“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?

PERO, ¿NO ERA USTED PAUL AUSTER?

Un descubrimiento y una decisión. Así podría definir mi día de ayer. Y las dos cosas giran alrededor de Paul Auster. ¿Buen comienzo, no? Si con esto no consigo ganar la atención de la gente mejor me retiro y vuelvo a recortar miniaturas en goma EVA. 

En fin, me explico. Uno: El Descubrimiento. El caso es que ayer me enteré de cómo es realmente Paul Auster. Físicamente, me refiero, no es que haya enterado de si traicionó o no a su mujer con su agente o que mató accidentalmente a su patito poniéndolo a secar en el microondas. ¿Culpable o inocente? Me da igual. El caso es que no lo había visto nunca o, al menos, no soy consciente de ello. Y como no lo había visto, me lo había inventado. ¿Cómo era? Pues como el Paul Benjamin de Smoke. Bueno, no, miento: era el Paul Benjamin de Smoke.

Cuando se me ocurrió escribir esto pensaba que podría utilizar la edad como excusa, pero luego me dio por mirar google -en lo que ha sido mi mayor esfuerzo documental para escribir algo que no fuera la tesis- y resulta que la película es de 1995. Así que no, porque con 16 años las hormonas serán muchas, pero las excusas pocas. En realidad es que mi cacao mental era mucho peor: estaba convencido de que la película era una adaptación de la Trilogía de Nueva York y, por lo tanto, la primera de una serie de tres. Y ni la “Trilogía…” son tres libros, ni la película adapta nada ni Auster se reservó el papelito. Pleno. Supongo que será todo culpa de una de esas bromas que nos juega la memoria, asociaciones de ideas mezcladas con cierta falta de atención al detalle y con una pizquita de tara mental como aderezo. Aunque bueno, en realidad al que íbamos a ver era a Harvey Keitel, todo hay que decirlo. En aquel momento Auster era para mí un desconocido.

Dos: La Decisión. Siempre hay que tomar una en los momentos trascendentales de la vida, los que marcan un antes y un después. Y este lo era. No como la revelación de que Chema, el panadero de Barrio Sésamo había cambiado “la harina por la cocaína”, o la de que Venice Beach estaba en California y Hulk Hogan no era veneciano. Y como aquellas veces, decidí no hundirme y seguir adelante, demostrar mi madurez. ¿Que cómo lo hice? Pues como se tiene que hacer, negándolo todo y seguir pensando que yo tenia razón. Eso sí, disimulando frente a los demás y haciendo como que reconociste el error. ¿La madurez no era eso?

No tengo miedo a las represalias. Sé que la palabra “tesis” hizo que el 98% de las personas dejaran de leer y, que Barrio Sésamo ahuyentó a los despistados que aún seguían en ello. Los que quedan son lo que, como yo, seguimos creyendo en la inocencia de Chema y en la nacionalidad italiana de Hulk Hogan. Somos el fallo del sistema. 

PROYECTO FRANGÉLICO

Sé que el título puede parecer pretencioso, que parece una de esas novelas de oscuras intrigas en conventos dominicos para recuperar un retablo perdido. Pero no. Aquí no hay atractivos profesores universitarios ni intrépidas estudiantes de Arte, no hay galeristas sin escrúpulos ni frailes fanáticos que te envenenan con tinta tóxica.

También habría quedado bonito para bautizar una expedición interestelar. Pero no, nada de eso. Se trata de algo mucho más vulgar: un episodio de alcoholismo temprano -y fugaz- en la España de los 90. Y no digo temprano porque el protagonista, o sea yo, tuviera 15 años; lo digo sobre todo porque la cosa sucedió a las 7 y pico de la mañana. ¿Alcohol y menores al amanecer? Vaya, parece que la cosa promete… pero tampoco, porque ahora viene cuando digo que fue involuntario o, para ser más exactos, que el alcohol era solo un medio para alcanzar un bien superior. Así que no, nada de vicio y depravación, sino un adolescente (casi) puro tratando de convertirse en una persona mejor.

