“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?

NO TIME NO SPACE

Al final me quedé lo justo para el trasbordo. Podría haber pasado el día allí y regalarme una sesión de autocompasión y lágrima fácil, pero no lo hice. Creo que me estoy aburguesando. Cualquier día dejo de comer pimientos de padrón, lo veo venir. O lo que es peor, me compro una maleta con ruedas.

Aunque en realidad sé que no hubiera habido ni compasión ni lágrimas. Cada día tengo más claro que todo aquello solo sucedió en mi cabeza. Únicamente. Tenía razón Goya, el sueño de la razón produce monstruos. Monstruos… y zorras, le faltó añadir. Pero claro, Paco siempre fue un tipo discreto.

El caso es que llegar a esa conclusión es un alivio, pero también tiene sus riesgos. Por ejemplo, confirmar lo gilipollas que puedes llegar a ser si te lo propones. Porque si eres un perturbado que dinamita su vida por un amor imposible o atormentado, hasta puedes atraer ciertas simpatías; pero si lo haces así sin más, creyendo que había que compensar las cosas que hiciste o no en otro momento y en otro lugar, puedes acabar por no aguantarte ni tú mismo, ni festivos ni laborables.

De todos modos, nada de eso tiene sentido ya, porque en tu habitación no hay calendarios y cuando te veo venir desde la puerta, a contraluz, lo que menos me importa es si está amaneciendo o si se nos ha vuelto a hacer de noche. Y es que solo pienso en cómo engañarte para que te acerques a discutir si mis ojos son verdes o no y en que el reloj de tu mesilla vuelva a acabar en el suelo, hecho un lío entre la ropa y los zapatos. Ni tiempo ni distancia, ya lo ves, una fórmula de lo más sencilla.

ÉRASE UNA VEZ... EN VERONA.

Siempre saldo mis deudas. Despacio, pero lo hago. Lento pero seguro y todo ese rollo que cuento una y otra vez, ya sabes. Esta vez me ha costado 17 años, pero ya está, por fin.

Por eso tenía que volver a Verona. Lo que pasa es que para cuando he querido llegar Julieta ya se había ido. Que lo veo normal, porque 17 años son muchos años para tener esperando a alguien. Lo que sí encontré fue el cadáver del que fui –según yo- en una ocasión. Quizás era lo que andaba buscando al ir allí, después de todo. Quizás era el único sitio donde todavía podía estar. Son tantas las cosas que se han convertido en polvo, lágrimas y tinta roja desde aquella vez que me preguntaba si quedaría algo. Y ese tipo de dudas solo las saben resolver quienes están más allá del tiempo, como las esfinges o algunas ciudades.

Por eso tenía que volver a Verona. Necesitaba saber que sigo odiando a los turistas sonrosados –camisas sudadas, manchas de helado, manos temblorosas- que se agarran a la estatua de Julieta. Comprobar si, solo con el agua helada de las fuentes y mi indestructible navaja suiza –que vino también la primera vez-, podía seguir sin negociar con los terroristas de gorro blanco y carrito ambulante. Ver que algunas veces caminar hasta que los pies te duelen sí te lleva hasta alguna parte, aunque casi todo –5 euros, un entrecejo poblado y los parquímetros inflexibles- pareciera decir lo contrario.

Por eso tenía que volver a Verona. Por eso y porque soy un ludópata. Y me seguiré jugando todas las monedas en fuentes y pozos buscando la combinación que me permita regresar. Contigo.

RE-FUNDICIÓN

Este blog lleva tanto tiempo convertido en una ruina arqueológica que le hace falta algo así como una nueva puesta de largo. Un texto a medio camino entre la reinauguración y la justificación, aunque para cualquiera que me conozca un poco lo segundo es más bien innecesario, porque ya sabrá de sobra lo inconstante que soy. Difícil de encajar con ese “lento pero seguro” de mi escudo de armas, pero igual de cierto.

Por si acaso alguien tiene interés en saber por qué dejé de escribir, aparte de por mi displicencia… le diré que está muy claro: porque solo valgo para escritor maldito. Así que, visto lo visto, o lo dejo o me busco miserias nuevas, porque las viejas ya no dan más de sí. Y no porque no sean fieles como perras, pero es que al final va a ser verdad eso de que no estamos hechos para la monogamia, ni siquiera cuando se trata de penas.

