“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?

CON UN PAN BAJO EL BRAZO


Muy oportuno, mi querido Alonso, muy oportuno. Has llegado, como hacen los magos, en el momento justo. Eso sí, espero que el pan sea grande o, mejor aún, que en vez de pan te hayas traído varios paquetes de harina, porque la cosa está complicada últimamente por aquí.

Te escribo porque alguien tendrá que ponerte un poco al día. ¿Que quién soy? Me presento: soy tu tío Iki, uno de los muchos encargados de malcriarte y desesperar a tus padres. Básicamente mi trabajo será enseñarte a dibujar búhos y pintar dálmatas; a beber té; a tener cuidado con el voleibol y los relojes de bolsillo; que conozcas a Van Damme y Chuck Norris. También tendremos que trabajar en el Señor de los Anillos, pero eso será un poco más adelante, cuando ya tengas edad para decidir si te gusta la pizza con piña y hagamos El Maratón. Ah, bueno, también estaré contigo cuando veas las películas de Chiquito y del Fary, pero de eso se va a encargar otro personaje. Ya lo conocerás. Se llama Óscar; o Luto. Te diga el nombre que te diga, cuidado con él. Sobre todo no le pidas una escultura pequeña. 

Afortunadamente, para jugar al fútbol tienes a tu padre, porque si no estarías condenado a arrastrarte debajo de los coches para coger balones o, en el mejor de los casos, a que te miraran raro por echar “partidazos” (concepto importante, grábatelo) en una plaza, con los bancos como porterías, una pelota blandita… y 20 años. Así que eso que tienes ganado. Polideportivos, con su suelo, su portería sin óxido, redes -no siempre- y un balón decente. De lo que no te vas a librar es de que contemos nuestras batallitas, que si el fútbol ya no es como antes, que si supieras lo que es jugar con un Mikasa no te quejarías tanto, blablabla. Paciencia, chico, que eso nos ha pasado a todos.

Y ahora ya vamos a ponernos serios. No todo va a ser pasarte libros de “Elige tu propia aventura”, así que hay una serie cosas que tienes que saber de tus padres, y es parte de mi tarea decírtelas.
La verdad, entre nosotros, es que has tenido mucha, mucha suerte con ellos. Para empezar, por los apellidos, que no es ninguna tontería. Bruno de la Fuente. ¿Tú sabes lo que es eso? Eso es tenerlo ya todo de tu parte. La selección de fútbol, el Nobel, un barco pirata… ¡puedes hacer lo que quieras con ese nombre! Fíjate que mi amigo el turco -que se apellidaba Bas- se moría de envidia con mi “Pérez Benito”, así que si oye lo de Alonso Bruno de la Fuente se queda en el sitio. 

De resto… ¿por dónde empiezo? Ah, bueno, una cosa antes de nada: Ten en cuenta que ellos lo van a negar casi todo, así que ni te molestes en comentarles esto que te voy a decir.

Veamos. Conozco a tu madre de siempre. Yo era el hijo de la señora de la capa, ella la niña de la carnicería. Y el mundo, la calle Príncipe: la panadería de Primi, que era como la abuelita de todos los cuentos; la droguería de Marga -con la enorme cabezota de Rocky asomando por los ventanucos de arriba-; el bar Sena en la otra esquina, con las risotadas de la dueña resonando por todas partes. Donuts, vasitos de agua -o mosto con gas cuando Amparo tenía el día- y botes de suavizante infinitos para patearlos y jugar al escondite. ¿Quién necesitaba más? Bueno, balones y garajes para las porterías, pero de eso había siempre de sobra. En fin, todo en común, pero no te voy a engañar: en aquella época apenas cruzamos palabra. Ayuda, supongo, que mi madre tampoco fuera mucho a comprar a su tienda, pero entiéndelo… justo enfrente de casa teníamos a Heraclio, el carnicero morenazo del hoyuelo en la barbilla. Vamos, nada personal… o todo lo contrario.

