“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?

9 DE CADA 10

Cuando alguien lea esto, probablemente estaré muerto. Siempre me reía cuando los demás me decían que con esa gente no se jugaba...“¿qué pueden hacer, matarme?”, bromeaba. Ahora estoy escribiendo esto escondido bajo la mesa de mi despacho, asustado y sudoroso, protegido por una barricada que sé que será inútil cuando lleguen. Ahora, sí, comprendo lo equivocado que estaba, aunque ya es tarde...Vaya, por fin están aquí. Han llegado antes de lo que pensaba. Son rápidos. Espero que también lo sean haciendo su trabajo.
Quizás debí hacerles caso. Ellos nueve vivirán, yo...no.

Fdo.: El décimo dentista


1 de cada 10 dentistas es ejecutado por un asesino a sueldo y sin escrúpulos pero, eso sí, con un agradable aliento mentolado.

CARTAS

Se levantó de la mesa enfadadísimo y se marchó de la habitación, gritando que así era imposible trabajar.

Nadie consiguió hacerle entender que aquello era una timba de poker y que el juego, precisamente, consistía en no enseñar tus cartas.

Pobre Gaspar…

PASAPALABRA

- “Por la H, especialista en la lengua y la cultura griegas”.

Las luces del plató han bajado y el único foco me apunta a mí. El silencio absoluto se rompe en varios suspiros de alivio. Mis compañeros de equipo, un one-hit-wonder latino de finales de los 90 un tanto decrépito y la presentadora del programa de cotilleos de moda -en un estado de conservación inclasificable debajo de varios estratos de maquillaje- se dan un codazo cómplice y sonríen. El presentador contiene el aliento preparando mentalmente las felicitaciones y los abrazos. Y es que no es para menos. 500.000€. El premio más alto en las 14 temporadas del programa. Y el concursante es, ni más ni menos, que profesor de Griego en un instituto. De eso que si te lo cuentan no te lo crees.

Los segundos pasan. Despacio. Millones de cabezas que se preguntan a la vez: “¿Por qué coño/carajo/demonios/diantres no responde?” Pupilas que se dilatan, manos que se crispan, impaciencia, tensión. “¡Res! ¡Pon! ¡De! ¡¡¡Ya!!!”

Cuando por fin abro la boca es como si hubieran colocado el Grito de Munch en medio de un salón de espejos en Versalles: caras desencajadas por todas partes. Y prometo que solo he pronunciado una palabra. Y no, no era el verdadero nombre de Dios. “Hilipollas”. Eso es lo que dije.

Risa de hiena del presentador. “Bueno…esto…jejejej… estamos todos un poco nerviosos, claro. Porque son… 500.000€ lo que está en juego. ¡Sí, señores!” -aplauso atronador que apaga el ruido de las gotas de sudor cayendo al suelo encerado-. “Enrique, veo que no pierdes el sentido del humor ni en mitad de un bombardeo… Pero bueno, el público está deseando escucharte decir la respuesta correcta, y es…”

“Hilipollas” -interrumpo. “Especialista en la lengua y la cultura griegas: Hilipollas”. El hombre no da crédito, está noqueado, y solo acierta a balbucear: “Pero… si es por H, la H…”.

“Ahh, eso” -digo con mi mejor sonrisa-, “coño Cristian, claro… es que es una H aspirada, como la del inglés se pronuncia así como un G suavita”. Y pensé que ya estaba todo aclarado, por eso no entendí por qué el tipo se llevó el dedo índice al cuello y lo movió de un lado a otro. “Corten”, se oyó, y la gente empezó a levantarse mientras sonaba de fondo la sintonía del programa.
Me acerqué por detrás y le toqué en el hombro. “Esto… Cristian… ¿y el cheque? ¿Por qué no me lo han dado? Hay un programa especial para la entrega o algo…”. Me miró con la misma extrañeza que si su corbata se hubiera lanzado a hablar. Luego me mandó a la mierda y se fue haciendo aspavientos. De nada sirvió que le explicara otra vez la pronunciación de la H, o que todas esas preguntas que te hacen -¿Y eso qué es? ¿Ah, pero todavía se estudia? ¿Y eso para qué sirve? ¿Los griegos eran esos que se estaban dando todo el día por el culo?- en realidad se podrían resumir en una sola palabra y no es helenista, precisamente. Cuando las hacen, cuando te miran esperando la respuesta, lo que piensan es que eres hilipollas


En fin. Ya ni siquiera me cogen el teléfono cuando llamo para preguntar qué hay de lo mío. Pero seguiré peleando, vaya que sí.

HÉROES DE LA INFANCIA I: MIGUEL DE LA QUADRA SALCEDO

Hoy iba de camino al instituto y me eché a llorar. Pero no en plan profesor desquiciado y tal, aunque todo se andará. Me eché a llorar porque se había muerto Miguel de la Quadra. Y lo hice con esa misma pena infinita, inconsolable, que sientes de niño cuando tu tío se olvida de que prometió llevarte a comer hamburguesas o a los 10 años te quedas sin ver jugar a España en el estadio porque nadie pensó que fuera tan importante para ti. 