Y esa es la razón. Ni más ni menos. Lo que pasa es que, después de un tiempo, se me ha ocurrido que me podría hacer costumbrista. No debería de ser muy difícil, porque si algo se me da bien aparte de tomar decisiones desastrosas es atraer a mi alrededor personajes legendarios. Sin esfuerzo ni intención ninguna, además. Creo que mi magnetismo personal lo sacaron de un outlet. Y si solo fuera lo de mi relación con las abuelas podría hacerlo pasar por vintage, pero no, esto va mucho más allá: es ese algo que convierte lo cotidiano en demencial.

Eso sí, tampoco me hago muchas ilusiones. Porque yo, como siempre, mucho hablar pero a la hora de la verdad, poquita cosa. O mucho lirili y poco lerele, que dice alguna que otra vocecita que vive en mi conciencia. Y esto es como el don de lenguas, si no se demuestra es como si no se tiene. Así que a ver si con las llamadas a la acción que he recibido es suficiente…

Además, los bombones siempre vuelven al final del verano, ¿no? Pues ya está. Bienvenidos otra vez.

NOCHE DE LOBOS


Noche de aeropuerto. Otra más. Puede que tener a mano un McDonald’s le reste un poquito de épica, pero a cambio te regala cantidades de surrealismo potencialmente infinitas.

5 de la madrugada. Enfrente, una familia evangélica. El hijo mayor recitando pasajes de la Biblia y advirtiendo a su hermano pequeño de los peligros del Enemigo, que acecha por todas partes. Aunque no hay temer, porque Dios está contigo, varón. Un poco más allá, dos mujeres solas, instaladas en la cincuentena desde hace unos años, pero sin nada más en común. Una impecablemente vestida, peinada y teñida, fular estampado con la dosis justa de exotismo salvaje. El puto reloj biológico es implacable. La otra, mochila de aventurera al lado, botas de montaña, pelo recogido. Que los relojes sean implacables no quiere decir que no haya más de un modelo. Y está claro que en el Norte de Europa hay más cosas que llegaron antes, aparte del invierno y el tartar de salmón. Ten Fe en Dios, varón. Y yo pienso que a estas horas es difícil, casi tanto como no cuestionarse la eficacia de una seguridad de aeropuerto que come montañas de hamburguesas de madrugada.

Cuatro chicas. Isleñas. Es casi imposible encontrar cuatro maletas más feas juntas. Quizás debería preguntarle al ministro evangélico qué opina. Eso y si ver a chicas sentadas encima de maletas intentando cerrarlas es algo que le hace especial gracia a Dios, porque no creo que pase un solo minuto sin que eso ocurra en algún lugar del mundo. Una especie de bucle. Hablando de bucles, es reconfortante ver que el ciclo de la vida no peligra: está a punto de empezar algo a medio camino entre un documental y una comedia adolescente. Cuento hasta 10, y antes de llegar a 6, nuestros chicos han cumplido. La mirada del cazador experto ha tardado nanosegundos en localizar a las chicas. Explosión de creatividad: están intentando convencerlas de que van de viaje a Helsinki por el cumpleaños de uno de ellos. Oh, poderoso Dios. La familia evangélica se ha ido hace rato, pero quedan muy modernas estos paréntesis en cursiva.

Entiendo que la pijería chulesca madrileña pueda irritar a muchos, pero terminar la noche en un MacDonalds de aeropuerto y entrar con los cubatas en la mano es un toque de clase acojonante. España 1, Resto del mundo 0. Por cierto, la vitrina que separa las mesas y la caja se compone de 35 tomates, 35 manzanas y 60 zanahorias en 5 filas. El minimalismo futurista siempre me ha parecido inquietante, y tan aséptico como una clase de Ciudadanía bien dada. Y también es muy moderno.

La noche se acaba. O mi espera, más bien. Me largo a la otra terminal, a ver si esta vez consigo parecer lo suficientemente peligroso como para merecer un registro.