Y lo que no unió la calle lo unieron el Latín y el Griego. ¡Quién lo iba a decir! Los primeros días de clases fueron un poema. “Tener que aguantar aquí dos horas…”. “Por qué habrá tenido que decir mi madre nada…”. “A ver ahora de qué hablamos…”. “Cuánto falta para que se acabe…”. Creo que el resumen de nuestras cabezas debía ser más o menos ese. Y de alguna extraña manera, acabamos por darnos cuenta de que no éramos tan petardos ninguno de los dos… y así hasta hoy. ¿En medio? De todo. Tu madre aguantando que me metiera con los cantautores, madrugadas de espaguetis, un bolso de césped, tu madre aguantando nuestros intentos para que nos patrocinara el equipo de fútbol; Gila, noches de pelis y pizzas con cinco personas en un sofá de tres, tu madre aguantando mis desastres sentimentales; un monedero de césped; Faemino y Cansado, muchas horas de café y algunas  de 43 con vainilla, ponche-cola o vodka-lima, otro intento con el equipo de fútbol, un par de nocheviejas extrañas; más regalos de césped, una boda; personas que se quedaron por el camino, propios y ajenos; muchas risas, alguna que otra lágrima y humor negro, siempre humor negro. Mucho lirili y poco lerele. Una vida. Que ya empiezan a ser unos cuantos añitos, aunque todavía quede mucho que añadirle a esa lista. Y cosas que repetir. Y no sabes cómo me alegro de eso, porque yo también he tenido mucha suerte de tenerla cerca, como tú. Porque sin ella cuidaría mucho peor a la gente que quiero, y seguiría dando abrazos con palmaditas (ahora solo lo hago para fastidiarla, es muy divertido, ya lo verás). Porque sin ella sería mucho más desastre de lo que soy. Y mucho menos feliz.


Turno para tu padre, que aquí hay para todos. Te adelanto que a lo largo de los años te irás encontrando con todo tipo de gente. Alguna a la que le gusta destacar y ser el centro de atención. Otros presumirán de lo mucho que saben, de lo que han hecho o lo que han conseguido. Pero luego, por otro lado, hay personas que no necesitan hablar mucho o hacer grandes aspavientos para demostrar las cosas. Personas que no necesitan hacerse notar para que sepas que están ahí. Tu padre es de esos. Ni una palabra ni un gesto de más, ni de menos. Y siempre en el momento exacto, en el lugar preciso. Sé que no se lo he dicho, porque los tiarrones de los ochenta, cuando nos queremos, intercambiamos gruñidos y chocamos pecho con pecho, pero lo admiro muchísimo. Y lo quiero más todavía.
Claro, yo eso no lo sabía cuando lo conocí. Al principio, pensé que sería una más de las víctimas de esa máquina de devorar personas que era nuestro equipo de fútbol. Quemábamos gente a la velocidad de las calderas del Titanic. Todo ser humano con un número de piernas superior a uno nos valía. ¡Más madera! Así que claro, como venían, se iban. Tu padre no. Él llegó y corrió más que nadie, peleó más que nadie, estuvo a la altura como nadie. Porque antes te dije cosas que no hacía, pero sí hay algo que hace todo el tiempo. ¿Sabes cuál es? Hacerse querer y respetar. Hacerse imprescindible.
En pocas palabras. Yo no soy muy de saltar al vacío, ni de dejarme caer a ninguna parte, pero una cosa sí te puedo decir: si supiera que es él quien va a sujetarme, no lo dudaría.

En fin, mi querido Alonso, lo que te decía. Muy oportuno tú, dejando a tu padre sin Día del Padre, así nada más llegar. Te has puesto el listón muy alto, a ver cómo te las arreglas para superarlo. Espero que con esta parrafada tengas para entretenerte hasta que se acabe la cuarentena. Cuida mucho de esos dos. Ah, y disfruta de la soledad, que en breve nos vas a tener a todos por allí dándote la lata y pellizcándote los mofletes. Avisado quedas.

