“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?
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MULTIVERSO (y11)

Viernes, mediodía soleado en Santa Cruz. La temperatura no es muy alta, pero claro, eso díselo a alguien que viene de Turingia, donde en enero la media es de -3ºC y el número de horas de sol está entre una y tres diarias. En comparación esto es el puto paraíso. Seguramente Holger no lo diría así porque es un tipo muy correcto pero, en esencia, creo que la idea se corresponde bastante bien con lo que piensa.


Apura el agua del vaso que tiene delante y le hace un gesto al camarero. El movimiento es sutil pero preciso; no hace falta añadir nada para que le entiendan. Aunque llevan apenas unos días aquí son gente de costumbres y el chico de la barra rápido y avispado para detectar dónde hay buenas propinas. 


Se podría decir que, en general, Holger es un hombre de aspecto afable, con su polo blanco y el jersey azul marino marino encima, sus gafas de sol -finas, caras- y una expresión apacible y sonriente. Pero en ese momento se le ilumina la cara, la sonrisa se hace aún más grande. La había visto venir, de ahí el gesto al camarero. Ella se acerca con un par de bolsas de papel, discretas pero que no disimulan el valor de lo que contienen. Annita sonríe también, intercambian un par de frases. Van a juego. Ella lleva una chaqueta azul pastel, pantalón blanco holgado; el pelo casi blanco de tan rubio, permanente de peluquería y gafas con montura dorada, a juego con los pendientes y la pulsera. Él le coge las bolsas y retira la silla que tiene a su lado para que ella se siente. Justo entonces se acerca el camarero con la bandeja: una botella de champán rosa en su hielera, dos copas. Las deja, coge el billete que le desliza el alemán y con una inclinación rápida de cabeza se aleja murmurando un “danke”. Sincronización perfecta, como le gusta a Herr Holger. Con las copas llenas, brindan, beben, se dan un beso, ríen. Son de esos matrimonios que a pesar de los años se cogen de la mano. 


Desde fuera cualquiera diría que están hechos para esa vida. Y también cualquiera se sorprendería si supiera que este es su primer viaje juntos. Fuera de Alemania, porque las excursiones en camioneta a la cabañita que construyó el padre de Holger en el lago no contaban; ni las palizas en autobús para pasar un par de noches en hostales de Berlín o Colonia. El sueldo de él en la pequeña oficina de Correos no llegaba para mucho y la floristería de Annita se mantenía más por el recuerdo de su madre que porque diera para algo más que cubrir gastos. Además estaban Karl y Erika, habían tenido que ahorrar para ellos. Pero sobre todo estaban los abogados, casi todo se iba en los malditos abogados. Pero ya no. Ella le había dicho mil y una veces que lo dejara, que se rindiera, que no merecía la pena. Que estaban dejando de vivir por una vida que no iba a llegar; que era injusto, pero que así era el mundo. Ahora estaba contenta de que él no le hubiera hecho caso, claro, pero sobre todo orgullosa. No se había rendido y habían ganado. Llegaba algo tarde, eso sí: él iba a cumplir 70 y ella 72 dentro de tres meses -“el mismo día, ¿no es bonito?”, decía ella siempre-; pero tampoco era cosa de ponerse a pensar en desgracias y “manos negras”. Ahora tocaba disfrutar.


Sí, claro que todo esto tiene una explicación. Nadie ha sido capaz de reconocer a Holger, supongo. Es lógico, porque apenas existen dos o tres fotos suyas en internet, es casi un fantasma. Y sin embargo hemos bailado miles de veces sus canciones, nos hemos dejado la voz cantándolas a grito pelado en bares, discotecas y fiestas de pueblo. Porque si digo “Brother Louie” dudo mucho que alguien sea capaz de no repetir el nombre otras dos veces; y mucho menos reprimir el “Yor mai souuuuuuul” si pronuncio las palabras “You’re my heart”. Afinando todo lo posible la voz, al estilo del barbudo de los Bee Gees. Efectivamente: Modern Talking. Alguno protestará, dirá que este tío no es ni el moreno del pelucón ni el otro, el rubio de la mandíbula tallada a escuadra. No, no es ninguno de ellos, es mucho más que los dos juntos: Holger Garbode es el tío que escribió todas sus letras. Conoció a Dieter Bohlen -mandíbula tallada- después de que saliera rebotado de varios grupos locales. Nadie quería tocar con él, pero como Anitta -ya eran novios entonces- era la mejor amiga de la chica de Dieter, Holger tuvo que hacerle el favor. Formaron “Monza”, un dueto destinado al fracaso que apenas sacó dos sencillos. Holger no aguantaba más, pero entonces conocieron a Thomas Anders -el moreno del pelucón-, que le convenció de que tenían una oportunidad. Dieter no sabía ni papa de música, pero no cantaba mal y tenía buena planta. Si conseguían que le dejara las letras a Holger y la instrumentación a él, el triunfo era cosa segura.


