“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?
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SÍNDROMES X. SÍNDROME DE EDIPO.

Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.
Síndrome de Edipo: a veces también denominado conflicto edípico, se refiere al agregado complejo de emociones y sentimientos infantiles caracterizados por la presencia simultánea y ambivalente de deseos amorosos y hostiles hacia los progenitores. En términos generales, Freud define el complejo de Edipo como el deseo inconsciente de mantener una relación sexual (incestuosa) con el progenitor del sexo opuesto y de eliminar al padre del mismo sexo (parricidio).

Partimos de la misma base de siempre, claro: putos síndromes. Pero lo importante aquí es otra cosa, y es que Freud no tenía ni puta idea. Y no hablo de psicoanálisis, porque nos guste o no a todos nos encantaban las tetas de mamá y curiosear para ver qué demonios había debajo de su falda. Lo que pasa es que jode reconocerlo, pero vamos, que no me refiero al psicoanálisis. Yo de lo que hablo es de mitología. Me explico. 
Edipo. Se trata de un tipo que:
  1. recibe un oráculo que le cuenta que va a matar a sus padres. Así, a palo seco. Y en vez de empezar a hacer planes con la pensión del viejo -que, ojo, era rey-, decide largarse para no hacerlo.
  2. llega a una ciudad -Tebas- y se tira el rollo de librarlos de una esfinge con tanta mala leche como afición a las adivinanzas. 
  3. se queda para aliviar el luto de la pobre reina viuda y promete resolver el asesinato del rey, que se había producido unos días antes en un cruce de caminos.
Hasta aquí todo bien, ¿no? El tipo parece intachable. ¡Pues claro, coño! Porque lo es. 
Pero sigamos, que ahora viene lo bueno:
  1. resuelve el crimen, pero descubriendo que él es el culpable. ¿Él? ¿Culpable? Pues sí, amiguitos, porque resulta que de camino a Tebas se había peleado con un tipo en un cruce de caminos y lo había matado. Me imagino a Edipo cruzando un paso de cebra en la Gran Vía, menuda masacre… En fin, que el tipo de la bronca era el rey. Pero la cosa no queda ahí. Edipo sigue investigando, aunque hasta el adivino-jefe-a-sueldo-del-rey-asesinado le da un toque. “Edi, tío, lo mismo todo ese rollo de la memoria histórica se nos está escapando de las manos, ¿no crees? Tanta cuneta, tanta cuneta…” Pero él, erre que erre. Y lo que pasa al final es que se entera de que aquel fulano era su padre. “Espera, espera, que si él era su padre entonces, la reina no sería…” No, no sería, era… ¡su madre! Con la que, por cierto, había tenido hijos -y nada menos que cuatro, porque no solo de investigar vive el hombre-. 
  2. en vez de cagarse en todos los dioses del Olimpo y decirle a los tebanos que una cosa es ser puta y otra muy distinta pagar además la cama y que lo mismo se podía hacer la vista gorda o algo, va el tipo y como se siente responsable se arranca los ojos y se larga al campo a pagar su culpa.
¿Suficiente? Pues no. Encima al tipo le ha caído encima la cruz para toda la eternidad. No me jodas. ¿Se puede ser más ingrato? Sin ser español, digo. A ver si lo dejamos clarito: a Edipo no le gustaba su madre, a Edipo le moló Yocasta. Y parece lo mismo, pero no lo es. ¿Por qué? Pues porque Yocasta era una MILF y las MILF tenían su público en la Grecia antigua. Vamos, como ahora, no seamos cínicos. Que una cosa es que la madre de José te esté volviendo loco, pero de ahí a querer trincarte conscientemente a tu madre hay un mundo. Y luego está lo del padre. A ver, yo lo de que se te salte la palanca por algo así lo entiendo perfectamente. Si he estado cerca alguna vez de matar a alguien ha sido a esa gente miserable que se para a hablar en las esquinas. Y no en una callecita estrecha, no. Esa gente sería capaz de pararse en una esquina de la plaza de San Pedro. Conseguirían bloquearte el paso hasta en el desierto. Son peores incluso que los que van con el paraguas abierto pero bien pegaditos a la pared y mira que esos merecen arder en el infierno. Así que sí, ese tipo de asesinatos para mí están más que justificados. Pero hombre, tanto como para no perdonar ni a tu padre… puedes castigarlo sin corbata el Día del Padre, pero no lo vas a matar porque se quede parado en el pasillo mirando una grieta de la pared. O una obra por un agujero.
En fin, a lo que iba… que este síndrome también lo tengo. E insisto, nada que ver con mi madre. Lo que me pasa a mí es que me pierde querer saber las cosas. Y no se trata un problema de curiosidad, aunque de familia me viene ser un poco gato. Yo elijo saber. Siempre. Cueste lo que cueste. Caiga quien caiga, que generalmente soy yo. ¿Qué? ¿Ojos que no ven corazón que no siente? Sí, sí, ya, que se lo digan a Edipo…

Putos síndromes.