Y es que me tenía absolutamente encandilado. Supongo que a muchos chavales de los 80 nos pasó lo mismo. Pensaba lo alucinante que sería que fuera tu padre. Te imaginabas viajando por todo el mundo, de la mano de aquel hombretón de pelo largo, bigote imposible y ropa de explorador. Juro que yo me veía capaz. Luego tenía que cruzar el puente de un río que te llegaba a la altura del tobillo y llegaba al otro lado con un mechón blanco en el pelo. La realidad siempre te pone en tu sitio, amigo Sagitario.

Creo que a mi madre le pasaba lo mismo. Con Miguel de la Quadra, digo, no con los puentes, aunque me parece que nuestra atracción tenía motivos bastante diferentes. Bueno, y con la realidad, porque mi padre, en cambio, no era nada intrépido: lo más selvático que tenía era la gorra de camuflaje con la que sustituía al sombrero en casa. Aunque realmente tampoco le hizo falta pasar por el Amazonas para pasar todas las enfermedades imaginables. Mi padre era como Lobezno pero al revés. Uñas de los pies aparte. Lo cogía todo: escarlatina, mal de San Vito, gonorrea - sí, he dicho gonorrea. Y lo que no cogía se lo inventaba, porque haber estudiado Anatomía le sirvió, aparte de para pintar de puta madre, para ser perfectamente consciente de los infinitos peligros que nos acechaban a la vuelta de cada esquina. Vivir con él era como estar viendo 24 horas al día “Mil maneras de morir”: la misma sensación de milagro, pero con nombres técnicos.

La verdad es que era un superviviente, mi padre. Visto así, no eran tan distintos. A lo mejor por eso deslumbro a mi madre. A lo mejor por eso los dos me dejaron uno de esos huecos que nunca acaban de llenarse del todo.

Supongo que por eso lloré esta mañana. Aunque en el fondo creo que lloraba por mí. En realidad, creo que casi siempre que lo hacemos es por nosotros mismos. Por lo que perdemos, por lo que ya no podremos hacer con ciertas personas - o por ellas -, porque otro pedacito de infancia se evapora y nos hace sentir el paso - y el peso - del tiempo y las vidas no vividas. Somos así de egoístas. Pero estamos vivos, aunque el óxido, las esquirlas de porcelana y las palomas nos lo pongan difícil.

MULTIVERSO (y6)