En realidad no era una mala idea. El problema es que cuando por fin las cosas vinieron bien dadas, lo dejaron de lado. Empezaron los desacuerdos, las discusiones, porque las ideas musicales de Holger no encajaban con lo que querían productores y público. Y su imagen no vendía. Le propusieron dar un paso atrás, le dijeron que un dúo tenía mucho más tirón, que a las chicas no les iba su figura desgarbada, sino la sonrisa perfecta de Dieter y la melena de Thomas. Él se negó. ¿Acaso no era quien componía? De hecho, Holger había compuesto durante meses como un poseso y tenía letras como para sacar dos o tres discos. Eso fue precisamente lo que le perdió. Eso y ser tan confiado, porque no, las letras no tenían su nombre sino el del grupo. Y el grupo era “propiedad” de Dieter. Así que, de la noche a la mañana, Holger se vio fuera, sin letras, sin grupo y sin ganas de hacer música nunca más.


Pasó el tiempo, sacó su plaza en Correos, se casó con Anitta. Nunca hablaba del tema. Pero aquel fin de semana que fue a visitar a sus padres algo cambió. Pidió permiso en la oficina el lunes y se marchó con una caja debajo del brazo y una sonrisa en la cara. Anitta lo dejó hacer porque sabía que al final le contaría de qué se trataba y así fue: entre las cosas que guardaban sus padres había una cajita de recortes y recuerdos; allí tenía, en un pedazo de camiseta rota -la que habían usado en su primera actuación como Modern Talking- una larga dedicatoria fechada y firmada por Dieter y Thomas. En ella le daban las gracias por haberles compuesto las letras y por tener ya trabajo adelantado para dos o tres discos más. “Sin esas letras no somos nada, amigo. Eres el alma de esto”, así acababa. Con eso y otro par de papeles más se plantó en un abogado dispuesto a recuperar lo que era suyo.


Lo consiguió. Eso sí, el camino fue largo y difícil. Suspicacias, recursos, acusaciones cruzadas y toda la maquinaria del sistema contra él. Modern Talking eran un mito, Dieter uno de los mayores productores de Europa, así que pelearon de lo lindo. Veinte años, se dice pronto. Pero ya estaba, al  final el tribunal le había dado la razón y restituido su nombre y al menos parte del dinero que debería haber ingresado como autor.


Es verdad que Holger no tiene una melena envidiable, ni una mandíbula esculpida en mármol; reconozco que si pienso en eso no querría ser él. Pero es un tipo digno de admiración, de los que sigue mirándolo todo con la ilusión y la curiosidad del que ve las cosas por primera vez. Ojos de turista, lo llamo yo. ¿No merece eso un brindis?


MULTIVERSO (y10)

Pippo era un ídolo en el barrio. El chico más popular del colegio, primero, y del instituto después. Sus rizos rubios y aquella sonrisa infantilmente imperfecta enamoraban por igual a padres, profesores y compañeros de clase. No era brillante en los estudios, más bien al contrario, pero siempre se las arreglaba para salir adelante. Es verdad que a veces con alguna pequeña ayuda, en forma de “chuleta” en los exámenes o de trabajo sospechosamente parecido a los de Celia o Mateo, que sacaban 10 en todo. Pero se le perdonaba. Porque además, era una maravilla verlo en acción haciendo acrobacias, corriendo o nadando. Jugando al fútbol no era tan bueno, pero igual que en clase, sabía rodearse de los mejores y estar en el momento y el lugar adecuados. Las fotos lo demostraban: Pippo siempre salía en el centro, levantando la copa, mordiendo la medalla, rodeado de miradas de admiración y luciendo aquella sonrisa cautivadora. Nadie se paraba a pensar quién había marcado los goles o corrido más… la victoria era, naturalmente, cosa de Pippo.

Con los años el deporte pasó, poco a poco, a un segundo plano. Prefería salir, invertir ese talento suyo en ser el alma de la fiesta. Y por supuesto lo conseguía. Las chicas seguían suspirando por él, aunque ahora, claro, no se conformaba con aparecer aquí y allá en sus carpetas como un nombre rodeado de corazones. Los chicos, en vez de molestarse con aquel eclipse permanente, lo miraban con la misma admiración, pidiéndole que contara esta o aquella historia, generalmente alguna en la que ellos mismos aparecieran como comparsas del gran Pippo. Migajas de atención que les sabían a gloria. ¿Y los adultos? Los adultos lo miraban con envidia, con esa nostalgia que solo puede despertar lo que nunca llegamos a ser.

Y así, entre copas gratis, música alta y fotos, muchas fotos, corrieron los años. La gente se marchaba -la universidad, el trabajo, incluso algún matrimonio-, pero Pippo permanecía. Inalterable, como su leyenda. Las caras iban cambiando, aunque nunca las edades, ni la fascinación. Llegó el momento en que no quedaba nadie que conociera sus historias de primera mano, salvo quizás algún antiguo compañero que, aprovechando una visita familiar, se dejara caer casualmente por allí. Pero a él no le preocupaba, como nunca le habían preocupado los estudios, el trabajo o cómo pagar las facturas. Aún recuerdo, como si lo tuviera delante, ese gesto tan suyo, la mano subiendo en círculos, las cejas arriba y el guiño final, como diciendo: ¿Qué problema hay? Las cosas siempre salen… Y no se podía decir que no tuviera razón.  Por un lado, aunque para muchos fuera inexplicable, las chicas seguían cayendo bajo su peculiar hechizo. Por otro, mientras sus padres vivieron, no había pagos de que preocuparse y cuando ellos faltaron, su techo y sus ahorros resolvieron la cuestión. Además, Pippo gastaba poco, ropa y colonia sobre todo, porque entre unos y otros, las copas, el tabaco e incluso las comidas le salían gratis. Siempre había quien quisiera invitarlo. Y si no, un poco de hambre nunca venía mal, que “este tipito no se mantiene solo, ¿sabes?”.  