¿Y por qué? ¿Acaso era un mal tipo? Creo que podría asegurar que no, aunque hubiera traicionado ya todos los mandamientos menos el quinto. Algunos más de una vez al día, es cierto, pero en general estaba contento conmigo mismo y con la conciencia tranquila. Hasta que encendí la tele aquella noche: 12 de septiembre de 1995, martes. En mala hora. ¿Qué era aquello? No podía quitar los ojos de la pantalla. Pasaron los minutos y cuando todo acabó lo vi claro. Comprendí lo engañado que estaba, lo miserable de mi existencia y lo mucho que tenía que mejorar. No quise precipitarme, así que repetí al experiencia durante varias semanas. No, no era un alocado impulso adolescente, era la pura verdad. Y tenía que tomar cartas en el asunto. Dediqué toda la noche a preparar cada detalle del plan que cambiaría mi vida. Todo proyecto necesita sus motivaciones y Médico de familia fue la mía. 

Sí, has leído bien. No es un fallo del teclado predictivo. Médico de familia. No vale la pena preguntar la razón, porque es un misterio también para mí. Hay gente que veía Supermán y la daba por intentar volar. Y eso que yo pensaba que era inmune al hechizo de la pantalla. Tenía pruebas: años viendo películas de terror y ahí seguía el quinto mandamiento; ni zombis, ni machetes ni sierras mecánicas me habían arrastrado al mal. Pero llega Emilio Aragón y lo vuela todo en pedazos. Aunque claro, es que veías aquella serie y te dabas cuenta de que las buenas personas se levantaban pronto para desayunar, sonreían… ¡hasta se hablaban! Y entonces lo comparabas contigo, con tus eternos cinco minutos más que al final te obligaban a ir corriendo al instituto, con tu vaso de Coca-Cola como único desayuno, con los gruñidos… Sobre todo eso, los gruñidos, que eran tu única forma de comunicación por lo menos hasta la hora del recreo. ¿Cómo no sentirse fatal? ¿Qué clase de persona había sido hasta ahora? Es que no merecía considerarme persona…

Pero claro, que el deseo de arrepentimiento fuera total tampoco me nubló el entendimiento del todo. Había importantes limitaciones prácticas. Mi familia, por ejemplo. Si le llego a plantear a mis padres lo de levantarnos juntos a desayunar antes de ir al instituto, las carcajadas habrían reventado los sismógrafos. Vamos, es que se oirían todavía hoy, como las psicofonías esas de cañonazos en Waterloo. Por otra parte, como jamás en la vida habíamos desayunado, no había nada de lo que se veía en aquella mesa “de bien”: ni mantequilla, ni mermelada, ni pan de molde, ni leche desnatada… En mi casa, la primera comida del día se hacía con el Telediario de fondo; hasta ese momento, bebidas con cafeína exclusivamente. Así que, a falta de desayuno y gente con quien compartirlo, decidí hacer mi propia versión, proyectada hacia fuera. Porque, ¿quiénes sufrían mi peor versión? Mis compañeros del instituto. Así que era allí donde tenía que llegar convertido en ese nuevo Enrique, sonriente, parlanchín, superpositivo. 

No fue fácil, pero al final encontré la solución. Y la encontré en el minibar, como buen español. Algún día habría que hablar de ese mueble tan maravilloso y que tantas alegrías dio a generaciones enteras de este país. Una pena que se haya perdido. Pero no quiero perder el hilo. El nuestro no estaba particularmente bien surtido, porque mi madre bebía solo cerveza y mi padre disfrutaba tanto con sus penas y angustias que nunca se planteó ahogarlas en nada. Así que había poco donde elegir: La botella de Bayleys quedaba descartada inmediatamente por su mortífera combinación con la Coca-Cola; la de licor de lagarto -recuérdese que en los chinos 1.0 no existía aún el licor de flores- por razones obvias y la de anís -de la que nunca vi beber a nadie, pero irremplazable como instrumento musical- porque estaba tratando de reproducir Médico de Familia, no convertirme en el Alfredo Landa de Lleno por favor. Pero quedaba una opción: Aquella oscura y extraña botella de licor de avellanas, con la forma de un monje, que había traído un día mi hermano. Frangelico, se llamaba. Recuerdo que fue después de una comida y que incluso a mí me apeteció probarla. No me gustaba el alcohol, pero aquello olía bien, y el sabor era rico. Así que con ese chupito como bagaje y sin ninguna otra consideración previa decidí que era la elección perfecta y a ella  le entregué mis esperanzas.