MULTIVERSOS (Y9)

Susan atraviesa el Canal una vez al año. Solo una y siempre el mismo fin de semana, a finales de septiembre, porque después París le resulta demasiado frío y, como dice ella, bastantes inviernos grises e inhóspitos ha tenido que pasar en Inglaterra. Ama su país, por supuesto que sí. ¿No pasaron casi toda su infancia de embajada en embajada siguiendo a su padre? Pero entre los sacrificios que estaría dispuesta a hacer por él ya no está el de pasar frío. Por eso en octubre se marcha a su casita en España y no regresa a Londres hasta que no se ha asegurado de que la primavera ha asomado su gran y verde narizota. 

Lo dice con estas mismas palabras y si alguien no me cree que le pregunte a Jean-Jacques. ¿Que quién es? Jean-Jacques es el camarero que le sirve las cenas en el hotel desde hace cinco años, aunque para él, claro, no es Susan sino la Sra. Russell, viuda del barón Cartwright -“aunque no te vayas a pensar que eso me ha hecho rica, Jean-Jacques, porque el barón se lo gastaba casi todo entre las cartas y el hipódromo. Menos mal que algo le podíamos ir escondiendo el administrador y yo. Buena gente ese Jonathan, muy discreto y servicial, mucho…”-. Cada año le cuenta la misma historia, palabra por palabra, pero a él no le importa. En realidad le tiene bastante aprecio porque es siempre amable y nunca tiene una mala palabra para nadie. Casi se podría decir que espera con ganas la llegada de ese penúltimo fin de semana de septiembre y, con él, de la simpática viuda y sus historias. Es hasta simpática para ser inglesa, le dice él a su mujer, también cada año, cuando desayuna con ella a la mañana siguiente de su llegada. Tiene alguna pequeña extravagancia, pero ¿quién no? Aunque la verdad es que nunca había conocido a nadie con tal obsesión por las conchas de mejillón. Durante los dos días que está, pide que le guarden todas las que se utilicen en la cocina. Y aunque no estemos en Bruselas, eso son muchas conchas. Así que él mismo se ocupa de recogerlas todas, darles un pequeño baño en agua hirviendo para limpiarlas del todo y guardarlas en un saco para que la viuda se las lleve. De hecho, como ya sabe de ese gusto tan particular suyo, se preocupa por ir recogiendo algunas los días anteriores a su estancia. Siempre le da buenas propinas, pero él no lo hace por eso. Hay algo que le hace sospechar que ella ha sufrido mucho en la vida y que, por alguna razón que se le escapa, esas conchas son muy importantes para ella. No hay más que ver la sonrisa que se dibuja en su cara y que, por un momento, esconde unas arrugas que ya nunca desaparecen.

Jean-Jacques no sabe lo acertado que está, ni lo distinta que es la verdad de cualquier cosa que le haya pasado por la cabeza. Pero claro, él nunca la vio fuera de su turno y nunca lo habría sospechado. Ni que no existe ningún barón Cartwright, al menos ninguno que se haya casado con ella para hacerla viuda después. Nunca se ha casado, de hecho, y ninguna de sus relaciones llegó más allá de unas pocas citas. Siempre se cruzaba él… Todas esas curiosas expresiones suyas, que parecen de otro siglo, las repite de sus lecturas de juventud, de todas aquellas novelas románticas o de aventuras que devoraba en cuanto podía. Tampoco es la nostalgia de los largos viajes de su infancia a orillas del Nilo o atravesando las montañas de Katmandú lo que la lleva a preferir el tren a la rapidez y comodidad del avión. Nunca ha salido de Inglaterra, más allá de estas escapadas, que le cuestan doce meses de turnos extra, comida a punto de caducar y ver las tiendas solo por fuera del escaparate. Todo se lo gasta él… aunque no precisamente en apuestas y timbas de poker.

