porque no encajan en la imagen que queremos dar al exterior o no cumplen con los parámetros de calidad o altura cultural en que nos gustaría movernos. 

Nadie se libra de los placeres culpables, no vayamos a pensar que es un mal exclusivo de universitarios estirados que no confiesan su pasión por el cine de artes marciales o las telenovelas. El jazz y el cine sueco en versión original, piezas muy cotizadas a la hora de exhibir gustos en ciertos sectores, podrían ser el equivalente a un suicidio a lo bonzo ante los colegas del barrio.

Por eso no dejamos de inventar etiquetas y categorías a modo de salvavidas. Vintage, de culto, retro, friki, no son más que desesperados intentos de formar diques en una conciencia, la nuestra, que sabe que no hay justificación posible. ¿Pero por qué hace falta una excusa? Quizás el verdadero problema sea que no hay ningún problema, que perder la corbata graznando a los Backstreet Boys es algo de lo que sentirse orgulloso, tanto como haber sobrevivido al Ulises de Joyce o a Foucault y su puta magdalena. Diría que más, incluso, pero tampoco quiero caer en el extremo contrario. Eso sí, tengo que decir que de esas tres cosas solamente he hecho una.

Sé que no es fácil liberarse de la tentación. Que la excusa nos sale casi sin quererlo, sin pensar, pero hay que hacerlo. Yo mismo acabo de escribir todo este rollo en vez de empezar simplemente con un “Estoy viendo de nuevo Al Salir de Clase”. Que además es lo que quería contar, eso y lo de que en su momento me compré la novela de la serie e incluso, gran avance de los 90, un doble CD con contenido multimedia para dar tus primeros pasos como DJ. Si hubiera hablado de Crimen y Castigo me habría dado una prisa infinita por mencionarla, pero aquí estamos, veinte líneas hasta atreverme a decirlo, y con los dedos temblorosos…

Que sí, que la serie era mala, pero ¿qué tiene eso que ver? Porque superar la esclavitud de los placeres culpables no implica defender que todo sea igual de bueno, sino reconocer que algo, por infame que sea, te puede gustar. El pelo en la espalda de Chuck Norris mientras se pegaba con Bruce Lee, el juez que alternaba gomina y gafas con chupa de cuero y pelucón, Ángel Garó, Lorenzo Lamas y su medio hermano indio… podría seguir años así. Y joder,  a mí es que me encantaba la serie. Si hasta llegaba tarde a las clases de Mitología por ver el final… ¿hacen falta más pruebas? 

He vuelto a empazarla -llevo ya 28 capítulos- y aún no sabría decir qué es, porque no se trata solo de los actores. Vale que no eran ninguna maravilla -como Elsa Pataky o Carlos Sobera-, que la mayoría probablemente haya acabado llevando un chandal de tactel y comprando en la sección de “fecha de caducidad próxima” -lo que en el gremio de actores se denomina “estar dedicándose al teatro”-, pero sería fácil echarles la culpa de todo. ¿El guion? También, pero no solo. Es una extraña mezcla, como una conjunción planetaria, de malos actores, incoherencia en las tramas y experimentalismo de psiquiátrico. Porque esos diálogos de algunos personajes con la cámara, al estilo de las series americanas, por alguna razón no funcionan: tardas en darte cuenta de que hablan contigo y que no se han vuelto locos. Y los inicios de capítulo, retomando lo anterior con diálogos y planos distintos, de lo único que dan sensación es de improvisado, no de homenaje a Lynch. Parece que acabaran de enterarse de por dónde iban, más o menos; como si hubieran pasado diez meses entre rodaje y rodaje. Porque lo que saben hoy, mañana lo olvidan y pasado lo descubren de nuevo, así que se preguntan lo mismo todo el rato, como en el día de la marmota. Luego están las expresiones de los actores. Todas muy trabajadas, de verdad, incluso logradas: la tristeza, la inquietud, la sorpresa, la decepción, la ilusión… El problema es que nunca las usan cuando toca. Como si los engañaran sobre el momento o la escena en que debían utilizarlas. 