Me dormí con una sonrisa en los labios y al día siguiente, ilusionado, incluso me levanté un rato antes. La ocasión lo merecía. Me levanté y fui al baño a remojarme la cara: la sonrisa seguía allí. Joder, si es que parecía sacado de la canción de Tequila. Madrugador, sonriente… Estaba claro que mi plan funcionaba, pero además es que lo mejor estaba aún por llegar. Cuidadoso con todos los detalles, había colocado la ropa frente al pequeño radiador eléctrico, para que nada pudiera empañar el éxito, ni siquiera la fría brisa mañanera de Valladolid. ¡Qué sensación la de la ropa calentita! Vestido y con la mochila ya revisada, ya solo faltaba una cosa. Así que fui al minibar, lo abrí y, tratando de no hacer mucho ruido, saqué un vaso de chupito, la botella y lo llené hasta arriba. Ahí estaba: la pieza clave, la que me llevaría a la cumbre de las buenas personas, la que haría que Milikito estuviera orgulloso de mí. Quizás en este punto alguien pueda necesitar alguna aclaración de en qué consistía exactamente mi plan. Era muy sencillo: si el alcohol, en una cantidad pequeña, tenía un efecto inicial estimulante y yo lo que necesitaba era generar alegría vital de manera rápida, con tomarme un chupito ya lo tenía hecho. Simple y efectivo, un razonamiento impecable. Saldría por esa puerta renovado. 

El problema es que no llegué a salir por la puerta. No hasta mediodía, al menos. Porque el chupito tardó aproximadamente en salir la mitad del tiempo que había empleado en entrar y me dejó absolutamente fuera de combate. Físicamente, pero sobre todo moralmente. Ese día fui al instituto, sí, pero de peor humor y con más ojeras que nunca. ¿Qué había podido fallar? El caso nunca llegó a resolverse. Hay quién dice -todos llevamos un científico dentro, ya se sabe- que pudo influir la edad, que el licor tuviera 20º, que tuviera el estómago vacío… A mí me parecen factores muy secundarios, la verdad, pero tampoco me apetece discutir. El caso es que el Proyecto Frangelico se canceló en aquel mismo momento. Podría haber seguido experimentando, pero nunca me caractericé por ser muy constante. Si ni siquiera iba a mis entrenamientos de fútbol ni probaba juegos nuevos por no aprender a usarlos, no iba a hacer una excepción con esto. Así que decidí que, al fin y al cabo, tenía más que suficiente con ser buena persona a partir de mediodía. Que también es la hora a la dicen que se puede empezar a beber sin remordimiento. ¿Casualidad?  No lo creo, amigos.

CON UN PAN BAJO EL BRAZO


Muy oportuno, mi querido Alonso, muy oportuno. Has llegado, como hacen los magos, en el momento justo. Eso sí, espero que el pan sea grande o, mejor aún, que en vez de pan te hayas traído varios paquetes de harina, porque la cosa está complicada últimamente por aquí.

Te escribo porque alguien tendrá que ponerte un poco al día. ¿Que quién soy? Me presento: soy tu tío Iki, uno de los muchos encargados de malcriarte y desesperar a tus padres. Básicamente mi trabajo será enseñarte a dibujar búhos y pintar dálmatas; a beber té; a tener cuidado con el voleibol y los relojes de bolsillo; que conozcas a Van Damme y Chuck Norris. También tendremos que trabajar en el Señor de los Anillos, pero eso será un poco más adelante, cuando ya tengas edad para decidir si te gusta la pizza con piña y hagamos El Maratón. Ah, bueno, también estaré contigo cuando veas las películas de Chiquito y del Fary, pero de eso se va a encargar otro personaje. Ya lo conocerás. Se llama Óscar; o Luto. Te diga el nombre que te diga, cuidado con él. Sobre todo no le pidas una escultura pequeña. 