Casi como si fuera un lugar santo o una reliquia, los chicos del barrio, del colegio, del instituto, seguían pasando por la mesa de un Pippo cada vez más otoñal y desconectado de la realidad. Las malas lenguas decían que había empezado a hablar incluso cuando estaba solo, que costaba convencerlo de que era ya hora de cerrar e irse a casa, que algunos de aquellos chavales se le juntaban solamente para reírse a su costa y que Vito, el dueño, había tenido ya que dar por perdida una cuenta que no dejaba nunca de crecer. 

Yo también me marché del barrio. Cuando volví, el bar había cerrado hace ya tiempo y Vito vivía con sus hijos, en el sur. Así que nadie supo darme razón de Pippo; la mayoría apenas lo recordaba y los que sí, tampoco sabían nada: era como si, simplemente, se hubiera evaporado.  Quizás, perdido ya su lugar en el mundo, aquella especie de altar en vida que era el bar de Vito, no pudo soportar que los días se hicieran tan largos como lo habían sido sus noches.

No diré que me gustaría ser como Pippo, claro, pero sí tengo que confesar que, como todos, durante años, soñé con ser como él. Y que me gustaría que hubiera encontrado otro lugar donde seguir contando sus días de grandeza, sin perder la sonrisa.

MULTIVERSOS (Y9)

Susan atraviesa el Canal una vez al año. Solo una y siempre el mismo fin de semana, a finales de septiembre, porque después París le resulta demasiado frío y, como dice ella, bastantes inviernos grises e inhóspitos ha tenido que pasar en Inglaterra. Ama su país, por supuesto que sí. ¿No pasaron casi toda su infancia de embajada en embajada siguiendo a su padre? Pero entre los sacrificios que estaría dispuesta a hacer por él ya no está el de pasar frío. Por eso en octubre se marcha a su casita en España y no regresa a Londres hasta que no se ha asegurado de que la primavera ha asomado su gran y verde narizota. 

Lo dice con estas mismas palabras y si alguien no me cree que le pregunte a Jean-Jacques. ¿Que quién es? Jean-Jacques es el camarero que le sirve las cenas en el hotel desde hace cinco años, aunque para él, claro, no es Susan sino la Sra. Russell, viuda del barón Cartwright -“aunque no te vayas a pensar que eso me ha hecho rica, Jean-Jacques, porque el barón se lo gastaba casi todo entre las cartas y el hipódromo. Menos mal que algo le podíamos ir escondiendo el administrador y yo. Buena gente ese Jonathan, muy discreto y servicial, mucho…”-. Cada año le cuenta la misma historia, palabra por palabra, pero a él no le importa. En realidad le tiene bastante aprecio porque es siempre amable y nunca tiene una mala palabra para nadie. Casi se podría decir que espera con ganas la llegada de ese penúltimo fin de semana de septiembre y, con él, de la simpática viuda y sus historias. Es hasta simpática para ser inglesa, le dice él a su mujer, también cada año, cuando desayuna con ella a la mañana siguiente de su llegada. Tiene alguna pequeña extravagancia, pero ¿quién no? Aunque la verdad es que nunca había conocido a nadie con tal obsesión por las conchas de mejillón. Durante los dos días que está, pide que le guarden todas las que se utilicen en la cocina. Y aunque no estemos en Bruselas, eso son muchas conchas. Así que él mismo se ocupa de recogerlas todas, darles un pequeño baño en agua hirviendo para limpiarlas del todo y guardarlas en un saco para que la viuda se las lleve. De hecho, como ya sabe de ese gusto tan particular suyo, se preocupa por ir recogiendo algunas los días anteriores a su estancia. Siempre le da buenas propinas, pero él no lo hace por eso. Hay algo que le hace sospechar que ella ha sufrido mucho en la vida y que, por alguna razón que se le escapa, esas conchas son muy importantes para ella. No hay más que ver la sonrisa que se dibuja en su cara y que, por un momento, esconde unas arrugas que ya nunca desaparecen.

Jean-Jacques no sabe lo acertado que está, ni lo distinta que es la verdad de cualquier cosa que le haya pasado por la cabeza. Pero claro, él nunca la vio fuera de su turno y nunca lo habría sospechado. Ni que no existe ningún barón Cartwright, al menos ninguno que se haya casado con ella para hacerla viuda después. Nunca se ha casado, de hecho, y ninguna de sus relaciones llegó más allá de unas pocas citas. Siempre se cruzaba él… Todas esas curiosas expresiones suyas, que parecen de otro siglo, las repite de sus lecturas de juventud, de todas aquellas novelas románticas o de aventuras que devoraba en cuanto podía. Tampoco es la nostalgia de los largos viajes de su infancia a orillas del Nilo o atravesando las montañas de Katmandú lo que la lleva a preferir el tren a la rapidez y comodidad del avión. Nunca ha salido de Inglaterra, más allá de estas escapadas, que le cuestan doce meses de turnos extra, comida a punto de caducar y ver las tiendas solo por fuera del escaparate. Todo se lo gasta él… aunque no precisamente en apuestas y timbas de poker.