  • A ver, Iñigo, en esta escena Silvia y tú estáis en el Twister, y ella te cuenta sus dudas sobre la primera noche que vais a pasar juntos.
  • Vale, dire… entonces ¿la abrazo y le digo algo para consolarla, no? Así, con cara de preocupado…como soy el adulto y el maduro y tal…
  • No, no, ¿qué dices? La expresión tiene que ser de enfado, y la de ella igual. Enfadados, muy enfadados, al borde de la ruptura. Lo del diálogo sí, me parece buena idea que la consueles.
  • Pero… pero… dire, hay algo que no me encaja. ¿No es un poco raro?
  • Tú calla y actúa, Iñigo.
  • Me llamo Mariano…
  • Bueno, lo que sea. Aunque yo que tú, me metería más en el papel. Recuerda, Íñigo, recuerda… el método lo es todo. Así no vas a llegar a nada.

Y así todo. A lo mejor es que se equivocaron y estaban mezclando los guiones de los capítulos o, incluso, que eran los de otra serie y nadie se dio cuenta. Así podría tener cierto sentido, claro, porque rodar un episodio de Cheers con los diálogos del Equipo A también resultaría extraño. O eso o que quien diseñaba el catálogo de expresiones era japonés, por eso de que los códigos culturales cambian mucho de un lugar a otro: si un eructo puede ser señal de satisfacción con la comida o mostrar la palma de la mano un insulto grave, no podemos confiar en que la correspondencia gestual  entre la Moraleja y la prefectura de Osaka sea completa.

También es verdad que a lo mejor me estoy precipitando. Aún me quedan 1061 capítulos, así que quizás estoy siendo injusto. Imagino que habrá quien sienta pena por mí… pero peor va a ser para el resto del mundo, porque pienso seguir escribiendo esta crónica de tan hermoso reencuentro.

PASARSE DE LA RAYA

La cocaína tiene usos y efectos muy variados. 

Adictiva y tóxica, narcótica y euforizante, señala la RAE, antes de mencionar sus aplicaciones médicas como anestésico y vasoconstrictor. Mucho más se extendió Freud, que lo veía como una revolución terapéutica que podía ayudar contra los trastornos gástricos, el asma, la adicción a la morfina y los problemas con las artes amatorias. Tenía además la innegable ventaja de ser mucho más estimulante y barato que el alcohol. Y con más entusiasmo si cabe se entregaron a su elogio los laboratorios de finales del XIX; tanto que uno lee la descripción y parece más bien la de la poción mágica de Panoramix o del suero del supersoldado que le inyectaron al Capitán América: «puede reemplazar la comida, hacer valiente al cobarde, elocuente al silencioso, liberar de su esclavitud a las víctimas del alcohol y la morfina y, como anestésico, hacer insensible al dolor a quien lo sufre».

Pero a mí lo que realmente me preocupa de la cocaína es otra cosa. Algo terriblemente destructivo, y de lo que no se habla. La cocaína destroza metáforas.  Sí, metáforas. Vivimos bajo una continua sombra que nos impide hablar de rayas sin que inmediatamente haya una sonrisita estúpida o un guiño cómplice, igualmente estúpido. Una dictadura del chascarrillo y del doble sentido fácil que a mí me resulta insoportable. En efecto, lo digo yo, el que te pide que repitas cualquier número acabado en cinco. Yo, el que lleva 35 años preguntando por Carlos. ¿Qué Carlos? Pues el de los cojones largos. Pero es que esto sí que es serio.

¿Y a qué viene todo esto? Pues a que el otro día, paseando con mi perro, mirando las ventanas de un edificio, lo vi claro. Un ventanal, una habitación detrás que se adivina amplia y una luz azulada de película de David Lynch. Fogonazos de un televisor que queda fuera de la vista. Solo faltaban el saxofón de fondo y una de esas persianas infames de oficina. Y sombras detrás, claro: un sombrero, una gabardina, un cigarro. Y la de una mujer que se acerca, se lo quita a la sombra y le da una calada. Lo mismo podía ser Luz de luna que Terciopelo azul, un caso de Mike Hammer o cualquier programa de Pepe Navarro, en el que nunca faltaba la persiana con su bailarina detrás. Eso sí, en todos los casos el puto saxo sonando. Lo divertido era que la ventana con persiana de oficina estaba justo al lado, como si en el viaje a través del tiempo, su estructura atómica se hubiera alterado y dividido en dos al reconstruirse. Una misma realidad partida en dos ventanas contiguas. 