Pero Jean-Jacques no llegará a saberlo porque para eso tendría que haber estado en este tren, verla como lo hago yo ahora, con esos vaqueros baratos, una camiseta de algodón vieja y dada de sí y las deportivas desgastadas. El vestido largo, “el de las cenas”, es en realidad el único decente que tiene y ahora va arrugado en la bolsa de deportes, en un sueño que durará 362 días, hasta el momento de plancharlo para volver a viajar. Más o menos lo mismo que las elegantes sandalias de pedrería. Lo único que queda de la amable viuda Cartwright en la mujer que se sienta frente a mí es el collar de perlas. Regalo, por cierto, de la verdadera Sra. Russell, la mujer para la que trabajó durante diez años. Se portó tan bien… incluso con él. Solo ella supo entenderla, entender la carga que llevaba encima. Por eso se ocupó de pagar los gastos de su internamiento y le ofreció a ella que viviera en el pequeño apartamentito que había acondicionado en el antiguo desván. Sin preguntas, sin mediar palabra del tema, simplemente lo hizo. Fue lo más parecido a una madre que tuvo y desde el principio no sintió aquello como un trabajo: cuidarla era lo natural, lo que cualquier hija haría por una madre, enferma y sola además como estaba. Y eso que la anciana muchas veces la animaba a que hiciera cosas, que no se olvidara de sí misma y saliera o viajara un poco, que el dinero no era problema. Pero casi más que eso, lo que le agradeció siempre fue que respetara su decisión de no hacerlo, sin cuestionarla. ¿Por qué nadie más supo verlo así? ¿Por qué ellos no lo veían?

Su muerte fue un golpe muy duro. Y más lo fue cuando sus hijos, que se habían desentendido de ella hace años, se presentaron para reclamar su parte de la herencia. No querían ni oír hablar de las últimas voluntades de la anciana, la acusaron de haberla manipulado para aprovecharse de ella y se las arreglaron para anularlas. Luego, la despidieron y la dejaron en la calle casi con lo puesto. Y a él, claro. No fue fácil apañárselas sola, pero después de muchas horas llamando de puerta en puerta y una pizca de suerte encontró un hospital en el que se ocuparan de él y los trabajos suficientes para costearlo. No le quedaba apenas un minuto libre al día y caía rendida en la cama, que no era más que un colchón en un cuarto que apenas valdría como armario de escobas. Pero no le importaba, porque se había marcado un objetivo. Fue un día cualquiera, no más duro ni ingrato que los demás, pero era el día que había tocado fondo. Y cuando las ideas más negras estaban a punto de ocuparle del todo la cabeza, se acordó de las palabras de la Sra. Russell. Tomó una decisión: trabajaría más, lo que hiciera falta, pero se regalaría un fin de semana al año, por todo lo alto, como una auténtica señora. En París.

Y por eso, por aquellas palabras que la sacaron del hoyo, escogió ese nombre para su pequeña aventura anual. El del barón, su supuesto marido, era un guiño a una de esas novelas de juventud, una tontería, pero este otro sí fue una elección importante. Era lo menos que podía hacer para honrar su memoria, honrarla como se merecía, no como habían hecho los egoístas de sus hijos.