Afortunadamente, para jugar al fútbol tienes a tu padre, porque si no estarías condenado a arrastrarte debajo de los coches para coger balones o, en el mejor de los casos, a que te miraran raro por echar “partidazos” (concepto importante, grábatelo) en una plaza, con los bancos como porterías, una pelota blandita… y 20 años. Así que eso que tienes ganado. Polideportivos, con su suelo, su portería sin óxido, redes -no siempre- y un balón decente. De lo que no te vas a librar es de que contemos nuestras batallitas, que si el fútbol ya no es como antes, que si supieras lo que es jugar con un Mikasa no te quejarías tanto, blablabla. Paciencia, chico, que eso nos ha pasado a todos.

Y ahora ya vamos a ponernos serios. No todo va a ser pasarte libros de “Elige tu propia aventura”, así que hay una serie cosas que tienes que saber de tus padres, y es parte de mi tarea decírtelas.
La verdad, entre nosotros, es que has tenido mucha, mucha suerte con ellos. Para empezar, por los apellidos, que no es ninguna tontería. Bruno de la Fuente. ¿Tú sabes lo que es eso? Eso es tenerlo ya todo de tu parte. La selección de fútbol, el Nobel, un barco pirata… ¡puedes hacer lo que quieras con ese nombre! Fíjate que mi amigo el turco -que se apellidaba Bas- se moría de envidia con mi “Pérez Benito”, así que si oye lo de Alonso Bruno de la Fuente se queda en el sitio. 

De resto… ¿por dónde empiezo? Ah, bueno, una cosa antes de nada: Ten en cuenta que ellos lo van a negar casi todo, así que ni te molestes en comentarles esto que te voy a decir.

Veamos. Conozco a tu madre de siempre. Yo era el hijo de la señora de la capa, ella la niña de la carnicería. Y el mundo, la calle Príncipe: la panadería de Primi, que era como la abuelita de todos los cuentos; la droguería de Marga -con la enorme cabezota de Rocky asomando por los ventanucos de arriba-; el bar Sena en la otra esquina, con las risotadas de la dueña resonando por todas partes. Donuts, vasitos de agua -o mosto con gas cuando Amparo tenía el día- y botes de suavizante infinitos para patearlos y jugar al escondite. ¿Quién necesitaba más? Bueno, balones y garajes para las porterías, pero de eso había siempre de sobra. En fin, todo en común, pero no te voy a engañar: en aquella época apenas cruzamos palabra. Ayuda, supongo, que mi madre tampoco fuera mucho a comprar a su tienda, pero entiéndelo… justo enfrente de casa teníamos a Heraclio, el carnicero morenazo del hoyuelo en la barbilla. Vamos, nada personal… o todo lo contrario.

Y lo que no unió la calle lo unieron el Latín y el Griego. ¡Quién lo iba a decir! Los primeros días de clases fueron un poema. “Tener que aguantar aquí dos horas…”. “Por qué habrá tenido que decir mi madre nada…”. “A ver ahora de qué hablamos…”. “Cuánto falta para que se acabe…”. Creo que el resumen de nuestras cabezas debía ser más o menos ese. Y de alguna extraña manera, acabamos por darnos cuenta de que no éramos tan petardos ninguno de los dos… y así hasta hoy. ¿En medio? De todo. Tu madre aguantando que me metiera con los cantautores, madrugadas de espaguetis, un bolso de césped, tu madre aguantando nuestros intentos para que nos patrocinara el equipo de fútbol; Gila, noches de pelis y pizzas con cinco personas en un sofá de tres, tu madre aguantando mis desastres sentimentales; un monedero de césped; Faemino y Cansado, muchas horas de café y algunas  de 43 con vainilla, ponche-cola o vodka-lima, otro intento con el equipo de fútbol, un par de nocheviejas extrañas; más regalos de césped, una boda; personas que se quedaron por el camino, propios y ajenos; muchas risas, alguna que otra lágrima y humor negro, siempre humor negro. Mucho lirili y poco lerele. Una vida. Que ya empiezan a ser unos cuantos añitos, aunque todavía quede mucho que añadirle a esa lista. Y cosas que repetir. Y no sabes cómo me alegro de eso, porque yo también he tenido mucha suerte de tenerla cerca, como tú. Porque sin ella cuidaría mucho peor a la gente que quiero, y seguiría dando abrazos con palmaditas (ahora solo lo hago para fastidiarla, es muy divertido, ya lo verás). Porque sin ella sería mucho más desastre de lo que soy. Y mucho menos feliz.