Por las caras que adivino, veo que tendré que explicarme mejor. ¿Qué resultado obtenemos al sumar todo eso? EROTISMO. Me di cuenta de que estaba frente al resumen de toda una etapa de mi experiencia erótica, la imagen que lo contenía todo, como en otro momento lo había hecho una Gilda en blanco y negro quitándose los guantes. No creo que haga falta aclararlo, pero cuando digo “experiencia” me refiero a “percepción”, porque por aquella época todo era desesperadamente teórico.
Teórico y difuso, porque no creo que tuviera muy claro lo qué podía esperar detrás de esas persianas, en la media luz de esos apartamentos, pero sabía que quería llegar allí. Solo el hecho de verlos, como el de conseguir arañar diez minutos antes de acostarme, diez minutos de imágenes y conversaciones entendidas a medias entre saxo y saxo, me sabía a victoria. Era ese paso al mundo de los adultos que ingenuamente vemos como una conquista, aunque luego nos pasemos el resto de nuestras vidas entre el arrepentimiento y la nostalgia.

¿Y las rayas? Tranquilos, que todo llega. Para mí es evidente, pero no voy a culpar a nadie de no compartir conexiones mentales conmigo. De hecho, me parece una elección muy acertada y sana. Trataré de resumirlo: Al pensar en Gilda, me di cuenta de que aquellos movimientos hipnóticos de la Hayworth iban acompañados de aquellas maravillosas rayas negras horizontales que surcaban de arriba a abajo mi Phillips en blanco y negro. Y me pareció una maravillosa casualidad que todas las promesas pseudoéroticas de mis años 80 y principios de los 90 se ocultaran detrás de un velo rayado. Pero ya cuando las tres “cirsas” se alinearon fue al pensar en los años siguientes. Sé que se va a hacer un silencio incómodo cuando hable de Canal + y de porno codificado. Sé que habrá miradas que se aparten, inquietas. Sé que nadie reconocerá que esa es la causa de casi todas nuestras dioptrías, que nos dejamos los ojos haciendo guiños para intentar encontrarle algún sentido a todo aquello. Podemos seguir engañándonos diciendo que la culpa es de las imágenes escondidas en coloridos dibujos 3D. Que somos una víctimas de la era digital y que las pantallas verdes del Spectrum nos robaron la vista. O peor aún, podemos lloriquear quejándonos de las muchas horas que nos obliga el trabajo a estar ante el ordenador. 

Yo prefiero asumirlo. Con orgullo, incluso, porque eso además nos convirtió en una de las generaciones que más cerca hemos estado de comunicarnos con los delfines.  Yo diría que las horas que pasamos intentando descifrar aquellas secuencias de chirridos equivalen, por lo menos, a una de las antiguas diplomaturas. Y total, para nada, porque a la larga acabamos por descubrir que el nivel de los diálogos reales no se diferenciaba mucho. Eso sí, confieso que cada vez que llamo por teléfono y me salta un fax se me pone la piel de gallina.

Pero da igual cómo te lo tomes, porque ahí está la maldita cocaína para estropearlo todo. Así que ya no puedo hablar de erotismo y rayas sin pensar en mesas de cristal salpicadas de polvo blanco, en el sonido de los hielos en un vaso de whisky y en Ludmila, Ivana y Olga bailando sobre unos tacones negros, heladas de frío y miedo mientras tratan de forzar una sonrisa y no pensar en la trampa en la que cayeron, ni en lo lejos que queda Ucrania ahora. Los miserables observan desde sofás de cuero negro, afilado el colmillo y temblorosos los labios y la barriga. Asco. Pena. Rabia. Tanta que ni me apetece seguir escribiendo. Con lo bonito y emotivo que era lo que estaba contando… Al menos hasta lo de Canal +. Pero no. Se acabó. Eso es todo lo que voy a decir sobre rayas.

Y no, no voy a hablar de Maradona.

DE PIJAMAS Y YONQUIS



Niños X: ¿Por qué vas en pijama?
Enrique: No voy en pijama.
Niños X: Pero si eso es un pijama…
Enrique: No es un pijama, es un chándal.
Niño X: Que no, chaval, que eso es un pijama. Esto sí es un chándal. 