Tuvo sus momentos de duda, eso sí. No era fácil desconectarse así de él, aunque solamente se tratara de un par de días. ¿Y si le pasaba algo? Pero también para esto encontró solución, aunque fuera por el más puro azar. Salvo por algunos accesos de terror nocturno, la locura de su hermano pasaba de forma tranquila. Siempre que ella llamara cuatro veces al día para hablar con él, claro. Su voz era mejor bálsamo que cualquier medicina y eso a ella la hacía muy feliz, aunque le hacía imposible llevar una vida normal. A duras penas lo encajaba con sus turnos de trabajo, pero era absolutamente incompatible con casi cualquier forma de ocio y no digamos con una cita o algo por el estilo. Eso ya no la hacía tan feliz, porque además, por alguno de esos extraños vericuetos de la mente humana, su hermano jamás le dirigía la palabra cuando iba a visitarlo.  Por teléfono era extremadamente cariñoso y cada vez le pedía que por favor fuera a verlo, pero cuando llegaba allí era como si no la conociera, como si solo pudiera reconocerla cuando su voz le llegaba a través de las ondas.
Un día, sin embargo, la cosa cambió y nada más verla echó a correr hacia ella y se fundieron en un intenso abrazo. Hablaron, recordaron cosas, se rieron. Ella se debió pasar llorando de felicidad toda la visita. Él le enseñó la nueva manualidad que estaba haciendo. Al acabar el tiempo, quiso preguntarle a los enfermeros, averiguar qué había pasado. Ellos le contaron que, como su hermano era inofensivo, lo dejaban ir y venir casi por cualquier parte; muchos días los pasaba sentado sin moverse, pero cuando no, le encantaba echar una mano acarreando sillas, llevando vasos y bandejas de comida, lo que fuera. Hoy se lo habían encontrado en la cocina, rebuscando en la basura y metiendo algo en una bolsa. Cuando miraron, él les dijo que por favor se lo dejaran, que quería fabricar cosas con ellas, que eran las favoritas de su hermana. Eran conchas de mejillón.


Desde luego no me gustaría ser Susan, porque hay que tener mucho valor para hacer lo que ella hace, más del que yo tengo. Creo que, como mucho, podría aspirar a ser Jean-Jacques.

MARÍA

“Y aquí, como una piedra que llevo conmigo a todas partes, 
tengo un pedazo del corazón de otra persona que guardé de un viaje que hice una vez”.
El fin de semana, Peter Cameron.

Cuentan de un país tan frío que en invierno las palabras se congelaban y solo se podían escuchar en verano, cuando las temperaturas podían deshacer el hielo. Pero han pasado ya dos agostos y sigo siendo incapaz de hablar. Y eso que vivo en Canarias. Raro, ¿verdad? Porque tú tampoco me creíste nunca cuando te decía que en La Laguna veía menos el sol que allí. “Que a mí no me la das, mu-ya-yo”, me decías, con ese acento imposible que ponemos los de Valladolid cuando imitamos cualquier cosa. Aunque el tuyo sí que era divertido. Pues que sepas que tengo razón. Ni sol ni arena. Y te voy a decir algo más: hay una conspiración para poner las terrazas estratégicamente confinadas a una sombra eterna. La del Teide. Una idea tan brillante como poner un aeropuerto en un lugar llamado Villanubla. Tranquila, aquí la gente se ríe de mí cuando lo digo, pero no me importa. Te lo quería contar.
Pero a lo que iba, que me despisto. Que ni viviendo en el Trópico lo consigo. No consigo escribir, escribirte, nada. ¿Sabes qué pasa? Que creo que no tiene que ver con las estaciones, que el tiempo que necesito es del otro. Del que se escribe con mayúscula, del que corre o se para siempre al contrario de lo que te hace falta. Porque de eso va todo esto, no de termómetros. El hielo se me ha hecho dentro, y ni la temperatura de Planck derretiría eso.
También ayuda que te imagino echándome la bronca si leyeras esto. Porque llamar la atención te gustaba más bien poco. Y mira que yo siempre he sido de escabullirme, pero es que tú me ganabas. Porque una cosa es pasar desapercibido y otra muy diferente pensar que ése es el lugar que te corresponde. No sabes lo mucho que he rabiado con eso. A ti te gustaban los clásicos como a mí el fútbol, de una manera que es muy difícil de explicar, que casi nadie podría entender: pura ilusión, puro sentimiento. Y sí, hay gente que sabe más o que se le da mejor, otros encima saben lucirlo, pero nunca será lo mismo. Tengo un alumno este año que me recuerda mucho a ti. Aunque él tiene pinta de aplicado joven estudiante de un college. Y tú no, tú tenías-pinta-de-tía-chunga-y-dabas-miedo. Así, todo junto. Asúmelo. Ah, ¿y sabes qué? Que es mi favorito, como tú, que lo fuiste siempre. 
Claro que esa es otra de las cosas que no te creíste nunca, supongo que por esa habilidad mía para decir las cosas más importantes sin que lo parezcan. Aunque un pasillo de hotel en Atenas nunca fue el lugar más apropiado para una revelación de ese calibre, lo reconozco. Pero siempre piensas que habrá más ocasiones, igual que para ver la Acrópolis. Qué carita se le quedó a todo el mundo aquel día, por cierto. Tristeza, rabia, pena, decepción… pero solo una que lo reunía todo. La cara de la desilusión absoluta, primigenia, la del niño que no entiende que “verano” no es un lugar, que no puedes volver a él siempre que quieras.
Al menos sí llegamos a Delfos. Y acabamos más beocios que espartanos, sin saber que a los dos la vida nos iba a repartir cartas nuevas. Pero claro, a los oráculos no hay quién los entienda y yo, de cartas, sé lo justo. Así nos fue. Bueno, a ver, a mí mejor que al menos te puedo escribir esto. Y pensar en volver a la Acrópolis. Feo estaría quejarse, aunque ya no pueda tratar de convencerte de que pruebes la comida china.
Vaya, parece que al final sí conseguí escribir algo. Ha sido como con esas latas que se te olvidan en el congelador y te las vas bebiendo a sorbitos, según se van deshaciendo. A mucha gente le parece una estupidez o, directamente, una guarrada. “Para eso, coges una nueva”. Pues no, para mí la gracia está justo ahí, como en imaginar frases geniales para hacer camisetas y ser incapaz de recordarlas después. ¿Te acuerdas? Mira que nos pasamos litros de cerveza jugando a aquello. 