Turno para tu padre, que aquí hay para todos. Te adelanto que a lo largo de los años te irás encontrando con todo tipo de gente. Alguna a la que le gusta destacar y ser el centro de atención. Otros presumirán de lo mucho que saben, de lo que han hecho o lo que han conseguido. Pero luego, por otro lado, hay personas que no necesitan hablar mucho o hacer grandes aspavientos para demostrar las cosas. Personas que no necesitan hacerse notar para que sepas que están ahí. Tu padre es de esos. Ni una palabra ni un gesto de más, ni de menos. Y siempre en el momento exacto, en el lugar preciso. Sé que no se lo he dicho, porque los tiarrones de los ochenta, cuando nos queremos, intercambiamos gruñidos y chocamos pecho con pecho, pero lo admiro muchísimo. Y lo quiero más todavía.
Claro, yo eso no lo sabía cuando lo conocí. Al principio, pensé que sería una más de las víctimas de esa máquina de devorar personas que era nuestro equipo de fútbol. Quemábamos gente a la velocidad de las calderas del Titanic. Todo ser humano con un número de piernas superior a uno nos valía. ¡Más madera! Así que claro, como venían, se iban. Tu padre no. Él llegó y corrió más que nadie, peleó más que nadie, estuvo a la altura como nadie. Porque antes te dije cosas que no hacía, pero sí hay algo que hace todo el tiempo. ¿Sabes cuál es? Hacerse querer y respetar. Hacerse imprescindible.
En pocas palabras. Yo no soy muy de saltar al vacío, ni de dejarme caer a ninguna parte, pero una cosa sí te puedo decir: si supiera que es él quien va a sujetarme, no lo dudaría.

En fin, mi querido Alonso, lo que te decía. Muy oportuno tú, dejando a tu padre sin Día del Padre, así nada más llegar. Te has puesto el listón muy alto, a ver cómo te las arreglas para superarlo. Espero que con esta parrafada tengas para entretenerte hasta que se acabe la cuarentena. Cuida mucho de esos dos. Ah, y disfruta de la soledad, que en breve nos vas a tener a todos por allí dándote la lata y pellizcándote los mofletes. Avisado quedas.

MULTIVERSOS (Y9)

Susan atraviesa el Canal una vez al año. Solo una y siempre el mismo fin de semana, a finales de septiembre, porque después París le resulta demasiado frío y, como dice ella, bastantes inviernos grises e inhóspitos ha tenido que pasar en Inglaterra. Ama su país, por supuesto que sí. ¿No pasaron casi toda su infancia de embajada en embajada siguiendo a su padre? Pero entre los sacrificios que estaría dispuesta a hacer por él ya no está el de pasar frío. Por eso en octubre se marcha a su casita en España y no regresa a Londres hasta que no se ha asegurado de que la primavera ha asomado su gran y verde narizota. 