Pero Jean-Jacques no llegará a saberlo porque para eso tendría que haber estado en este tren, verla como lo hago yo ahora, con esos vaqueros baratos, una camiseta de algodón vieja y dada de sí y las deportivas desgastadas. El vestido largo, “el de las cenas”, es en realidad el único decente que tiene y ahora va arrugado en la bolsa de deportes, en un sueño que durará 362 días, hasta el momento de plancharlo para volver a viajar. Más o menos lo mismo que las elegantes sandalias de pedrería. Lo único que queda de la amable viuda Cartwright en la mujer que se sienta frente a mí es el collar de perlas. Regalo, por cierto, de la verdadera Sra. Russell, la mujer para la que trabajó durante diez años. Se portó tan bien… incluso con él. Solo ella supo entenderla, entender la carga que llevaba encima. Por eso se ocupó de pagar los gastos de su internamiento y le ofreció a ella que viviera en el pequeño apartamentito que había acondicionado en el antiguo desván. Sin preguntas, sin mediar palabra del tema, simplemente lo hizo. Fue lo más parecido a una madre que tuvo y desde el principio no sintió aquello como un trabajo: cuidarla era lo natural, lo que cualquier hija haría por una madre, enferma y sola además como estaba. Y eso que la anciana muchas veces la animaba a que hiciera cosas, que no se olvidara de sí misma y saliera o viajara un poco, que el dinero no era problema. Pero casi más que eso, lo que le agradeció siempre fue que respetara su decisión de no hacerlo, sin cuestionarla. ¿Por qué nadie más supo verlo así? ¿Por qué ellos no lo veían?

Su muerte fue un golpe muy duro. Y más lo fue cuando sus hijos, que se habían desentendido de ella hace años, se presentaron para reclamar su parte de la herencia. No querían ni oír hablar de las últimas voluntades de la anciana, la acusaron de haberla manipulado para aprovecharse de ella y se las arreglaron para anularlas. Luego, la despidieron y la dejaron en la calle casi con lo puesto. Y a él, claro. No fue fácil apañárselas sola, pero después de muchas horas llamando de puerta en puerta y una pizca de suerte encontró un hospital en el que se ocuparan de él y los trabajos suficientes para costearlo. No le quedaba apenas un minuto libre al día y caía rendida en la cama, que no era más que un colchón en un cuarto que apenas valdría como armario de escobas. Pero no le importaba, porque se había marcado un objetivo. Fue un día cualquiera, no más duro ni ingrato que los demás, pero era el día que había tocado fondo. Y cuando las ideas más negras estaban a punto de ocuparle del todo la cabeza, se acordó de las palabras de la Sra. Russell. Tomó una decisión: trabajaría más, lo que hiciera falta, pero se regalaría un fin de semana al año, por todo lo alto, como una auténtica señora. En París.

Y por eso, por aquellas palabras que la sacaron del hoyo, escogió ese nombre para su pequeña aventura anual. El del barón, su supuesto marido, era un guiño a una de esas novelas de juventud, una tontería, pero este otro sí fue una elección importante. Era lo menos que podía hacer para honrar su memoria, honrarla como se merecía, no como habían hecho los egoístas de sus hijos.

Tuvo sus momentos de duda, eso sí. No era fácil desconectarse así de él, aunque solamente se tratara de un par de días. ¿Y si le pasaba algo? Pero también para esto encontró solución, aunque fuera por el más puro azar. Salvo por algunos accesos de terror nocturno, la locura de su hermano pasaba de forma tranquila. Siempre que ella llamara cuatro veces al día para hablar con él, claro. Su voz era mejor bálsamo que cualquier medicina y eso a ella la hacía muy feliz, aunque le hacía imposible llevar una vida normal. A duras penas lo encajaba con sus turnos de trabajo, pero era absolutamente incompatible con casi cualquier forma de ocio y no digamos con una cita o algo por el estilo. Eso ya no la hacía tan feliz, porque además, por alguno de esos extraños vericuetos de la mente humana, su hermano jamás le dirigía la palabra cuando iba a visitarlo.  Por teléfono era extremadamente cariñoso y cada vez le pedía que por favor fuera a verlo, pero cuando llegaba allí era como si no la conociera, como si solo pudiera reconocerla cuando su voz le llegaba a través de las ondas.
Un día, sin embargo, la cosa cambió y nada más verla echó a correr hacia ella y se fundieron en un intenso abrazo. Hablaron, recordaron cosas, se rieron. Ella se debió pasar llorando de felicidad toda la visita. Él le enseñó la nueva manualidad que estaba haciendo. Al acabar el tiempo, quiso preguntarle a los enfermeros, averiguar qué había pasado. Ellos le contaron que, como su hermano era inofensivo, lo dejaban ir y venir casi por cualquier parte; muchos días los pasaba sentado sin moverse, pero cuando no, le encantaba echar una mano acarreando sillas, llevando vasos y bandejas de comida, lo que fuera. Hoy se lo habían encontrado en la cocina, rebuscando en la basura y metiendo algo en una bolsa. Cuando miraron, él les dijo que por favor se lo dejaran, que quería fabricar cosas con ellas, que eran las favoritas de su hermana. Eran conchas de mejillón.


Desde luego no me gustaría ser Susan, porque hay que tener mucho valor para hacer lo que ella hace, más del que yo tengo. Creo que, como mucho, podría aspirar a ser Jean-Jacques.