PANDEMIA




Pandemia: sust. Del griego παν (pan = todo) + δημος (demos = pueblo), expresión que significa enfermedad de todo un pueblo y que se aplica a la propagación de una enfermedad infecciosa entre los habitantes de un área geográficamente extensa.


Me rindo. Llevo días dándole vueltas y es imposible. Pensaba elegir uno de esos síndromes míos y escribir algo para estas fechas, pero es que no hay manera. Estamos tan absolutamente enfermos que no se puede escoger, los tenemos todos. Todos los putos síndromes. Y lo peor, como siempre, es que no lo sabemos; que solo vemos los de los otros. O los que creemos que tienen.

Es curiosa esa irreprimible necesidad que tenemos, ante cualquier reivindicación -ajena, claro- de puntualizar, matizar, relativizar. Antes que nada. Antes incluso de escuchar. Para mí que es culpabilidad. (En este punto, imagino que muchos de los pocos que estén leyendo esto ya habrán empezado a murmurar).

En fin, a lo que iba. Que no sé por dónde empezar. Bang Utot, tal vez, ese que los que saben de lenguas indonesias traducen por algo así como “gemir e intentar levantarse”. Ahora explico de qué va. La patología consiste en creer que los genitales se están retrayendo y acabarán produciendo la muerte al introducirse en el cuerpo. A ver quién es el guapo que no chilla y trata de salir corriendo.

El caso es que esta especie de alucinación parece haberse vuelto colectiva. Al menos por lo que leo, oigo y veo estos días a mi alrededor. No es de extrañar, claro, es que la amenaza es seria. Porque, joder, vale que la unidad de la patria es importante, pero aquí lo que está en juego son los huevos. Y literalmente. No se trata de una de esas tocadas de pelotas de que hablamos cuando la gente agita banderas de otros colores -o de los mismos, pero en el orden incorrecto. Y es que el feminismo no mata, hace algo mucho peor: te amaricona. Como para no revolverse. Ya no puedes mirarlas por la calle, ni decirles piropos porque te miran mal. Ni contar un chiste. ¿Follar en grupo? Olvídate. Y encima solo vale si son mayores de edad. No me jodas, cualquiera sabe hasta dónde vamos llegar si las dejamos hacer y deshacer a su antojo. “He leído que las feminazis quieren prohibir mear de pie”, escuché que comentaban en el recreo varios de mis alumnos, los ojos desencajados por el miedo. La felicitación por las dos primeras palabras se me congeló en la boca al llegar al final de la frase. Y pensé en las vueltas que dan las cosas, porque precisamente eso, mear de pie, era una de las grandes reivindicaciones del feminismo, según se decía en las barras de bar más prestigiosas de mi generación.

Mujeres trabajando (fuera de casa). Mujeres caminando (solas, de noche). Mujeres diciendo no. O sí, y tantas veces como quieran. Mujeres decidiendo y pensando, vamos. Y por cada una, un milímetro menos. Y otro, y otro. Lenta e inexorablemente los cimbreles menguan, decrecen, se reabsorben en el interior del cuerpo. El penetrador penetrado: puro Apocalipsis.


Por eso hay que defenderse. Sacar la bandera, otra más. Porque no nos pueden quitar nuestros derechos. ¿Feminismo? Ni machismo ni feminismo, igualdad. ¿Y para cuándo un día del Hombre Trabajador? Encima que llevamos el dinero y la comida a casa… Ya no se respeta la Ley de la Manada.

SÍNDROMES IX. SÍNDROME DE MÜNCHAUSEN.


Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.
Síndrome de Münchausen: patología psiquiátrica que se caracteriza por crear dolencias y fingir síntomas de forma repetida y consistente para poder asumir el papel de enfermo, en ausencia de un trastorno, enfermedad o incapacidad confirmados. En el plano somático el sujeto puede producirse a sí mismo cortes o erosiones para sangrar o inyectarse a sí mismo sustancias tóxicas. La simulación del dolor y la insistencia sobre el hecho de la presencia de sangre puede ser tan convincente y persistente que conduzca a investigaciones e intervenciones repetidas en varios hospitales o consultas diferentes, a pesar de la obtención de hallazgos negativos repetidos.