-Buenos días, señores y señoras pasajeros, les habla el jefe de cabina. Mi nombre es Angelo. El comandante y toda la tripulación queremos darles la bienvenida a este vuelo… 
Apenas presta atención a lo que dice. Después de haberlo repetido cientos de veces es imposible no sabérselo de memoria. Pero sonríe, siempre sonríe. A los pasajeros, desde que entran en el avión, pero especialmente ahora, mientras atienden de manera casi supersticiosa a las instrucciones de seguridad, como si fueran un mantra protector. A los pilotos, casi todos viejos amigos ya. A sus compañeras, siempre agradables, guapas y jóvenes, pero con las que cada vez tiene menos que ver.
Pronto empezará el servicio de bar y podrá aislarse un poco, que para algo están los galones. Sentarse y mirar por la ventanilla, dejar la mente en blanco.  O intentarlo, porque en realidad casi nunca lo consigue. Un pasajero que pregunta por una conexión, o por cuánto dura el vuelo, aunque acabe de decirlo en tres idiomas. Una compañera, Giorgia, Alessia, Elena…, a veces solo por una cuestión práctica -por algo llevas los galones-, a veces por puro coqueteo. En algún momento llegó a resultarle divertido ese tipo de juegos. Daba el tipo para el papel, claro: italiano, maduro, hoyuelo en la barbilla, mandíbula cuadrada, músculos bien definidos bajo el uniforme, sonrisa y peinado perfectos… Y supo interpretarlo, con éxito además. Nadie adivinó nunca lo ajeno que le resulta todo aquello. Lo lejos que está de ese prototipo que parece encarnar y las posibilidades que le brinda.
-Por supuesto, señora, cuando vayamos a aterrizar les comunicaremos la puerta de todas las conexiones (…) No, no, se puede despreocupar por el equipaje. Lo trasladan de un aparato a otro y usted lo recoge en destino (…) No hay de qué, señora.
Juega con la pulsera, le da vueltas alrededor de la muñeca. Está casi borrada, pero da igual. Fuerteventura. 1998. Kitesurf Challenge. Lo recuerda como si hubiera sido ayer. Como algo único, se dice, y se sonríe, porque realmente lo fue. No hubo más. Allí empezó y terminó todo, al menos para él. Para Luca fue justo lo contrario, y eso que fue de paquete, que se dice. La condición de sus padres para dejarle hacer ese viaje, la forma de asegurarse -como si hiciera falta- de que no hacía ninguna locura, porque sabían que su hermano pequeño era lo que más quería en el mundo. Fue increíble, para los dos, porque al final Luca lo convenció para que le dejara probar. 
(-No me va a pasar nada… ¿tú lo haces, no? Además, estoy con mi hermanito, mi Angelo de la guardia…-) 
Lo dijo con aquella sonrisa que lo desarmaba, así que se salió con la suya. Nunca había sabido negarle nada. Y volvieron entusiasmados, contándole a todo el mundo sus planes: habían encontrado la razón de sus vidas. Pero en casa, lo que eran sonrisas y ánimos para Luca, cambiaban en gestos serios y negaciones de cabeza cuando se trataba de él. Era el mayor, tenía que ganarse la vida… en algo serio, se entiende. Alguien tenía que hacerse cargo del negocio familiar. Pero Luca no, claro, él no valía para estar quieto en una oficina, ni para negociar con proveedores en largas comidas y sobremesas. Luca tenía otro talento, más artístico, más… no sé, inquieto. Escuchó aquello una y otra vez y peleó, pero sus quejas sirvieron de tanto como la advertencia de mantenerse sentado hasta que las señales luminosas se apaguen. Su hermano había intentado ayudar, interceder, pero para bien y para mal nadie lo tomaba demasiado en serio. Además era demasiado inconstante y bullicioso como para plantearse un largo asedio. 
Así que no cambió nada y al final Angelo se hartó. Pero no llegó a ceder del todo y se reservó una pequeña rebeldía. Estudió idiomas, como querían sus padres, administración de empresas… pero por su cuenta se matriculó en una escuela de turismo. Trabajaría, sí, pero no se quedaría anclado allí, como hicieron ellos. No iba a pasar toda su vida en aquellos pocos kilómetros cuadrados, siempre los mismos, sin inquietud alguna por conocer el mundo. Y cuando los reunió alrededor de la mesa, en el comedor familiar -Luca también estaba allí- para hablarles de su primer empleo, disfrutó del cambio radical en la expresión de sus caras cuando en vez de un puesto de contable, administrador o algo similar, las palabras que salieron de su boca fueron “auxiliar de vuelo”. La de Luca no, claro… él se levantó, gritando y aplaudiendo de alegría y se fue directo a abrazarlo. Se fueron a celebrarlo y no se volvió a hablar del tema.
Eso le ayudó a conformarse con las fotos que le mandaba Luca desde todas partes del mundo, con las largas llamadas, con las veces - pocas, cada vez menos - en que el héroe volvía a casa. Al menos durante un tiempo. Solo a veces, durante las largas esperas en el aeropuertos o las noches en hoteles de ciudades que apenas llegaba a conocer, sobre todo, notaba que la pulsera le quemaba en la muñeca, como para recordarle cada una de sus renuncias. Fuerteventura. 1998. Kitesurf Challenge. Pero todo aquel tedio, la amargura, las discusiones con su padre -que nunca llegó a asumir su decisión-, la insistencia de su madre en seguir organizando su vida, todo desaparecía cuando lo veía aparecer por la puerta, riendo, gritando, tirando la mochila de cualquier manera y corriendo a colgársele del cuello, como si aún tuviera 5 años. Y no estaba del todo equivocado. Luca lo seguía mirando como entonces, como a un ídolo, y cuando le hablaban de sus trofeos, de la publicidad para marcas deportivas se echaba a reír y lo señalaba a él diciendo que no tenían ni idea, que Angelo era de verdad el mejor, que él en comparación era un aficionado. Y le echaba cariñosamente la bronca a sus padres por haber evitado que Italia tuviera dos estrellas mundiales del kitesurf. Cualquier otro habría provocado una situación incómoda, pero los padres se encogían de hombros y reían de buena gana. Luca tenía ese don: dijera lo que dijera, nadie podía tomárselo a mal.
Mientras él estaba por allí todo iba bien. Incluso la pulsera, que se le pegaba cada vez más a la piel como plástico derretido, parecía quemar menos.
¿Bolonia? Es preciosa, sí -era su compañera Elena la que preguntaba-, pero para el día y medio que tenemos, yo te recomendaría Verona. Sobre todo -inconscientemente había activado su papel de seductor y la mejor de sus sonrisas- si vas con alguien que la conozca bien. Y bueno -la mirada expectante de ella le hizo continuar- yo me crié allí, si te puede servir de algo…
Solo cuando ella bajó los ojos y después de musitar un “claro…¿nos vemos después en la terminal?” se dio cuenta de lo que había pasado. Apretó los párpados y suspiró. Nada cambia, se dijo, nada.…

-Señores y señoras pasajeros, iniciamos el descenso sobre el aeropuerto de Bergamo. El comandante ha encendido las señales luminosas…-