MULTIVERSO (y8)

Pertenecían a la nueva generación, y conocían mejor los nombres de músculos
como los deltoides, tríceps y dorsales anchos que los de los planetas más importantes.
(Tom Wolfe, La hoguera de las vanidades).

“Me levanto y pongo agua a calentar en la placa. Fagor, dos fuegos, cinco grados de calor. Cuando rompe a hervir la vierto en una tetera japonesa de hierro colado, donde esperan tres cucharadas de Prince of Wales de Twinnings. Azúcar moreno de caña, dos cucharadas y taza de Starbucks. Copos de trigo y una rebanada de pan integral pasada por el tostador Magefesa, leche desnatada y queso tierno artesano, todo en el juego de desayuno naranja de IKEA, modelo KALAS, resistente al microondas y apto para lavavajillas.
Termino y voy al baño, me coloco frente al espejo. Desodorante sin mercurio y jabón probado sobre la piel de rudos marinos noruegos. Leve aroma a miel. Abro el armario. Para hoy elijo unos vaqueros azul oscuro desgastados. Vintage. Zapatillas retro Gola azul eléctrico y blanco. A juego la camiseta, de rayas horizontales -una reliquia de la marina rusa- y la chaqueta deportiva, azul y con el emblema de la Armada francesa, también de segunda mano…”

Así empiezan los sábados en la vida de Michele. ¿Que por qué lo sé? Porque solo los sábados la camiseta y los vaqueros sustituyen a la camisa de cuadros -de idéntico tamaño, una gama de colores para cada estación- y a las americanas numeradas del uno al once que descansan en el armario junto a sus respectivos pantalones a juego. Y porque de no serlo llevaría ya dos horas de duro entrenamiento físico y de meditación. Lo demás no varía. Y con esto no me refiero a que los días sean iguales, sino a que TIENEN QUE SERLO. Exactamente así: mismas cosas, idéntico orden. Lo contrario sería inaceptable, inconcebible. Solo en verano se concede licencias, pero únicamente dos: el agua con gas y la camisa por fuera los viernes.
En el banco su comportamiento no resulta extraño. De hecho, gracias a sus obsesiones se ha ganado el respeto y la envidia de sus compañeros, que lo tienen por alguien magnético y seguro de sí mismo. Más de una compañera le ha dejado caer una invitación a cenar o a tomar unas copas después del trabajo. No suele aceptar, y cuando lo hace su casa jamás entra en la ecuación. Porque sus citas son justo eso, una ecuación, con todos los valores perfectamente medidos y calculados de antemano. 

Michele las resuelve paso a paso: la cena en uno de esos pequeños restaurantes en los que es casi imposible conseguir mesa; el vino de la mejor reserva -el 71 y el 73 son sus añadas preferidas; la copa en un reservado de moda, tan exclusivo que se permite al cliente preparar su propia bebida. Algunos se ríen al escucharlo, lo califican de absurdo. Michele sonríe también, pero pensando en lo equivocados que están, los pobres. Él sí sabe valorarlo, él sí sabe lo que ese gesto significa de verdad: control. Nadie mejor que tú conoce lo que quieres y cómo lo quieres. En esas citas a veces hay sexo. Casi siempre, de hecho, acaban en la cama de una de esas casas que él tanto desprecia. Apenas soporta el tiempo que debe pasar en ellas, pero se trata de operación más, necesaria para que el valor final sea el esperado. Un ejercicio al que le concede 47 minutos exactos, ni uno más ni uno menos. Cada gesto, cada gemido, el tiempo que dedica a cada parte del cuerpo de su compañera, cada pausa y cambio de postura están absolutamente prefijados. Incluso el número de orgasmos que le arrancará a su compañera antes de permitirse terminar. Tres. Ellas lo disfrutan, lo disfrutan mucho porque Michele sabe hacerlo bien, claro, como el atleta que es, como el que vive para ser el mejor en algo. Solo que él lo hace para ser el mejor en todo. Y esa certeza es la que le hace sonreír al final, con una satisfacción que ellas confunden con el placer del sexo y que oculta su falta absoluta de pasión. Por eso Michele nunca repite cita. Las proposiciones se repiten y él las rechaza. Agradable pero sin explicaciones. ¿Tendrá pareja? ¿Un amor no olvidado? El misterio aumenta su atractivo.

A él todo eso le trae sin cuidado. Precisión, previsión, orden, son lo único que importa. No, definitivamente no me gustaría ser Michele. Bueno, es que no podría. ¿Mi vida entera sometida a la tiranía de los números primos? Olvídalo…

MULTIVERSO (y7)

Gianni mueve la copa antes de beber. La hace girar en círculos pequeños con movimientos rápidos de muñeca. Después, dejando claro que la celeridad del gesto tiene que ver con la seguridad del experto, la levanta con parsimonia y la lleva a la altura de la nariz. Aspira los aromas del vino como si estuviera en trance -ojos casi en blanco, un leve temblor en los labios-, observa el líquido a contraluz y el rastro que deja sobre el cristal -lágrima, diría él- y después, con idéntica lentitud, se acerca la copa a la boca y, por fin, bebe. Entonces su mirada parece perderse a kilómetros de distancia, en otra dimensión quizás, mientras anota mentalmente cada una de sus propiedades, comparándolo con los muchos caldos ya catados. Segundos de espera y una medio sonrisa satisfecha deja ver que ya tiene su veredicto. Entonces, y solo entonces, apoya la copa sobre la mesa, mira a su alrededor e inicia la conversación.