No, no y no. Que no lo tengo. Putos síndromes y lo que quieras, pero este no. ¿Enrique La Quejica? No sé de qué me estás hablando, porque todo lo que digo es rigurosamente cierto. Todas esas tías eran unas locas y me han jodido la vida. A mí… ¡a mí! Que me he desvivido por todas ellas. ¿Te lo puedes creer? Desagradecidas… ¡Si la víctima soy yo! Mira, mira… hasta me han salido ojeras y rayas en la frente, que antes no las tenía.
Así empecé a escribir esto hace un tiempo. Pero como hasta los más tarados tienen sus momentos de lucidez, por breves que sean, ahora me doy cuenta de que negarlo es precisamente el síntoma más claro. Así que sí, lo tengo. Vaya si lo tengo. Y no es que lo que pone arriba sea mentira del todo, porque no lo es, sobre todo lo de las rayas y las ojeras. El problema es que yo estoy haciendo méritos más que sobrados para que me den el título de Barón: preocupado porque me toca el vaso con una muesca en el borde, por si una micropartícula de líquido de limpiar tuberías se mantiene suspendida en el aire con el maligno propósito de envenenar mi cena, por si el óxido… bueno, ya sabes lo que trama el óxido, no hace falta ni que lo diga. Vamos, que no me va a hacer ni falta ser seleccionador nacional para entrar en la nobleza con el curro que me estoy pegando.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que siempre me veo a un paso de entrar en el selecto club de la profecía autocumplida, y eso sí que no me lo perdonaría. Pero no por aquello que decía Groucho de no pertenecer a un club que te admita como socio, no, sino porque las manías te pueden dar hasta para mantener un blog y provocar el descojono de propios y ajenos, pero hay un límite para seguir inventándose desastres. La fina línea que separa ese “vivir en un ay” con el que me sacas siempre una sonrisa de la injusticia de hacerte pasar temporadas en mi casa encantada de las afueras. Y no precisamente en la Toscana.

Así que al diablo con los autoprofetas, no pienso hacerlo, aunque para ello tenga que cabalgar sobre balas de cañón o caballos cortados a la mitad, bailar en el estómago de una ballena o encender mechas de fusil con la nariz. Y por supuesto, no cortarme nunca el pelo. Bueno, de hecho esa es una de mis dos razones para no hacerlo. Nunca se sabe cuando tendrá uno que tirarse de la coleta para salir de la ciénaga. ¿La otra? Ya te la contaré en otra ocasión, ahora es la hora de tomarme la pastilla.

SÍNDROMES VIII. SÍNDROME DE JERUSALÉN.

Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.
Síndrome de Jerusalén: enfermedad psíquica con carácter de psicosis en la que el afectado manifiesta delirios y se identifica completamente con un personaje del Antiguo o Nuevo Testamento y actúa como tal. La identificación suele ir acompañada por prédicas públicas y plegarias con enfermos. Muchos de los afectados acostumbran a pasearse vestidos con túnicas o sábanas.

Putos síndromes. Pero este no lo tengo, en verdad os digo que no lo tengo, aunque hasta las viejecitas en Málaga lo crean. Palabrita del Niño Jesús. Eso sí, tampoco me voy a hacer la víctima, porque con estas barbas me lo estaba buscando. No será que tu madre no me lo dijera veces, -aféitate, que pareces un terrorista-, pero es que no podría soportar ver la desilusión en vuestras miradas. Soy un cobarde, lo sé, pero también sé que la barba es lo único que me salva de ser una mala persona. Y sobre todo de que la gente se dé cuenta.
Menos mal que ahora parece que se han vuelto a poner de moda y paso un poco más desapercibido, aunque sospecho que entre un millón de personas me seguirían eligiendo a mí. ¿Que quiénes? Pues todos. El operador de radio obsesionado con la carga de la brigada ligera, el borracho que odia a Galdós por abandonar las islas, el que te recita de carrerilla las declinaciones que estudió en el instituto… En fin, tendrá que ser así, dejaremos que se acerquen.
Vale que las sandalias de cuero y los collares tampoco ayudan precisamente. Pero joder, es que me llevo todo lo malo, porque ni siquiera tengo la más mínima capacidad de convicción. O si la tuve alguna vez, que creo que sí, se me debió de gastar discutiendo sobre cantautores y diferencias horarias. Así que ahora me dedico a lo que se suele llamar predicar en el desierto. Y no hablo de mis alumnos ni de sus padres, lo prometo. Hablo de esa gente a la que es imposible hacerle comprender que no estás raro o que la culpa es de Correos, que perdió tu paquete.
Bueno, casi que me voy ya. A ver si consigo no hacer ruido, que como se despierte seguro que se me echa a llorar como una Magdalena. O me monta un Cristo. No voy a coger ni la ropa, me voy así tal cual. Total, tampoco creo que por una sábana se vaya a enfadar, ¿no? Y en la calle no se va a notar la diferencia. Decidido. Me lavo las manos y me piro. Con Dios.

SÍNDROMES VII. SÍNDROME DE LATAH.

Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una  patología.

Síndrome Latah: Síndrome en el que el sujeto comienza a repetir movimientos y sonidos sin control alguno, hasta el punto de poder producirse la muerte. Característico de Indonesia, aunque está documentado también en muchos otros lugares, como entre los Ainos, en Japón, en la región de Siberia y en el norte de Canadá, donde se habla de los Jumping Frenchmen of Maine.


