Hoy habría querido ser Genaro.
Coger de la silla el pantalón blanco y la camisa azul, planchados y doblados
con mimo. Pasar la última inspección de la abuela y sentir su mirada llena de
orgullo antes de bajar al puerto para acompañar a la Madonna del Soccorso. Lo
haré junto a mi padre y al abuelo y su gesto serio y de emoción contenida. Con
los ecos de la última campanada de las seis la imagen empieza a moverse y
nosotros la escoltamos. Sé que a mi derecha, apenas a un metro estarás tú. A la
izquierda de tu madre y tu abuela, con ese vestido blanco de ribetes azules que
podría dibujar de memoria. Me cuesta mantener la vista al frente y no
distraerme mirándote, siguiendo esos pasos tuyos, ligeros como si te deslizaras
sobre el suelo. Cuando llegamos te cogería de la mano para ayudarte a subir al
barco hasta que tu abuela te agarrara y tirara de ti para coger un buen sitio
junto a la barandilla y poder verlo todo. Y nos quedaríamos lejos el uno del
otro, pero ahora sería yo el que caminara un poquito por encima del suelo. Pero
no pasa nada de eso, porque no soy Genaro. Soy solo Enrique y soy menos
italiano aún hoy que ayer. Quizás el Señor Moretti pueda hacer algo por mí...
“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?
MULTIVERSO 1.
Me
gustaría llamarme Tomaso. Solo esta noche, solo en esta vieja plaza. Y verla
desde un rincón bailando con sus amigas mientras toca la orquesta, como todos
los años desde que recuerdo. Me gustaría ser Tomaso, no Enrique, y haber nacido
aquí, haber crecido con ella y escuchar cada agosto esas mismas canciones
esperando tener el valor necesario para sacarla a bailar. Guardar cada céntimo
para reparar la vieja moto del abuelo y poder llevarla de excursión al campo un
domingo. Pero no lo soy. No soy más que Enrique y lo único de italiano que
tengo son tres botellas de Moretti a mis pies y todas esas esdrújulas de
Battiato que no paran de bailar en mi cabeza.
NO TIME NO SPACE
Al final me quedé lo justo para
el trasbordo. Podría haber pasado el día allí y regalarme una sesión de
autocompasión y lágrima fácil, pero no lo hice. Creo que me estoy aburguesando.
Cualquier día dejo de comer pimientos de padrón, lo veo venir. O lo que es
peor, me compro una maleta con ruedas.
Aunque en realidad sé que no
hubiera habido ni compasión ni lágrimas. Cada día tengo más claro que todo
aquello solo sucedió en mi cabeza. Únicamente. Tenía razón Goya, el sueño de la
razón produce monstruos. Monstruos… y zorras, le faltó añadir. Pero claro, Paco
siempre fue un tipo discreto.
El caso es que llegar a esa
conclusión es un alivio, pero también tiene sus riesgos. Por ejemplo, confirmar
lo gilipollas que puedes llegar a ser si te lo propones. Porque si eres un
perturbado que dinamita su vida por un amor imposible o atormentado, hasta
puedes atraer ciertas simpatías; pero si lo haces así sin más, creyendo que
había que compensar las cosas que hiciste o no en otro momento y en otro lugar,
puedes acabar por no aguantarte ni tú mismo, ni festivos ni laborables.
De todos modos, nada de eso tiene
sentido ya, porque en tu habitación no hay calendarios y cuando te veo venir
desde la puerta, a contraluz, lo que menos me importa es si está amaneciendo o
si se nos ha vuelto a hacer de noche. Y es que solo pienso en cómo engañarte
para que te acerques a discutir si mis ojos son verdes o no y en que el reloj
de tu mesilla vuelva a acabar en el suelo, hecho un lío entre la ropa y los
zapatos. Ni tiempo ni distancia, ya lo ves, una fórmula de lo más sencilla.
ÉRASE UNA VEZ... EN VERONA.
Siempre saldo mis deudas.
Despacio, pero lo hago. Lento pero seguro y todo ese rollo que cuento una y
otra vez, ya sabes. Esta vez me ha costado 17 años, pero ya está, por fin.
Por eso tenía que volver a
Verona. Lo que pasa es que para cuando he querido llegar Julieta ya se había
ido. Que lo veo normal, porque 17 años son muchos años para tener esperando a alguien.
Lo que sí encontré fue el cadáver del que fui –según yo- en una ocasión. Quizás
era lo que andaba buscando al ir allí, después de todo. Quizás era el único
sitio donde todavía podía estar. Son tantas las cosas que se han convertido en
polvo, lágrimas y tinta roja desde aquella vez que me preguntaba si quedaría
algo. Y ese tipo de dudas solo las saben resolver quienes están más allá del
tiempo, como las esfinges o algunas ciudades.
Por eso tenía que volver a
Verona. Necesitaba saber que sigo odiando a los turistas sonrosados –camisas
sudadas, manchas de helado, manos temblorosas- que se agarran a la estatua de
Julieta. Comprobar si, solo con el agua helada de las fuentes y mi indestructible
navaja suiza –que vino también la primera vez-, podía seguir sin negociar con
los terroristas de gorro blanco y carrito ambulante. Ver que algunas veces
caminar hasta que los pies te duelen sí te lleva hasta alguna parte, aunque
casi todo –5 euros, un entrecejo poblado y los parquímetros inflexibles-
pareciera decir lo contrario.
Por eso tenía que volver a
Verona. Por eso y porque soy un ludópata. Y me seguiré jugando todas las
monedas en fuentes y pozos buscando la combinación que me permita regresar.
Contigo.
RE-FUNDICIÓN
Este blog lleva tanto tiempo
convertido en una ruina arqueológica que le hace falta algo así como una nueva
puesta de largo. Un texto a medio camino entre la reinauguración y la
justificación, aunque para cualquiera que me conozca un poco lo segundo es más
bien innecesario, porque ya sabrá de sobra lo inconstante que soy. Difícil de
encajar con ese “lento pero seguro” de mi escudo de armas, pero igual de
cierto.
Por si acaso alguien tiene
interés en saber por qué dejé de escribir, aparte de por mi displicencia… le
diré que está muy claro: porque solo valgo para escritor maldito. Así que,
visto lo visto, o lo dejo o me busco miserias nuevas, porque las viejas ya no
dan más de sí. Y no porque no sean fieles como perras, pero es que al final va
a ser verdad eso de que no estamos hechos para la monogamia, ni siquiera cuando
se trata de penas.
Y esa es la razón. Ni más ni
menos. Lo que pasa es que, después de un tiempo, se me ha ocurrido que me
podría hacer costumbrista. No debería de ser muy difícil, porque si algo se me
da bien aparte de tomar decisiones desastrosas es atraer a mi alrededor
personajes legendarios. Sin esfuerzo ni intención ninguna, además. Creo que mi
magnetismo personal lo sacaron de un outlet. Y si solo fuera lo de mi
relación con las abuelas podría hacerlo pasar por vintage, pero no, esto va
mucho más allá: es ese algo que convierte lo cotidiano en demencial.
Eso sí, tampoco me hago muchas
ilusiones. Porque yo, como siempre, mucho hablar pero a la hora de la verdad,
poquita cosa. O mucho lirili y poco lerele, que dice alguna que otra vocecita que vive en
mi conciencia. Y esto es como el don de lenguas, si no se demuestra es como si
no se tiene. Así que a ver si con las llamadas a la acción que he recibido es
suficiente…
Además, los bombones siempre vuelven al final del verano, ¿no? Pues
ya está. Bienvenidos otra vez.
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