(todos, a coro)

¡Enrique va en pijama! ¡Enrique va en pijama!


Hay conversaciones que solo tienes una vez en la vida -“Mamá, ¿puedes venir un momento? …Creo que tengo que operarme de fimosis”- y otras que te ves condenado a repetir una y mil veces, como si fueras el portero de Malta recogiendo el balón dentro de su portería. El fragmento de arriba, con leves e infinitas variaciones, pertenece a una de ellas, creo que a las más terrible de todas. Y eso es mucho decir viniendo de alguien que tiende a entrar en bucle, adora las batallas de esdrújulas y lleva casi 30 años discutiendo sobre la diferencia entre las “siete y pico” y las “siete y algo”.

Sé que el Tiempo zanjó la discusión, que afortunadamente fue un conflicto corto. Pero creo que es importante sacar el tema una vez más, que merece la pena por aquello de que los que no recuerdan su Historia están condenados a repetirla. Porque no estoy hablando de cualquier cosa: hablo de uno de los mayores conflictos textiles desde los tiempos de la Gran Depresión: la “Gran Batalla por el Algodón”.

Hay que remontarse aproximadamente a 1990, quizás algo antes. Tiempos convulsos, época de cambios, con la (primera) Guerra del Golfo, el muro de Berlín y la URSS resquebrajándose y las nubes tóxicas de Chernobyl aún en la mente. Pero, sobre todo, miles de españoles sin resuello delante del televisor con la llegada de las privadas. Tele5 y Antena 3 aparecieron para llenarlo todo de color y lentejuelas, de caderas brasileñas y smoking con zapatillas, de campos de fútbol infinitos y polvo de estrellas. Seguramente eso hizo que el enemigo entrara en nuestras vidas sin darnos cuenta. Diría que incluso ese delirio de planos psicodélicos y luces brillantes nos engañó y nos hizo verlo con buenos ojos. Hablo del chándal de tactel, claro, ¿de qué si no?

Por aquel entonces, el algodón dominaba la Tierra. Era barato, abrigadito sin ser caluroso y prolongaba la vida útil de esas capas de piel que acababas perdiendo, una tras otra, en el asfalto de tu calle o en el milímetro de arena de los parques infantiles. Además, en combinación con coderas y rodilleras, era prácticamente indestructible. Aún recuerdo lo feliz que era en aquellas excursiones con mi madre al mercadillo de los sábados, tierra fértil y abundante en chándales de infinitos colores. Aquellas promesas hacían que olvidara incluso el carácter hostil que, para un niño de 10 años, tenía aquel lugar lleno de gente, señoras enormes hablando a voces de bragas y caras oscuras en sillas plegables que te sonreían al pasar con sus dientes de oro. Pero nada de eso importaba, porque volverías a casa a salvo -de algo tenía que servir que tu madre se pareciera a la Pantoja- y con una bolsa llena de pantalones rojos, negros y azules. Después, el lunes por la tarde, vendría la visita a la mercería, con aquellas dos minúsculas hermanas -¿cuál de las dos sería Paquita?- y aquellos cajoncitos, miles de ventanas tan pequeñas como ellas de las que salían botones, bobinas de hilo, agujas y dedales. Pero había algo más en la tienda. La hermana 1 (¿Paquita?) lo sacaba de debajo del mostrador casi sin mediar palabra, con un gesto de asentimiento. No una recortada, sino parches, miles de parches de formas y colores distintos. Mi madre se adelantaba a los rotos que inevitablemente llegarían, pero la decisión era mía. Era yo el que elegía cuidadosamente en aquel Edén termoadhesivo. Mi madre esperaba mientras Hermana 1 me observaba con atención, clavándome la mirada, un ojo muy abierto y otro medio guiñado siempre, que para mí era de cristal. En mi cabeza toda la escena tenía un aire de contrabando, como si estuviera escarbando en un montón de diamantes. Escudos de los Chigago Bulls, algún que otro F-18, una especie de insignia del servicio postal canadiense y, con el tiempo, Oliver Aton en su carrera hacia ninguna parte; una tras otra se deslizaban en un sobre de papel que yo custodiaría hasta casa, con mi vida si era necesario. El sonido de las monedas era lo único que hacía salir a Hermana 2 (¿Paquita?) de la trastienda, solo para despedirse con una amplia sonrisa lobuna y más dientes de oro.