Gianni, claro, tiene entre sus amistades fama de culto, de hombre de mundo. Sus opiniones son solicitadas y escuchadas con respeto. Yo lo conozco poco, la verdad, pero lo veo mover la copa y para mí que la mueve mucho. Que la impaciencia con que lo hace es la del que está comprobando si ha captado tanta atención como quería. Veo los gestos y pienso que si cambiáramos la mesa de restaurante por un carromato de feria apenas se notaría la diferencia. Un auténtico fraude.

Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero el otro día aproveché que coincidimos para ponerlo a prueba. Y lo he disfrutado. Hablar de un escritor que no existe y que alguien se confiese no solo admirador suyo sino gran conocedor de su obra es uno de esos pequeños placeres vitales que no están suficientemente valorados.


En fin, que por eso -entre otras cosas- no me gustaría ser Gianni. Porque para mí que es un poquito gilipollas.

MULTIVERSO (y6)

-Buenos días, señores y señoras pasajeros, les habla el jefe de cabina. Mi nombre es Angelo. El comandante y toda la tripulación queremos darles la bienvenida a este vuelo… 
Apenas presta atención a lo que dice. Después de haberlo repetido cientos de veces es imposible no sabérselo de memoria. Pero sonríe, siempre sonríe. A los pasajeros, desde que entran en el avión, pero especialmente ahora, mientras atienden de manera casi supersticiosa a las instrucciones de seguridad, como si fueran un mantra protector. A los pilotos, casi todos viejos amigos ya. A sus compañeras, siempre agradables, guapas y jóvenes, pero con las que cada vez tiene menos que ver.
Pronto empezará el servicio de bar y podrá aislarse un poco, que para algo están los galones. Sentarse y mirar por la ventanilla, dejar la mente en blanco.  O intentarlo, porque en realidad casi nunca lo consigue. Un pasajero que pregunta por una conexión, o por cuánto dura el vuelo, aunque acabe de decirlo en tres idiomas. Una compañera, Giorgia, Alessia, Elena…, a veces solo por una cuestión práctica -por algo llevas los galones-, a veces por puro coqueteo. En algún momento llegó a resultarle divertido ese tipo de juegos. Daba el tipo para el papel, claro: italiano, maduro, hoyuelo en la barbilla, mandíbula cuadrada, músculos bien definidos bajo el uniforme, sonrisa y peinado perfectos… Y supo interpretarlo, con éxito además. Nadie adivinó nunca lo ajeno que le resulta todo aquello. Lo lejos que está de ese prototipo que parece encarnar y las posibilidades que le brinda.
-Por supuesto, señora, cuando vayamos a aterrizar les comunicaremos la puerta de todas las conexiones (…) No, no, se puede despreocupar por el equipaje. Lo trasladan de un aparato a otro y usted lo recoge en destino (…) No hay de qué, señora.
Juega con la pulsera, le da vueltas alrededor de la muñeca. Está casi borrada, pero da igual. Fuerteventura. 1998. Kitesurf Challenge. Lo recuerda como si hubiera sido ayer. Como algo único, se dice, y se sonríe, porque realmente lo fue. No hubo más. Allí empezó y terminó todo, al menos para él. Para Luca fue justo lo contrario, y eso que fue de paquete, que se dice. La condición de sus padres para dejarle hacer ese viaje, la forma de asegurarse -como si hiciera falta- de que no hacía ninguna locura, porque sabían que su hermano pequeño era lo que más quería en el mundo. Fue increíble, para los dos, porque al final Luca lo convenció para que le dejara probar. 
(-No me va a pasar nada… ¿tú lo haces, no? Además, estoy con mi hermanito, mi Angelo de la guardia…-) 
Lo dijo con aquella sonrisa que lo desarmaba, así que se salió con la suya. Nunca había sabido negarle nada. Y volvieron entusiasmados, contándole a todo el mundo sus planes: habían encontrado la razón de sus vidas. Pero en casa, lo que eran sonrisas y ánimos para Luca, cambiaban en gestos serios y negaciones de cabeza cuando se trataba de él. Era el mayor, tenía que ganarse la vida… en algo serio, se entiende. Alguien tenía que hacerse cargo del negocio familiar. Pero Luca no, claro, él no valía para estar quieto en una oficina, ni para negociar con proveedores en largas comidas y sobremesas. Luca tenía otro talento, más artístico, más… no sé, inquieto. Escuchó aquello una y otra vez y peleó, pero sus quejas sirvieron de tanto como la advertencia de mantenerse sentado hasta que las señales luminosas se apaguen. Su hermano había intentado ayudar, interceder, pero para bien y para mal nadie lo tomaba demasiado en serio. Además era demasiado inconstante y bullicioso como para plantearse un largo asedio. 
Así que no cambió nada y al final Angelo se hartó. Pero no llegó a ceder del todo y se reservó una pequeña rebeldía. Estudió idiomas, como querían sus padres, administración de empresas… pero por su cuenta se matriculó en una escuela de turismo. Trabajaría, sí, pero no se quedaría anclado allí, como hicieron ellos. No iba a pasar toda su vida en aquellos pocos kilómetros cuadrados, siempre los mismos, sin inquietud alguna por conocer el mundo. Y cuando los reunió alrededor de la mesa, en el comedor familiar -Luca también estaba allí- para hablarles de su primer empleo, disfrutó del cambio radical en la expresión de sus caras cuando en vez de un puesto de contable, administrador o algo similar, las palabras que salieron de su boca fueron “auxiliar de vuelo”. La de Luca no, claro… él se levantó, gritando y aplaudiendo de alegría y se fue directo a abrazarlo. Se fueron a celebrarlo y no se volvió a hablar del tema.
Eso le ayudó a conformarse con las fotos que le mandaba Luca desde todas partes del mundo, con las largas llamadas, con las veces - pocas, cada vez menos - en que el héroe volvía a casa. Al menos durante un tiempo. Solo a veces, durante las largas esperas en el aeropuertos o las noches en hoteles de ciudades que apenas llegaba a conocer, sobre todo, notaba que la pulsera le quemaba en la muñeca, como para recordarle cada una de sus renuncias. Fuerteventura. 1998. Kitesurf Challenge. Pero todo aquel tedio, la amargura, las discusiones con su padre -que nunca llegó a asumir su decisión-, la insistencia de su madre en seguir organizando su vida, todo desaparecía cuando lo veía aparecer por la puerta, riendo, gritando, tirando la mochila de cualquier manera y corriendo a colgársele del cuello, como si aún tuviera 5 años. Y no estaba del todo equivocado. Luca lo seguía mirando como entonces, como a un ídolo, y cuando le hablaban de sus trofeos, de la publicidad para marcas deportivas se echaba a reír y lo señalaba a él diciendo que no tenían ni idea, que Angelo era de verdad el mejor, que él en comparación era un aficionado. Y le echaba cariñosamente la bronca a sus padres por haber evitado que Italia tuviera dos estrellas mundiales del kitesurf. Cualquier otro habría provocado una situación incómoda, pero los padres se encogían de hombros y reían de buena gana. Luca tenía ese don: dijera lo que dijera, nadie podía tomárselo a mal.
Mientras él estaba por allí todo iba bien. Incluso la pulsera, que se le pegaba cada vez más a la piel como plástico derretido, parecía quemar menos.
¿Bolonia? Es preciosa, sí -era su compañera Elena la que preguntaba-, pero para el día y medio que tenemos, yo te recomendaría Verona. Sobre todo -inconscientemente había activado su papel de seductor y la mejor de sus sonrisas- si vas con alguien que la conozca bien. Y bueno -la mirada expectante de ella le hizo continuar- yo me crié allí, si te puede servir de algo…
Solo cuando ella bajó los ojos y después de musitar un “claro…¿nos vemos después en la terminal?” se dio cuenta de lo que había pasado. Apretó los párpados y suspiró. Nada cambia, se dijo, nada.…