El frío es psicológico. El frío es psicológico. El frío es psicológico. El frío es psicológico…

Es un mantra. Uno zamorano. Y yo lo creo, solo es cuestión de convencimiento. O de haber crecido en inviernos bajo cero sin calefacción y de dormir con la ventana abierta, no lo sé. El caso es que funciona; de hecho, la única parte de mi cuerpo sensible al frío es el pie derecho, aunque eso es otra historia. Que pensé que te la había contado ya, pero bueno… a lo que iba. Todo esto tiene que ver con la magia de la repetición. Como esas mentiras que convertimos en verdaderas a base de contarlas muchas veces.

¿Qué? ¿Qué tienes frío? Pues si quieres te puedo hacer un té, pero de poner la calefacción ni hablar, que estoy sin un duro. ¿Por qué crees que me hago el entendido y lo tomo sin azúcar? No me digas que te habías tragado eso de que me gusta apreciar su verdadero aroma y sabor… Vamos, que no te digo que no haya que tomarlo así, pero que a mí lo de la autenticidad no me interesa ni lo más mínimo. Yo soy de los de tres cucharaditas. Pero me lo cuento a mí mismo para endulzar el trago.

Vale, ya en serio. No te enfades y tómate el té. Y hazme caso, que lo de las repeticiones funciona. Y si no, mírame a mí. Estoy vivo gracias a ellas. Porque con todas esas películas de terror que veía era cuestión de tiempo que vinieran a por mí. Los zombis, Alien, el helicóptero de Tulipán, cualquiera. Pero yo descubrí las diez reglas. Las diez diferencias entre ellos y yo que los mantenían alejados de mi habitación. Siempre las mismas contra cada uno. Recitadas con cuidado con la cabeza bajo la sábana antes de darme dos veces la vuelta –hacia la derecha primero, siempre- y desearme las buenas noches –“hasta mañana, que sueñes con los angelitos. Gracias. De nada”; en ese orden-. Sí señor, las diez reglas me salvaron el pellejo, créeme.

Eso sí, hay que hacerlo de manera exacta. Es fundamental no alterar un sonido ni cambiar un gesto, no esperar un minuto de más o de menos. Como en cualquier actividad trascendente, vamos. Repostería, reducción de cabezas, cantar nanas, tablas de multiplicar… Lástima que no se me ocurriera utilizarlas contigo.

Con todo este rollo se te tiene que haber pasado el frío, seguro… ¿No? Lo mismo tendrías que poner algo más de tu parte. Aunque bueno, también te digo… que a veces las repeticiones son peligrosas. De eso las madres saben mucho, por eso te insisten tanto en que si fulanito se tira por una ventana no vayas a ir tú detrás. Si pierdes el control puedes acabar convertido en algo mucho peor que un mimo. Peor que Paulo Coelho incluso. Tienes que saber parar a tiempo, si no es muy peligroso, como lanzarse cuchillos a uno mismo delante del espejo todas las noches antes de dormir; cualquier día te puedes encontrar con la desagradable sorpresa de que tu reflejo es más rápido que tú.

Fíjate, ahora que lo pienso, seguirte llamando era un poco lo mismo. Esa conversación, una y otra vez, con los mismos reproches y las mismas ironías. El día de la marmota. Menos mal que tiré de la anilla a tiempo, si no lo mismo acabo enganchado a la autoayuda o los horóscopos. ¿Te imaginas? Me ha dado hasta un escalofrío, así que cierra bien la puerta cuando te vayas.

Ah, se me olvidaba. Putos síndromes.

SÍNDROMES VI. SÍNDROME DE PETER PAN.

Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.

Síndrome de Peter Pan: Trastorno psicológico que se manifiesta en las personas adultas mediante un comportamiento infantil o un rechazo frente a toda responsabilidad. El sujeto crece pero reconociéndose a sí mismo únicamente en las imágenes de su infancia, desarrollando en su personalidad rasgos de rebeldía, cólera, narcisismo, arrogancia, dependencia, negación del envejecimiento, manipulación e, incluso, la creencia de estar más allá de leyes y normas. Bajo esta apariencia de irresponsabilidad suele ocultarse un cuadro de inseguridad y miedo a no ser aceptado o querido.


Ni relámpagos azules ni pollas. El olor a niño. Eso es lo que activa el síndrome de Peter Pan. Este también lo tengo, claro, supongo que por esa manía tan infantil mía de coleccionar cosas. Putos síndromes…

Bueno, lo que te decía. El olor a niño. Un día pasas por delante de un colegio, entre todas esas personitas con el baby puesto como la capa de Supermán y notas que huelen distinto. Huelen a niño. En ese momento se te vuelve todo del revés, como cuando abres la ventana para ventilar la casa pero resulta que vives justo encima de un kebab. Una experiencia traumática, créeme. Así que entras en barrena y comienzas una huida hacia delante, porque no lo quieres asumir.