En realidad es mentira, sí las recuerdo. Una, al menos: “Siempre nos quedará Paris”. El héroe, no la ciudad. Y a ella intento agarrarme cuando vuelven el frío y el hielo. Porque a veces me olvido de todo esto. A veces todavía estás. Y cuando me doy cuenta de que ya no, el suelo se resquebraja. Y todos sabemos lo que pasa con las grietas, y lo mal que mezclan con el agua y el hielo. No hace falta haber estado en Venecia. Ni haber visto el Partenón.

METÁFORAS EN OJO AJENO

50. Cincuenta. L. Muchos, se escriba como se escriba. Son los años que han pasado ya y no hablo de Woodstock, aunque estuvo cerca. Hablo de Charlie Manson, de su familia, de sus taraduras. 

Yo fui un experto en Manson, hace años. En el mundo del crimen en general, realmente. Todo empezó al caer en mis manos el primer fascículo de “La huella del crimen”. Los dos primeros, para ser exactos: “Oferta de lanzamiento, números 1 y 2. Charles Manson y Jarabo”. Cada uno era un dossier que describía y analizaba hasta el más mínimo detalle de los criminales, su vida y su “obra”. Empezaba por estos dos, el huevo y la castaña, pero prometía un repaso completo a los asesinos más importantes de la historia, Jack el Destripador incluido, que era el que me interesaba a mí. Como aquello del “Asesinato como una de las Bellas Artes”, pero actualizado y por entregas. Y con unos cuantos kilos más de morbo, supongo, porque aunque no lo he leído, sospecho que el gusto de aquella época por lo tenebroso era más una cuestión de dandismo. A lo que vamos: que eso sí que eran colecciones de septiembre y no “Dedales de época” o “Teteras de ayer y hoy”, con todo mi respeto para los colectivos pro-dedalistas y filo-teterianos, vaya eso por delante. 