Cuando uno es feliz a veces deja de mirar alrededor, de fijarse en los detalles o no darles suficiente importancia. Así fue exactamente como sucedió. Aquí y allá, en el colegio, en la calle, se empezaron a ver. Aquellos chándales de tela más fina, chirriante y de tacto viscoso, con diseños geométricos y mucho fosforito. Ni siquiera cuando aparecieron en el mercadillo, ocupando cada vez más espacio en los puestos, me pareció preocupante. Había sitio para todos, ¿por qué no íbamos a poder seguir conviviendo en paz? Lo habíamos hecho con los de las tres rayas blancas a los lados. Sin problemas, sin envidias, sin rencores. Pero no. Porque no era eso lo que ellos querían; aquella cara amable y refrescante, novedosa, era una piel de cordero, la forma de extenderse sin provocar desconfianza. La estrategia era perfecta. Poco a poco, el tactel y la modernidad fueron fundiéndose en las mentes de la gente. Los niños, como en tantas otras pandemias, fueron el medio de transmisión perfecto. Y lo “guay” arrinconó al algodón. De nada sirvieron las quejas, las protestas, porque nadie quería ver lo obvio. Daba igual que se rompieran con apenas mirarlos, que se rajaran sin remedio dejando al descubierto sus miserias, esa telilla blanca que hacía de forro y solo servía para cocinarte al vapor. Y es que ¿a quién se le iba a ocurrir tirarse al suelo? ¿Jugar en la calle? Eso era el pasado, la caverna. Las series de televisión, las consolas eran el presente y el futuro. Se nos ofrecía de regalo un mundo nuevo, un hermoso y reluciente paquete envuelto en tactel. 

Pero, ¿qué pasó con los que decidieron -decidimos- resistir? ¿Qué ocurrió con los rebeldes del algodón? Tan malignos como hábiles, los profetas del tejido único supieron ganarse a la gente. La consigna es que no era tarde, que aún estabas a tiempo de unirte y ser uno más. Solo tenías que abrazar el tactel y dejarte envolver por su fru-frú. Ni un amago de violencia, ni una pizca de acritud. Perdimos a muchos así. Al resto, a los que se dio por imposibles, se nos aplicó una mezcla de indiferencia paternalista y condescendiente. Éramos rarezas, pequeñas y exóticas alteraciones que el sistema toleraba, aunque un poco triste por no habernos podido integrar, dándonos una amistosa palmadita en la cabeza y despachándonos como niños. Y como niños que éramos, la conclusión era evidente; cruel, pero evidente: íbamos en pijama.

Y como por arte de magia, ese precioso chándal azul celeste que estrenabas aquel día, pasó a ser un pijama. Dirán que era demasiado ajustado, que no existía un solo chandal de ese color, que ya empezaban a notarse las bolitas… ¡calumnias! ¿Y el rojo clarito? ¿Y el blanco? ¿También eran pijamas? Nadie parecía querer entender la profunda huella que la moda de piratas y mosqueteros había dejado en mí. Como en la invasión de los ultracuerpos, ya no podías confiar en nadie, ni en tus mejores amigos. Fueron tiempos de pesadilla y reconozco que no siempre estuve a la altura, que tuve momentos de debilidad. Yo, que había llevado con orgullo una gorra con coleta de pelo sintético, que pintaba todas mis manualidades de negro, me derrumbé: confieso que en un cumpleaños pedí que me regalaran un “plumas”, aquella abominación evolutiva, híbrido de tactel y abrigo. Era morado y amarillo fluorescente y me sirvió para sobrevivir. Y sí, llegó a gustarme, como las Mamachicho y Vip Noche. Pero no lograron quebrar por completo mi espíritu. Debajo, siempre, el pantalón ceñido, lleno de parches y pelotillas de algodón. En la mano, el trozo del Muro de Berlín que regalaba la Super Pop, dándome esperanza. 