Hay muchas formas de resistirse. Una son los semáforos con cuenta atrás. Todo un deporte de riesgo eso de cruzar la calle con el muñeco verde haciendo guiños integrales antes de ponerse en rojo. Otra es la masturbación compulsiva. Una opción tan respetable como cualquier otra, que conste. ¿Sabes una duda que me corroe sobre eso? No, no tiene nada que ver con el Capitán Garfio, es otra cosa. ¿Cómo se las apañaban los T-Rex con esos brazos tan cortos? ¿Se lo harían unos a otros? Porque vale que tenían un cuello extraordinariamente flexible, como para compensar, pero ¿y los dientes? No sé yo si me merecerían la pena todas esas rozaduras. Aparte, te asustaría saber la cantidad de gente que ha muerto intentando hacer algo así, en serio. Es muy peligroso.

También lo es este síndrome, para mí de los que más, porque esa no es la única manera de romperse el cuello –aunque quizás sí la más embarazosa de contar. Volver tanto la vista atrás es otra, y muy común. Yo no me lo he roto, todavía, pero las chispas que provoca el roce entre mi barba y las etiquetas de la ropa son casi insoportables. Por no hablar de que te queda toda hecha una pena, llena de boquetes. Y hay que asumirlo: a esta edad, los agujeros en la ropa ya no le hacen gracia a nadie. Ni a ti mismo, casi. Sobre todo en los calcetines. Porque seguimos igual de perdidos, pero ya no somos niños. Y además, porque lo que se aprecia en un queso –el olor fuerte y los agujeros- es la condena de un calcetín.

Me ha costado darme cuenta, no creas, porque con eso de que el pasado es un catarro mal curado solía tener la nariz tapada. Y no me digas que eso es por quedarme dormido en el sofá, porque no. Ni vayas a sacarme lo de la autoestima, que te conozco y sé que lo estabas pensando…

SÍNDROMES V. SÍNDROME DE TAKOTSUBO.


Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.

Síndrome o miocardiopatía de Takotsubo: debilitamiento temporal del miocardio que puede ser desencadenado por estrés emocional, por lo que la enfermedad es conocida también como "síndrome del corazón roto".
 
Además de ludópata, soy un bocazas. No sé en qué momento se me ocurrió decir en voz alta que siempre había querido ser japonés, porque lo peor que puede pasarte con ciertos deseos es que alguien se empeñe en que se cumplan. Y tú lo hiciste. A conciencia, además.

No podía imaginar que con cada paso que daba hacia ti me metía más y más en zona de exclusión. Ni que aquello verde era uranio y no wasabi. Ese es uno de los muchos problemas que provoca querer ser japonés sin saber lo bastante de anime. Y no hablo de no distinguir entre sushi y sashimi, que eso ya es para nota. Hablo de no saber que la clave estaba en los cerditos. En ninguna otra parte. Que son el único talismán que vale, aquí y en Pekín, y que la nostalgia no se quita con madroños, por mucho que todo hubiera comenzado un domingo en Madrid. Ese fue mi fallo, ser demasiado occidental para entender que en Oriente el horizonte es símbolo de muerte. Por eso, por idiota, me marché alegremente con una oferta de trabajo como samurai nuclear en el bolsillo. Y me fui hasta el mismísimo borde del mapa, al Oeste de todo, incluso de mí mismo. Fue como hacerme el hara-kiri.

Y como todo buen suicidio ritual necesita un kaishakunin, un ayudante, apareciste tú para serlo. Joven aunque sobradamente preparada. Y con experiencia. El único problema es que entendiste las instrucciones justo al revés, que no es lo mismo que leerlas de derecha a izquierda, y lo que debería haber sido algo rápido y sin dolor se convirtió en una agonía inacabable. Como las piernas de las chicas manga, como los partidos de Oliver y Benji. O la gota de agua.

Lo nuestro no tenía ni pies ni cabeza, eso lo podía ver cualquiera. Incluso yo, si me apuras, pero no podía permitirme fracasar, otra vez no, así que reuní toda la épica de la que fui capaz para mantenerlo a flote. Por eso, aunque ya sabía que en los grandes horrores no hay literatura, decidí hacerle caso al poeta, que recomienda ser como el pulpo, ese gran maestro del camuflaje. Así que me adapté a sus costumbres, a las tuyas. Me apunté a la piscina, a la autoescuela, a clases de francés. Hasta subí en la montaña rusa, con el vértigo que tengo. Todo menos reconocer el error. “Sostenella y no enmendalla”, como si fuera el puto Cid. O un héroe homérico. O un samurai. No son mundos tan alejados. Culturas de la vergüenza las llaman: el honor como algo incuestionable, el valor supremo. Igual que el papel envuelve a la piedra o que el policía es más que el semáforo. Y que nadie meta a la moral en la ecuación.