Lo dice con estas mismas palabras y si alguien no me cree que le pregunte a Jean-Jacques. ¿Que quién es? Jean-Jacques es el camarero que le sirve las cenas en el hotel desde hace cinco años, aunque para él, claro, no es Susan sino la Sra. Russell, viuda del barón Cartwright -“aunque no te vayas a pensar que eso me ha hecho rica, Jean-Jacques, porque el barón se lo gastaba casi todo entre las cartas y el hipódromo. Menos mal que algo le podíamos ir escondiendo el administrador y yo. Buena gente ese Jonathan, muy discreto y servicial, mucho…”-. Cada año le cuenta la misma historia, palabra por palabra, pero a él no le importa. En realidad le tiene bastante aprecio porque es siempre amable y nunca tiene una mala palabra para nadie. Casi se podría decir que espera con ganas la llegada de ese penúltimo fin de semana de septiembre y, con él, de la simpática viuda y sus historias. Es hasta simpática para ser inglesa, le dice él a su mujer, también cada año, cuando desayuna con ella a la mañana siguiente de su llegada. Tiene alguna pequeña extravagancia, pero ¿quién no? Aunque la verdad es que nunca había conocido a nadie con tal obsesión por las conchas de mejillón. Durante los dos días que está, pide que le guarden todas las que se utilicen en la cocina. Y aunque no estemos en Bruselas, eso son muchas conchas. Así que él mismo se ocupa de recogerlas todas, darles un pequeño baño en agua hirviendo para limpiarlas del todo y guardarlas en un saco para que la viuda se las lleve. De hecho, como ya sabe de ese gusto tan particular suyo, se preocupa por ir recogiendo algunas los días anteriores a su estancia. Siempre le da buenas propinas, pero él no lo hace por eso. Hay algo que le hace sospechar que ella ha sufrido mucho en la vida y que, por alguna razón que se le escapa, esas conchas son muy importantes para ella. No hay más que ver la sonrisa que se dibuja en su cara y que, por un momento, esconde unas arrugas que ya nunca desaparecen.

Jean-Jacques no sabe lo acertado que está, ni lo distinta que es la verdad de cualquier cosa que le haya pasado por la cabeza. Pero claro, él nunca la vio fuera de su turno y nunca lo habría sospechado. Ni que no existe ningún barón Cartwright, al menos ninguno que se haya casado con ella para hacerla viuda después. Nunca se ha casado, de hecho, y ninguna de sus relaciones llegó más allá de unas pocas citas. Siempre se cruzaba él… Todas esas curiosas expresiones suyas, que parecen de otro siglo, las repite de sus lecturas de juventud, de todas aquellas novelas románticas o de aventuras que devoraba en cuanto podía. Tampoco es la nostalgia de los largos viajes de su infancia a orillas del Nilo o atravesando las montañas de Katmandú lo que la lleva a preferir el tren a la rapidez y comodidad del avión. Nunca ha salido de Inglaterra, más allá de estas escapadas, que le cuestan doce meses de turnos extra, comida a punto de caducar y ver las tiendas solo por fuera del escaparate. Todo se lo gasta él… aunque no precisamente en apuestas y timbas de poker.

Pero Jean-Jacques no llegará a saberlo porque para eso tendría que haber estado en este tren, verla como lo hago yo ahora, con esos vaqueros baratos, una camiseta de algodón vieja y dada de sí y las deportivas desgastadas. El vestido largo, “el de las cenas”, es en realidad el único decente que tiene y ahora va arrugado en la bolsa de deportes, en un sueño que durará 362 días, hasta el momento de plancharlo para volver a viajar. Más o menos lo mismo que las elegantes sandalias de pedrería. Lo único que queda de la amable viuda Cartwright en la mujer que se sienta frente a mí es el collar de perlas. Regalo, por cierto, de la verdadera Sra. Russell, la mujer para la que trabajó durante diez años. Se portó tan bien… incluso con él. Solo ella supo entenderla, entender la carga que llevaba encima. Por eso se ocupó de pagar los gastos de su internamiento y le ofreció a ella que viviera en el pequeño apartamentito que había acondicionado en el antiguo desván. Sin preguntas, sin mediar palabra del tema, simplemente lo hizo. Fue lo más parecido a una madre que tuvo y desde el principio no sintió aquello como un trabajo: cuidarla era lo natural, lo que cualquier hija haría por una madre, enferma y sola además como estaba. Y eso que la anciana muchas veces la animaba a que hiciera cosas, que no se olvidara de sí misma y saliera o viajara un poco, que el dinero no era problema. Pero casi más que eso, lo que le agradeció siempre fue que respetara su decisión de no hacerlo, sin cuestionarla. ¿Por qué nadie más supo verlo así? ¿Por qué ellos no lo veían?