Y pasó. No fue rápido ni fácil. Ni Fido Dido ni Kurt Cobain llegaron a verlo, pero pasó. La Luz venció a las Tinieblas. Poco a poco, los herejes volvieron al rebaño y los que no, seguramente ardieran por culpa de una mala colilla, envueltos en las llamas de su vergüenza y de aquel tejido maldito. Siempre quedan nostálgicos, claro, como sucede con cualquier dictadura, pero ya no hacen daño a nadie. Dejemos que vivan en paz. El tactel quedó finalmente en el lugar que le correspondía: el descampado. 

Pero no hay que descuidarse; cualquier observador atento sabe que entre un yonqui y un hipster solo hay un grado de separación. Lo que pasa es que el yonqui, como Casandra, está condenado a ver el futuro sin que nadie le crea. Esa es su maldición. El hipster solo tiene que esperar que le marquen el camino de la moda. ¿Difícil de creer? Siete palabras me son suficientes para demostrarlo: cazadora de borreguillo; vaquero lavado al ácido. 

Así que mucho cuidado… 

Y Enrique, sonriendo y con las manos en los bolsillos, se alejó lentamente, silbando “Dixieland”.

BRILYN

“Llévame,
con mi corazón yo suelo hablar…”


Aunque estas líneas querían servir para recordar a Brilyn, estoy seguro de que voy a acabar hablando de Kimba, de Kiwi… o incluso de Mowgli. Pero sé que ella me disculpará. Porque al final, por mucho que lo intentemos, para nosotros todos los perros son nuestro perro, como todos los muertos son nuestros muertos y todas las vidas la nuestra. No es egoísmo o, al menos, me gustaría pensar que no lo es; solo ese “algo” inevitable que nos lleva a acabar siempre, aunque no queramos, hablando de nosotros, de cómo vemos las cosas y cómo nos hacen sentir.

Ya lo hice una vez, de hecho. “Una chica sin luz, un chico que la ilumina y un perro que los acompaña…”: ese era el encargo. Unas líneas como regalo que al final se convirtieron en una especie de somnoliento recuerdo de los cuadros de mi padre, de mi perro, mis miedos y de cómo mi madre me hacía rabiar. Por eso sé que también Patricia me disculpará. Porque escribe, claro, y sabrá bien a lo que me refiero, pero sobre todo porque no soy capaz de imaginármela enfadada. En realidad soy incapaz de asociarla a ningún sentimiento ni emoción negativa. Fíjate, igual que a Brilyn. Siempre se dice eso de que perros y dueños se parecen, pero pocas veces me he encontrado con que sea tan absolutamente cierto. Y no creo que sea cosa de mi desnortada cabeza solamente. Podría decir “pacífica”, “cariñosa”, “siempre dispuesta a sacarte una sonrisa” y no se sabría a quién me refiero. Y otras muchas cosas, igualmente buenas, igualmente en común. Y conste que no hablo de dejar pelos en el sofá, a menos que hayan cambiado mucho las cosas desde nuestro último encuentro…

Ahora ya en serio. Brilyn es la primera perra que me propuso amistad en Facebook. Y eso no lo podré olvidar nunca. Porque como sucede con lo mucho que de verdad me gusta el fútbol, casi todos ignoran lo importante que es para mí Dartacán; pero estoy seguro de que ella no lo pasó por alto, porque tenía una intuición que rozaba la magia. Tendré la memoria justa para muchas cosas, pero verla acercarse, en medio de un salón lleno de gente, cuando Marco habló de nosotros en su boda es imposible de olvidar. Algo que me sigue poniendo la misma cara de asombro y el mismo nudo en la garganta. Y que me hace llorar con esas lágrimas que te sacan las cosas sencillamente bonitas, como ahora mismo, aunque se me junten con una carcajada porque me estoy imaginando a la vez lo que habrían hecho los otros: Kimba se habría dado la vuelta con un gruñido de desprecio, Kiwi estaría roncando en cualquier rincón blandito y Mowgli aprovechando que la gente miraba a otro lado para saquear una mesa y comérselo todo.