En fin, que mi madre y yo nos entregamos con dedicación a hacerla. Yo más que ella, debo decir, porque tenía ese empeño y devoción absoluta de la que solo los críos son capaces. Tan absoluta como efímera, porque convive con esa enorme y perruna facilidad de despistarse con una mosca que te lleva a olvidar lo que estabas haciendo, apasionarte al instante con otra cosa distinta y no llegar a ninguna parte. Magia, ajedrez, capoeira, minerales… Eso sí, durante ese tiempo nadie mejor que yo conocía los nombres de los asesinos y de las víctimas. A todo aquel incauto que me prestaba el oído le hablaba del casi indestructible Voytek Frykowski, el amigo polaco de Polanski y Sharon Tate que había aguantando no-sé-cuántas-mil puñaladas antes de hincar el pico. Heroico como una vajilla de Duralex, el tipo. Y luego estaba la estrecha relación de Manson… ¡con uno de los Beach Boys! Con lo bonito y positivo que sonaban… ¿sería para distraerte y que no vieras acercarse a los malos? ¿Tararearían Good vibrations mientras te robaban un riñón? Le dediqué muchas horas nocturnas a darle vueltas a aquello, casi tantas como a… bueno, dejémoslo en que le dediqué muchas horas.

¿Por qué me he acordado de esto? Pues aparte de por la catarata en los medios de reportajes, artículos y hasta libros que han recordado la figura de Manson y todas las conspiranoias que lo rodean, por la vuelta que se ha producido estos días al debate sobre arte y censura. ¿Cómo nos influye la cultura que consumimos? ¿Hasta qué punto producen un efecto de imitación? No voy a desarrollar ninguna gran teoría al respecto, entre otras cosas porque he visto un tutorial para recortar figuritas en goma eva y me están picando los dedos por empezar a explorar mi potencial en ese terreno. Pero sí se me ocurren un par de cosas que decir al respecto. 

Claro que la cultura influye, que no todas las cosas son adecuadas para todas las edades, pero si alguien me vuelve a contar la historia del niño que vio Supermán y se tiró por el balcón con el baby anudado al cuello porque quería volar, el que se va a tirar de verdad soy yo. Ahora diles que vives en un bajo, máquina. Y a los asesinos del rol vamos a dejarlos tranquilos también, por favor. No es cuestión de ejemplos, porque como opiniones y culos, todos tenemos uno que nos viene bien recordar. Yo he crecido viendo películas de terror, me he comido toda la filmografía de Stallone, Schwartzenegger, Chuck Norris y Van Damme y he pasado tardes enteras con videojuegos de guerra; súmale mi licenciatura por fascículos en criminología (lástima no haber conocido antes la Juan Carlos I) y ¿cuál es el resultado? Cero víctimas. Víctimas mortales, me refiero. Y no, no creo que mi obsesión por la masturbación del tiranosaurio tenga que ver con esto, sinceramente, así que dejémoslo estar. Se puede decir que he mirado al abismo a los ojos, pero o Nietzsche se equivocaba o al menos conmigo no funcionó la frase completa. El abismo no me devolvió la mirada, aunque claro, yo tampoco se la hubiera devuelto a mi “yo” adolescente, con aquella gorra de melenilla sintética de pega y pantalones de camuflaje. 

A lo que voy, que no me pasó nada, pero no se puede pretender basar un razonamiento tomando tu experiencia como la verdad absoluta, porque hace aguas. Y hace aguas porque la generación responsable de todos los males actuales, y que cada uno piense en el que quiera, no creció escuchando reggaetón, ni trap, ni consumiendo youtubers demenciados. Pero claro, igual que es fácil ver la paja en el ojo ajeno nos resulta casi imposible ver la metáfora fuera del nuestro. Porque solo así se explica que las incitaciones a la violencia, el alcohol y las drogas o el amor romántico posesivo que hemos consumido a paladas desde que éramos pequeños no estén -tan- cuestionadas. Abajo entonces la copla, el tango o la ranchera; muerte al pop y al rock, por hablar solo de música. ¿Por qué Sufre mamón no nos jodió las relaciones? ¿Cuántos dejaron los estudios para matar hippies en las Cíes? Y cuidado con las respuestas que vayamos a dar, que lo de que era otra época lo acaba de usar un famoso tenor cuando le hablaron de (sus) acosos sexuales. O casi peor, no nos pillemos los dedos y nos encontremos en ese paternalismo que tanto rechazamos. A ver si resulta que somos los más listos, los únicos elegidos capaces de discernir entre realidad y ficción, entre la agresividad verbal o ideológica y la acción violenta. Qué suerte tenemos, joder. Eso sí, lo que parece que nos ha faltado es el superpoder de transmitírselo a la generación siguiente; vaya por Dios, con lo listos que somos. Aunque también es que ellos, tus hijos, deben de ser idiotas. 