Gota a gota, al final aquello se convirtió en una trampa. Y no había manera de salir de allí. Menos mal que siempre llevo mis palillos encima, porque no era algo que se pudiera arreglar con un poquito de bálsamo del tigre. Y ojo, que te lo dice alguien que va a los restaurantes a que le hagan acupuntura en vivo. Te aseguro que si no es por los palillos hubiera acabado como Diógenes, que se asfixió comiendo pulpo. Aunque bueno, a mí casi me mató un calamar. ¿No te lo había contado? Pues sí, y él no lo sé, pero yo me lo hubiera tenido bien merecido, porque comer calamares en un congreso sobre la caza en la Edad Media clama al cielo. Si es que se me parte el corazón solo de pensarlo.

En fin, que salvé el pellejo. Y como los orientales son grandes ludópatas y yo de eso sé algo, mientras decido qué hacer me dedico a las apuestas. Carreras de sushi. Ilegales, claro, porque yo soy así. Estoy hecho todo un ronin.

Por cierto, ¿sabes lo que quiere decir Takotsubo? Trampa para pulpos. Luego que por qué lo digo: putas etimologías. Y putos síndromes.

SÍNDROMES IV. SÍNDROME DE KESSLER.


Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.
Síndrome de Kessler: El síndrome de Kessler o cascada de ablación es un escenario propuesto por el consultor de la NASA Donald J. Kessler en el cual el volumen de basura espacial en órbita baja terrestre sería tan alto que impactaría con el resto de objetos en órbita, creando así más basura y, por tanto, un mayor riesgo de otros impactos. El lanzamiento de nuevos satélites y la acumulación de artefactos desfasados hace que este escenario de colisiones en cascada de Kessler se haga más probable.

Sé que lo he dicho ya. Putas etimologías. Y putos síndromes. Cada vez tengo más, se me acumulan como la basura en la calle los domingos o cualquier día de la semana en el espacio exterior.

Es difícil decir cómo he llegado a esto. Normalmente las cosas siguen el comportamiento que esperaríamos de ellas, una pauta lógica y que se puede medir. Sin embargo, en ocasiones se producen reacciones inesperadas. Error empírico, lo llaman. Mismos elementos, idénticas proporciones, pero sin saber por qué, el resultado obtenido es completamente distinto.

Lo malo es que los errores empíricos tienden a generar bucles. Son como bracear en espiral. Intentas no repetirte, volver al resultado inicial, pero acabas nadando en círculo. En uno perfecto además. Y lo terrible de los círculos no es encontrarte de nuevo en el punto de partida, una y otra vez, sino que siempre estás a la misma distancia del centro y sin posibilidad de acercarte. Ni de alejarte. La velocidad puede variar; lo que no cambia es la conciencia de que te has convertido en chatarra. Debris. Basura espacial.

Sí, lo sé. Pensar en asteroides camino de la destrucción es mucho más épico y glorioso, pero esto es otra cosa. Es más como una tostadora arrojada por la escotilla de una nave rusa, flotando sin rumbo. Ya no funciona y aunque se sigan las instrucciones paso a paso siempre sobran piezas. No tiene arreglo, ni remedio. Porque para qué nos vamos a engañar, ahora es basura espacial y para lo único que sirve la basura espacial es para generar más. Más debris. Igual que yo. Todo lo que se acerca a mí acaba convertido en material de desecho. Soy como el rey Midas, pero en versión trash.

¿Te parece una estupidez? Pues a mí es lo único que se me ocurre para explicar lo que me pasa contigo. Supongo que debí darme cuenta antes de que mis cartas de navegación estaban obsoletas y que tus instrumentos eran poco más que piezas de museo. Hay que asumirlo, cariño, llevamos demasiado como cometas erráticos y ya no sabemos calcular las distancias ni las trayectorias. Por eso cada vez que nos acercamos demasiado acabamos chocando. Antes o después te saco de quicio. O tú a mí. Sí, tú también me sacas de quicio aunque no lo creas, y lo que es peor, lo haces sin proponértelo en absoluto. Es algo tan absurdo como el odio inmenso que siento a veces por la gente que tararea. O la que se para a hablar en las esquinas. Algo visceral. Y te prometo que hago la cuenta atrás, del diez al cero, pero ya ni los mensajes satánicos me aclaran nada. Todo lo más, la imposibilidad del fenómeno.

Mi única esperanza es que detrás de todo esto haya una secuencia lógica, una fórmula genial que me ayude a comprender. Algo como la proporción áurea. Aunque ahora que lo pienso, quizás tratar de entenderlo sea hybris. Soberbia, ya sabes. Debris con hybris. Menudo trabalenguas. Menos mal que no soy disléxico además de ludópata.