SÍNDROMES V. SÍNDROME DE TAKOTSUBO.


Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.

Síndrome o miocardiopatía de Takotsubo: debilitamiento temporal del miocardio que puede ser desencadenado por estrés emocional, por lo que la enfermedad es conocida también como "síndrome del corazón roto".
 
Además de ludópata, soy un bocazas. No sé en qué momento se me ocurrió decir en voz alta que siempre había querido ser japonés, porque lo peor que puede pasarte con ciertos deseos es que alguien se empeñe en que se cumplan. Y tú lo hiciste. A conciencia, además.

No podía imaginar que con cada paso que daba hacia ti me metía más y más en zona de exclusión. Ni que aquello verde era uranio y no wasabi. Ese es uno de los muchos problemas que provoca querer ser japonés sin saber lo bastante de anime. Y no hablo de no distinguir entre sushi y sashimi, que eso ya es para nota. Hablo de no saber que la clave estaba en los cerditos. En ninguna otra parte. Que son el único talismán que vale, aquí y en Pekín, y que la nostalgia no se quita con madroños, por mucho que todo hubiera comenzado un domingo en Madrid. Ese fue mi fallo, ser demasiado occidental para entender que en Oriente el horizonte es símbolo de muerte. Por eso, por idiota, me marché alegremente con una oferta de trabajo como samurai nuclear en el bolsillo. Y me fui hasta el mismísimo borde del mapa, al Oeste de todo, incluso de mí mismo. Fue como hacerme el hara-kiri.

Y como todo buen suicidio ritual necesita un kaishakunin, un ayudante, apareciste tú para serlo. Joven aunque sobradamente preparada. Y con experiencia. El único problema es que entendiste las instrucciones justo al revés, que no es lo mismo que leerlas de derecha a izquierda, y lo que debería haber sido algo rápido y sin dolor se convirtió en una agonía inacabable. Como las piernas de las chicas manga, como los partidos de Oliver y Benji. O la gota de agua.

Lo nuestro no tenía ni pies ni cabeza, eso lo podía ver cualquiera. Incluso yo, si me apuras, pero no podía permitirme fracasar, otra vez no, así que reuní toda la épica de la que fui capaz para mantenerlo a flote. Por eso, aunque ya sabía que en los grandes horrores no hay literatura, decidí hacerle caso al poeta, que recomienda ser como el pulpo, ese gran maestro del camuflaje. Así que me adapté a sus costumbres, a las tuyas. Me apunté a la piscina, a la autoescuela, a clases de francés. Hasta subí en la montaña rusa, con el vértigo que tengo. Todo menos reconocer el error. “Sostenella y no enmendalla”, como si fuera el puto Cid. O un héroe homérico. O un samurai. No son mundos tan alejados. Culturas de la vergüenza las llaman: el honor como algo incuestionable, el valor supremo. Igual que el papel envuelve a la piedra o que el policía es más que el semáforo. Y que nadie meta a la moral en la ecuación.

Gota a gota, al final aquello se convirtió en una trampa. Y no había manera de salir de allí. Menos mal que siempre llevo mis palillos encima, porque no era algo que se pudiera arreglar con un poquito de bálsamo del tigre. Y ojo, que te lo dice alguien que va a los restaurantes a que le hagan acupuntura en vivo. Te aseguro que si no es por los palillos hubiera acabado como Diógenes, que se asfixió comiendo pulpo. Aunque bueno, a mí casi me mató un calamar. ¿No te lo había contado? Pues sí, y él no lo sé, pero yo me lo hubiera tenido bien merecido, porque comer calamares en un congreso sobre la caza en la Edad Media clama al cielo. Si es que se me parte el corazón solo de pensarlo.

En fin, que salvé el pellejo. Y como los orientales son grandes ludópatas y yo de eso sé algo, mientras decido qué hacer me dedico a las apuestas. Carreras de sushi. Ilegales, claro, porque yo soy así. Estoy hecho todo un ronin.

Por cierto, ¿sabes lo que quiere decir Takotsubo? Trampa para pulpos. Luego que por qué lo digo: putas etimologías. Y putos síndromes.