-Señores y señoras pasajeros, iniciamos el descenso sobre el aeropuerto de Bergamo. El comandante ha encendido las señales luminosas…-

MULTIVERSO (Y5)

Podría estar bien ser Beppe. Beppe tiene 54 años y es cobrador de unos baños públicos en Siena.  A dos pasos del Duomo y la plaza del Campo. Tiene un ventilador, una radio pequeña y un chaleco con su nombre y el puesto que ocupa. Muchos dirían que estoy loco, seguramente los mismos que lo miran con pena al pasar por delante de la puerta. Pero él estaría conmigo. Está acostumbrado a que lo miren así desde pequeño y nunca se ha molestado en tratar de hacer cambiar de opinión a la gente. Creció en un pueblito de las afueras de la ciudad rodeado de su madre y sus tías, de gente que daba por sentado que no se le daba bien nada, ni el colegio, ni el campo, ni trabajar la madera, como hacía su padre. Pero nunca sintió punzadas en su orgullo porque se le negara cualquier responsabilidad. Se limitó a dejarles hacer. 

Así llegó a su mesa con ventilador y radio. Los padres murieron, las tías se iban marchitando una tras otra y todos los primos habían volado lejos. Solo Nicoletta, la más joven, se quedó cerca, casada con un joven y prometedor abogado que llegó a ser concejal de distrito. Ella también lo miraba así, y por eso habló con su marido para que le consiguiera aquel trabajo. Beppe no había acusado apenas los cambios, la verdad, pero le gustó la idea de tener un chaleco con su nombre. Además, era el lugar perfecto para seguir con un ambicioso proyecto en el que trabajaba desde hace años: identificar la procedencia de los turistas por sus rasgos faciales. Estaba muy orgulloso de sus avances, ya tenía casi dominados los países nórdicos y unos dos tercios de América Latina, pero aún quedaba mucho. Los orientales eran el mayor escollo a salvar, pero acabaría lográndolo.

La otra ventaja es que los baños se cerraban a las siete en punto, así que tenía tiempo para regresar pronto a casa, calentar lasaña en el horno y ver una película de Bud Spencer antes de irse a la cama. Se levantaba siempre muy temprano, a las seis, repasaba las anotaciones del día anterior, pasaba a otro cuaderno las más importantes y se marchaba a abrir.