Su muerte fue un golpe muy duro. Y más lo fue cuando sus hijos, que se habían desentendido de ella hace años, se presentaron para reclamar su parte de la herencia. No querían ni oír hablar de las últimas voluntades de la anciana, la acusaron de haberla manipulado para aprovecharse de ella y se las arreglaron para anularlas. Luego, la despidieron y la dejaron en la calle casi con lo puesto. Y a él, claro. No fue fácil apañárselas sola, pero después de muchas horas llamando de puerta en puerta y una pizca de suerte encontró un hospital en el que se ocuparan de él y los trabajos suficientes para costearlo. No le quedaba apenas un minuto libre al día y caía rendida en la cama, que no era más que un colchón en un cuarto que apenas valdría como armario de escobas. Pero no le importaba, porque se había marcado un objetivo. Fue un día cualquiera, no más duro ni ingrato que los demás, pero era el día que había tocado fondo. Y cuando las ideas más negras estaban a punto de ocuparle del todo la cabeza, se acordó de las palabras de la Sra. Russell. Tomó una decisión: trabajaría más, lo que hiciera falta, pero se regalaría un fin de semana al año, por todo lo alto, como una auténtica señora. En París.

Y por eso, por aquellas palabras que la sacaron del hoyo, escogió ese nombre para su pequeña aventura anual. El del barón, su supuesto marido, era un guiño a una de esas novelas de juventud, una tontería, pero este otro sí fue una elección importante. Era lo menos que podía hacer para honrar su memoria, honrarla como se merecía, no como habían hecho los egoístas de sus hijos.

Tuvo sus momentos de duda, eso sí. No era fácil desconectarse así de él, aunque solamente se tratara de un par de días. ¿Y si le pasaba algo? Pero también para esto encontró solución, aunque fuera por el más puro azar. Salvo por algunos accesos de terror nocturno, la locura de su hermano pasaba de forma tranquila. Siempre que ella llamara cuatro veces al día para hablar con él, claro. Su voz era mejor bálsamo que cualquier medicina y eso a ella la hacía muy feliz, aunque le hacía imposible llevar una vida normal. A duras penas lo encajaba con sus turnos de trabajo, pero era absolutamente incompatible con casi cualquier forma de ocio y no digamos con una cita o algo por el estilo. Eso ya no la hacía tan feliz, porque además, por alguno de esos extraños vericuetos de la mente humana, su hermano jamás le dirigía la palabra cuando iba a visitarlo.  Por teléfono era extremadamente cariñoso y cada vez le pedía que por favor fuera a verlo, pero cuando llegaba allí era como si no la conociera, como si solo pudiera reconocerla cuando su voz le llegaba a través de las ondas.
Un día, sin embargo, la cosa cambió y nada más verla echó a correr hacia ella y se fundieron en un intenso abrazo. Hablaron, recordaron cosas, se rieron. Ella se debió pasar llorando de felicidad toda la visita. Él le enseñó la nueva manualidad que estaba haciendo. Al acabar el tiempo, quiso preguntarle a los enfermeros, averiguar qué había pasado. Ellos le contaron que, como su hermano era inofensivo, lo dejaban ir y venir casi por cualquier parte; muchos días los pasaba sentado sin moverse, pero cuando no, le encantaba echar una mano acarreando sillas, llevando vasos y bandejas de comida, lo que fuera. Hoy se lo habían encontrado en la cocina, rebuscando en la basura y metiendo algo en una bolsa. Cuando miraron, él les dijo que por favor se lo dejaran, que quería fabricar cosas con ellas, que eran las favoritas de su hermana. Eran conchas de mejillón.


Desde luego no me gustaría ser Susan, porque hay que tener mucho valor para hacer lo que ella hace, más del que yo tengo. Creo que, como mucho, podría aspirar a ser Jean-Jacques.

MARÍA

“Y aquí, como una piedra que llevo conmigo a todas partes, 
tengo un pedazo del corazón de otra persona que guardé de un viaje que hice una vez”.
El fin de semana, Peter Cameron.