SÍNDROMES III. SÍNDROME DE DIÓGENES.


Síndrome: Sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.
Síndrome de Diógenes: El síndrome de Diógenes es un trastorno del comportamiento que se caracteriza por el total abandono personal y social y por el aislamiento voluntario en el propio hogar, acompañados en la mayoría de los casos por la acumulación de grandes cantidades de basura o de desperdicios domésticos. Se suele producir en personas de avanzada edad pero también en jóvenes y, de modo general, en personas que se sienten solas, no han superado la muerte de un cónyuge o familiar muy cercano o presentan cuadros depresivos.

¿Lo he dicho ya? Putas etimologías. El siguiente cromo es el de Diógenes y la colección no deja de aumentar. Y no pienses que haber estudiado cocina habría mejorado las cosas, porque me pierden las cerezas, como a todos los ludópatas. Pero que no te engañen los frutos rojos, esta vez se trata más de mí que de ti, y en el fondo empiezo a pensar que nunca fue de otro modo.

Tiene que ver con mi manía de guardarlo todo. Acuérdate de la enciclopedia roja. Creo que no volví a abrirla después de cumplir los 12, pero salvarla de la basura se convirtió en una cuestión de honor. ¿Y qué me dices del pato de mimbre? He visto pocas cosas más feas en mi vida que esa cesta, y aún así la rescaté de la papelera hasta tres veces. Sí, me cuesta tirar las cosas… casi tanto como a ti no hacerlas arder. Por ejemplo, sé que piensas que a mis botas finlandesas les llegó su hora hace mucho tiempo, no hace falta que lo digas. Pero nunca renuncié a nada solo porque hiciera aguas, y no voy a empezar ahora. Aunque siga sin aprender a nadar. Te resulta incomprensible, lo sé. Por eso nunca me atreví a contarte lo del cepillo de dientes que quise quemar una vez. Ni lo del agujero en el calcetín. Porque también sé cómo me habrías mirado, la cara que hubieras puesto si lo hubiera olvidado en tu mochila. Y eso sí me asustaba.

He tardado en verlo, pero ahora tengo claro que las diferencias entre tú y yo son las mismas que hay, por ejemplo, entre un horno crematorio y una planta de reciclaje. Y si me ha costado tanto entenderlo es porque tengo el termostato roto. Por eso, mientras me entretenía pensando en hacerte unos pendientes con las chapas de refresco que guardé durante nuestro primer verano, no vi cómo empujabas el barril en el que vivíamos hasta colocarlo encima de un radiador. Ni que todo empezaba a llenarse de humo y el aire se volvió irrespirable.

Es el problema que tiene la madera, que se calienta con facilidad. Bueno, y que si tratas de hacer torres con ella acaban por derrumbarse, más tarde o más temprano. Así que cuando perdí la cuenta de los desplomes decidí que eran más seguros los laberintos. El último que he hecho está muy logrado, la verdad. Por una vez, haber estudiado griego ayudó. Sabía que Diógenes solo encontraba escombros cuando buscaba hombres, así que entre los suyos y los míos había más que de sobra. Además tuve cuidado de dejar todos los hierros oxidados bloqueando la puerta, para no atreverme a salir. Sabía que antes o después querría hacerlo y como jamás recurriría a unas alas de cera porque me dan miedo las alturas, la puerta era la única opción. 

Quizás las precauciones fueron excesivas, porque si hay algo que olvido con facilidad, aparte de los finales de las películas, es por dónde he entrado en un sitio. Aún así puse una isla en el centro y en el centro de la isla una montaña. Y por si acaso nunca me acerco a la orilla. Por los pulpos, ya sabes, que estarán todo lo ricos que tú quieras, pero son peligrosos. Diógenes murió asfixiado comiendo pulpo, no te digo más.

Oye, hablar de esto me ha dado hambre. Y como el hambre no se quita frotándose la tripa, voy a preparar algo de cena. El caso es que no tengo ni puta idea de dónde están las sartenes. Admito que en momentos como éste me arrepiento un poco de este desorden, pero me dura poco. Al fin y al cabo, ¿desde cuándo alguien con síndrome de Diógenes lo deja todo organizado?

SÍNDROMES II. SÍNDROME DE STENDHAL.


Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.

Síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia): enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardiaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a obras de arte, especialmente cuando éstas son particularmente bellas o están expuestas en grandes cantidades en un mismo lugar.


Insisto. Putas etimologías. Eso sí, la colección está quedando preciosa. Ahora verás, te va a dejar de piedra.

Si te soy sincero, no me extrañó lo más mínimo descubrir que Stendhal se llamaba Henri. Ni que de todos los años posibles fuera en 1979 cuando le pusieron su nombre a un síndrome. Hay señales tan retorcidas que parece imposible que no sean ciertas: por ejemplo, que yo tenga casi 33 años y trazas de músico mesiánico y tú el nombre bíblico y la facilidad para resucitar a los vivos. He leído demasiada tragedia griega como para creer en las casualidades. Pero por eso mismo sé también que, incluso en los momentos de mayor desesperación, el hombre debe seguir siempre las leyes de la belleza.