Por eso digo que podría estar bien ser Beppe. Se pongan los demás como se pongan. Aunque bueno, seguro que si supieran que su abuelo había sido delegado comercial en los varios intentos fallidos de Italia de formar un imperio colonial, y que ese fracaso no le había impedido establecer unas cuantas alianzas tan turbias como lucrativas, empezarían a cambiar de opinión. Y si se enteraran de que Beppe fue el único al que su abuelo reveló dónde había escondido todo su dinero… entonces quizás entenderían mejor esa eterna y complaciente sonrisa con la que siempre indica a los turistas que ya pueden pasar.

Multiverso (y4)

Hoy no me hizo falta imaginar nada, porque Fabio y yo podríamos haber sido perfectamente la misma persona. Siempre hay distancias que salvar, claro, porque yo nunca he tenido esa pinta de novio ideal de película americana al que incluso el Sr. Jackson, que aniquilaría a cualquiera que pretendiera acercarse a la niña de sus ojos, no tiene más remedio que adorar. Tampoco trabajaría en un club de vacaciones por mucho que hubiera necesitado el dinero, todo sea dicho. Pero él sí, porque quiere recorrer Europa y estudiar lejos de su casa, quizás en un sitio en el que no tenga que imaginarse la luz del sol la mayor parte del año.

Lo curioso es que la gente no entiende su permanente sonrisa, desde las 7 de la mañana en el desayuno hasta el cierre del comedor a la hora de la cena. Con las clases de aerobic acuático a jubiladas alemanas y el teatro para niños por medio. Yo sí. Me costaría más asumir el tener que llevar esos pantalones por encima de la rodilla todo el día, ¿pero eso? A mí me parece evidente. Es la sonrisa del que ha decidido no derrumbarse. La que tenía Shackelton congelada en el rostro los dos años que tardó en volver a por sus compañeros. Solo hay que tener un objetivo.


Contaba Apolonio, en sus Historias Asombrosas, que había quienes afirmaban haber visto, al día siguiente de su muerte y muchos kilómetros de allí, a Aristeas el chamán enseñando Retórica. No sé qué tiene de extraño, ni le veo siquiera el mérito. Yo he estado años sin ti, dando clase cada día. No hace falta ser un chamán para seguir viviendo después de muerto. Solo tener un objetivo. O saber que vendrías.

MULTIVERSO (y3)

Hoy me he alegrado de ser tan solo Enrique. Permanecer la eternidad junto a ti como estatuas de ceniza, sentados en la esquina del dormitorio abrazándonos muy fuerte mientras todo se llena de humo y el techo empieza a ceder, quizás suene romántico… Todo un lento y bello final, ambicioso si me apuras, pero no lo quiero. Prefiero algo más de andar por casa, no sé. Ver las explosiones de lejos desde la ventana de la cocina tomando un té, por ejemplo, aunque al final la temperatura de la habitación acabe subiendo por encima de la que necesita el plomo para fundirse, porque me conozco. Me conozco y sé que no hace falta que me susurres al oído en francés, que solo con ver tu sandalia bailando en equilibrio mientras lees, una pierna cruzada sobre la otra, se nos va a hacer de noche sin pisar la calle. Y conste que me sigue apeteciendo bajar al mercado, comprar algo de fruta –un melón, uno de esos amarillos pequeñitos, ya sabes-, quizás un poco de queso o cualquier otra cosa que se pueda meter en pan y marcharnos a comer por ahí, tirados en los escalones de una fuente o en un banco del parque. Pero si no dejas de mirarme así me parece que como pronto tendrá que ser mañana…

MULTIVERSO (y2)

Hoy habría querido ser Genaro. Coger de la silla el pantalón blanco y la camisa azul, planchados y doblados con mimo. Pasar la última inspección de la abuela y sentir su mirada llena de orgullo antes de bajar al puerto para acompañar a la Madonna del Soccorso. Lo haré junto a mi padre y al abuelo y su gesto serio y de emoción contenida. Con los ecos de la última campanada de las seis la imagen empieza a moverse y nosotros la escoltamos. Sé que a mi derecha, apenas a un metro estarás tú. A la izquierda de tu madre y tu abuela, con ese vestido blanco de ribetes azules que podría dibujar de memoria. Me cuesta mantener la vista al frente y no distraerme mirándote, siguiendo esos pasos tuyos, ligeros como si te deslizaras sobre el suelo. Cuando llegamos te cogería de la mano para ayudarte a subir al barco hasta que tu abuela te agarrara y tirara de ti para coger un buen sitio junto a la barandilla y poder verlo todo. Y nos quedaríamos lejos el uno del otro, pero ahora sería yo el que caminara un poquito por encima del suelo. Pero no pasa nada de eso, porque no soy Genaro. Soy solo Enrique y soy menos italiano aún hoy que ayer. Quizás el Señor Moretti pueda hacer algo por mí...

MULTIVERSO 1.


Me gustaría llamarme Tomaso. Solo esta noche, solo en esta vieja plaza. Y verla desde un rincón bailando con sus amigas mientras toca la orquesta, como todos los años desde que recuerdo. Me gustaría ser Tomaso, no Enrique, y haber nacido aquí, haber crecido con ella y escuchar cada agosto esas mismas canciones esperando tener el valor necesario para sacarla a bailar. Guardar cada céntimo para reparar la vieja moto del abuelo y poder llevarla de excursión al campo un domingo. Pero no lo soy. No soy más que Enrique y lo único de italiano que tengo son tres botellas de Moretti a mis pies y todas esas esdrújulas de Battiato que no paran de bailar en mi cabeza.