Cuentan de un país tan frío que en invierno las palabras se congelaban y solo se podían escuchar en verano, cuando las temperaturas podían deshacer el hielo. Pero han pasado ya dos agostos y sigo siendo incapaz de hablar. Y eso que vivo en Canarias. Raro, ¿verdad? Porque tú tampoco me creíste nunca cuando te decía que en La Laguna veía menos el sol que allí. “Que a mí no me la das, mu-ya-yo”, me decías, con ese acento imposible que ponemos los de Valladolid cuando imitamos cualquier cosa. Aunque el tuyo sí que era divertido. Pues que sepas que tengo razón. Ni sol ni arena. Y te voy a decir algo más: hay una conspiración para poner las terrazas estratégicamente confinadas a una sombra eterna. La del Teide. Una idea tan brillante como poner un aeropuerto en un lugar llamado Villanubla. Tranquila, aquí la gente se ríe de mí cuando lo digo, pero no me importa. Te lo quería contar.
Pero a lo que iba, que me despisto. Que ni viviendo en el Trópico lo consigo. No consigo escribir, escribirte, nada. ¿Sabes qué pasa? Que creo que no tiene que ver con las estaciones, que el tiempo que necesito es del otro. Del que se escribe con mayúscula, del que corre o se para siempre al contrario de lo que te hace falta. Porque de eso va todo esto, no de termómetros. El hielo se me ha hecho dentro, y ni la temperatura de Planck derretiría eso.
También ayuda que te imagino echándome la bronca si leyeras esto. Porque llamar la atención te gustaba más bien poco. Y mira que yo siempre he sido de escabullirme, pero es que tú me ganabas. Porque una cosa es pasar desapercibido y otra muy diferente pensar que ése es el lugar que te corresponde. No sabes lo mucho que he rabiado con eso. A ti te gustaban los clásicos como a mí el fútbol, de una manera que es muy difícil de explicar, que casi nadie podría entender: pura ilusión, puro sentimiento. Y sí, hay gente que sabe más o que se le da mejor, otros encima saben lucirlo, pero nunca será lo mismo. Tengo un alumno este año que me recuerda mucho a ti. Aunque él tiene pinta de aplicado joven estudiante de un college. Y tú no, tú tenías-pinta-de-tía-chunga-y-dabas-miedo. Así, todo junto. Asúmelo. Ah, ¿y sabes qué? Que es mi favorito, como tú, que lo fuiste siempre. 
Claro que esa es otra de las cosas que no te creíste nunca, supongo que por esa habilidad mía para decir las cosas más importantes sin que lo parezcan. Aunque un pasillo de hotel en Atenas nunca fue el lugar más apropiado para una revelación de ese calibre, lo reconozco. Pero siempre piensas que habrá más ocasiones, igual que para ver la Acrópolis. Qué carita se le quedó a todo el mundo aquel día, por cierto. Tristeza, rabia, pena, decepción… pero solo una que lo reunía todo. La cara de la desilusión absoluta, primigenia, la del niño que no entiende que “verano” no es un lugar, que no puedes volver a él siempre que quieras.
Al menos sí llegamos a Delfos. Y acabamos más beocios que espartanos, sin saber que a los dos la vida nos iba a repartir cartas nuevas. Pero claro, a los oráculos no hay quién los entienda y yo, de cartas, sé lo justo. Así nos fue. Bueno, a ver, a mí mejor que al menos te puedo escribir esto. Y pensar en volver a la Acrópolis. Feo estaría quejarse, aunque ya no pueda tratar de convencerte de que pruebes la comida china.
Vaya, parece que al final sí conseguí escribir algo. Ha sido como con esas latas que se te olvidan en el congelador y te las vas bebiendo a sorbitos, según se van deshaciendo. A mucha gente le parece una estupidez o, directamente, una guarrada. “Para eso, coges una nueva”. Pues no, para mí la gracia está justo ahí, como en imaginar frases geniales para hacer camisetas y ser incapaz de recordarlas después. ¿Te acuerdas? Mira que nos pasamos litros de cerveza jugando a aquello. 

En realidad es mentira, sí las recuerdo. Una, al menos: “Siempre nos quedará Paris”. El héroe, no la ciudad. Y a ella intento agarrarme cuando vuelven el frío y el hielo. Porque a veces me olvido de todo esto. A veces todavía estás. Y cuando me doy cuenta de que ya no, el suelo se resquebraja. Y todos sabemos lo que pasa con las grietas, y lo mal que mezclan con el agua y el hielo. No hace falta haber estado en Venecia. Ni haber visto el Partenón.