Y eso hice, porque todo era insoportablemente leve a mi alrededor, empezando por mí. Y funcionaba, de verdad que funcionaba. Me sentí a salvo, tanto que me olvidé de la Esfinge y dejaron de interesarme sus acertijos. Y solo escribía en verde. Pero solo por un tiempo. Luego empezaron las alucinaciones, y el vértigo y los temblores volvieron. El problema fue que todo era demasiado bonito contigo. Tanto que mi organismo reaccionó produciendo anticuerpos. Por eso todo acabó tan mal. No hay otra explicación. Entiendo que te parezca absurdo, pero bueno, también lo es el odio inmenso que siento por la gente que tararea y es algo que no puedo evitar. Admito también que te pueda parecer injusto, aunque te prometo que no sabía que tampoco Florencia paga a traidores. Claro que si lo piensas bien no carece de lógica. Ya sabes, de esa lógica cruel de los oráculos que está siempre escrita en rojo y que yo había dejado de leer.

Fueron demasiadas traiciones. Supongo que en el fondo los dos sabíamos que antes o después Tebas iba a reclamar lo que es suyo. Que llegaría el día en que la tinta verde se me acabara y que ese día tendría que volver. Y así fue. La Esfinge seguía allí, esperando, como siempre. Y como siempre era difícil decir si sonreía, reflejaba una tristeza inmensa o una indiferencia total. La tentación de saber fue otra vez demasiado fuerte y mi desmemoria fatal de nuevo. Edipo no gana para disgustos conmigo. Ni para ojos de cristal. Y yo sigo sin aprender que la mirada de una esfinge solo puede soportarla otra esfinge, porque en lugar de colores lo que hay en ella son todos los enigmas del mundo.

¿La solución? Bueno, para mí es evidente, pero aún así te voy a dar una pista: ni papel ni tijera. ¿De verdad no lo sabes?

SÍNDROMES (I)

Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.

Putas etimologías. Estaba claro: un ludópata que había estudiado griego tenía que acabar consiguiendo la colección completa sí o sí. Empezando por el de Estocolmo, o sea, por ti.

El conocimiento es dolor, que se lo digan a Edipo, pero la verdad es que si hubiera consultado el diccionario antes no habría tardado tanto en entender mi fascinación por recorrer los pasillos de Ikea. Ni tu insistencia en llevarme. Y es que podía pasarme las tardes muertas allí, viendo estanterías y dormitorios con nombres élficos, comprando cosas para casas que nunca iban a ser mías más que por unas horas pero que me hacían perder algo para siempre. Y aún así me encantaba, y siempre volvía, aunque lo hiciera cada vez más vacío, más roto; aunque antes o después apareciera Ortega y Gasset en una sección cualquiera –espejos, por ejemplo- para reírse en mi cara y abofetearme con un tomo de sus obras completas. ¿El conocimiento es dolor sí o no?

-          “¿Quién tenía razón, eh, capullo?”

-          “Usted, Don José, usted. Las circunstancias son la clave, pero no me pegue más, hombre”.

Me hacía repetirlo tres veces. Del derecho y del revés, como haces con los discos para escuchar el mensaje satánico oculto. O con la canción del Colacao para que tu hermano deje de hacerte cosquillas. Luego se iba, ajustándose la placa con su nombre y murmurando insultos, y yo me quedaba con cara de bobo, preguntándome desde cuándo los filósofos utilizaban la palabra capullo. Y pensando lo duro que estaba el mercado de trabajo.

La risita que se oía por detrás era la tuya; me estabas mirando desde la puerta de una cocina falsa y me decías que entrara de una vez, que ya estaba el salmón listo y había que poner la mesa. Y yo me ponía a ello mientras tú atendías al del gas, aunque no acababa de entender qué era lo que tenía que revisar en el dormitorio –también falso, bueno, menos la cama- ni por qué llevaba una funda de guitarra en vez de una caja de herramientas. Pero luego tú venías tan sonriente para cenar que dejaba de darle vueltas a todo, incluso a que siempre había creído que el color salmón era rosado y no verdoso.

Y es que se está tan bien en casa con alguien que te cuida… No entiendo las muecas extrañas que hacen mis amigos cuando les cuento estas cosas, aunque como tú dices… lo mejor es hacerse el sueco. Si seguro que es cosa de envidia, como casi todo en este país. En cuanto podamos nos marchamos. Al norte.

En fin, que ya no sé ni de lo que estaba hablando. ¿Síndrome de Estocolmo? Ni idea, no había oído hablar de eso en mi vida. ¿Es una de las novelas del tío ese de gafas que se murió?