¿Lo ves? Ya caí, no tengo remedio. Por lo menos espero que esté sirviendo para reírnos un rato. Aunque sea un poco, aunque ahora cueste y además estemos lejos unos de otros, siempre más lejos y más ocupados de lo que querríamos. Lo bueno es que sé que no harán falta más de dos minutos para que parezca que no ha pasado el tiempo, para volver a nuestras tonterías y barbaridades sin que casi se note que estamos un poquito más arrugados. Las cosas pasan, pero nosotros seguimos aquí.

Kiwi ya está trotando por las verdes praderas de Bretaña. Así me contó mi hermano que se había marchado. Estaba muy viejita. Muy enferma. Yo andaba por Roma, buscando bibliografía para mi tesis y respuestas para mí mismo. Me fue bastante mejor con la tesis, debo decir. Y hasta allí llegó la noticia. Un mensaje en la fría -y verde también- pantalla del Nokia. Hay muchos cielos a los que ya he renunciado y pienso, cada vez más, que si alguien merece una partida extra es porque tiene cuatro patas, mucho pelo y como mayor ambición poder enroscarse sobre unas rodillas de humano. Así que si tengo que permitirme un cielo, que sea el de los perros. Uno para que el cabrón de Kimba me siga gruñendo y Kiwi correteando entre la hierba buscando sitios para dormir; uno donde las pechugas de pollo y los regalices rojos no se acaben nunca. Pero uno, sobre todo, donde esté también Brilyn,  jugando, ladrando, cuidando de todos. Feliz.

PERO, ¿NO ERA USTED PAUL AUSTER?

Un descubrimiento y una decisión. Así podría definir mi día de ayer. Y las dos cosas giran alrededor de Paul Auster. ¿Buen comienzo, no? Si con esto no consigo ganar la atención de la gente mejor me retiro y vuelvo a recortar miniaturas en goma EVA. 

En fin, me explico. Uno: El Descubrimiento. El caso es que ayer me enteré de cómo es realmente Paul Auster. Físicamente, me refiero, no es que haya enterado de si traicionó o no a su mujer con su agente o que mató accidentalmente a su patito poniéndolo a secar en el microondas. ¿Culpable o inocente? Me da igual. El caso es que no lo había visto nunca o, al menos, no soy consciente de ello. Y como no lo había visto, me lo había inventado. ¿Cómo era? Pues como el Paul Benjamin de Smoke. Bueno, no, miento: era el Paul Benjamin de Smoke.

Cuando se me ocurrió escribir esto pensaba que podría utilizar la edad como excusa, pero luego me dio por mirar google -en lo que ha sido mi mayor esfuerzo documental para escribir algo que no fuera la tesis- y resulta que la película es de 1995. Así que no, porque con 16 años las hormonas serán muchas, pero las excusas pocas. En realidad es que mi cacao mental era mucho peor: estaba convencido de que la película era una adaptación de la Trilogía de Nueva York y, por lo tanto, la primera de una serie de tres. Y ni la “Trilogía…” son tres libros, ni la película adapta nada ni Auster se reservó el papelito. Pleno. Supongo que será todo culpa de una de esas bromas que nos juega la memoria, asociaciones de ideas mezcladas con cierta falta de atención al detalle y con una pizquita de tara mental como aderezo. Aunque bueno, en realidad al que íbamos a ver era a Harvey Keitel, todo hay que decirlo. En aquel momento Auster era para mí un desconocido.

Dos: La Decisión. Siempre hay que tomar una en los momentos trascendentales de la vida, los que marcan un antes y un después. Y este lo era. No como la revelación de que Chema, el panadero de Barrio Sésamo había cambiado “la harina por la cocaína”, o la de que Venice Beach estaba en California y Hulk Hogan no era veneciano. Y como aquellas veces, decidí no hundirme y seguir adelante, demostrar mi madurez. ¿Que cómo lo hice? Pues como se tiene que hacer, negándolo todo y seguir pensando que yo tenia razón. Eso sí, disimulando frente a los demás y haciendo como que reconociste el error. ¿La madurez no era eso?

No tengo miedo a las represalias. Sé que la palabra “tesis” hizo que el 98% de las personas dejaran de leer y, que Barrio Sésamo ahuyentó a los despistados que aún seguían en ello. Los que quedan son lo que, como yo, seguimos creyendo en la inocencia de Chema y en la nacionalidad italiana de Hulk Hogan. Somos el fallo del sistema.