Puede, pero lo que es seguro es que saben más inglés que tú. Que tú y que tus profesores de inglés, no te lo tomes como algo personal. Así que lo mismo deberíamos darnos cuenta de que para ellos el rap es algo más que tipos diciendo jou-jou-bro, manos en forma de pistola moviéndose arriba y abajo y tipos bigotudos mal encarados pero que seguro que cuando los conocías se enrollaban un montón. No, amigo, aquellos hermanos te odiaban en sus letras, puto blanco caucasiano, y te querían volar la cabeza para vengar siglos de opresión. Pero tú sonreías cantando jou-jou-bro y encima orgulloso de haber sido capaz de entender gun, gangsta y man. ¿Y por qué? Porque no procesábamos nada, joder, que teníamos el nivel de los capítulos de Peppa Pig que les ponen a los críos ahora en infantil, con la diferencia de que ahora ellos sí que lo entienden. Y con el resto de la música igual, vamos, que no es cosa solo del rap. Wachu wachu love, yeah. Y tan contentos. ¿Qué recordamos de Europe? Pues el ninonino, o sea, la guitarra. Vale, y el título, pero nadie fue nunca más allá para saber si esa cuenta atrás era la de un cohete, la de las rebajas de enero o un maligno proyecto supremacista escandinavo para acabar con la rémora mediterránea. O sea, contigo. Lo que quiero decir es que ahora tienden a entender más de lo que escuchan, con lo que proporcionalmente deberían haberse vuelto ya locos y provocar un apocalipsis zombi. Y aquí seguimos.


A lo mejor estamos confundiendo el síntoma con la enfermedad, los gusanos con las mariposas, los huevos con las gallinas o yo qué sé qué. A lo mejor las niñas que oyen los cuentos de siempre están atando cabos por sí mismas y se dan cuenta de que eso no se sostiene, que esa sociedad no es ni puede ser real, ni va a ser la suya; a lo mejor los niños se sonríen pensando por qué esos príncipes solo buscan princesas y no se van con el leñador, como harían ellos. A lo mejor no son tan idiotas.

HÉROES DE LA INFANCIA III. QUINI.

Se ha muerto Quini. Dos décadas jugando, siete veces máximo goleador, veinticinco días secuestrado y treinta y cinco partidos con la selección.

Comenzó su carrera a finales de los sesenta. Una época en la que había, en el fútbol como en tantas otras cosas, cada vez menos sitio para la magia. Como en cualquier cadena de producción, las copas marchaban ordenadamente hacia capitales de la industria como Milán (cuatro copas entre Inter y Milan) o Glasgow. Poco después, ya en los setenta, sería Alemania la que iba a someter el mundo bajo su bota de hierro. Una Copa del Mundo y tres de Europa seguidas lo prueban. Tampoco fue mucho más esperanzador el final de la década: la junta militar de Videla conseguía dejar el trofeo mundial en casa sin caer en la cuenta de que, en ocasiones, ni todo el pan y el circo del mundo pueden adormecer a un pueblo. 

Unos pocos intentaron oponer resistencia. Aquellos espigados y melenudos holandeses, por ejemplo, que bajo un sobrenombre muy apropiado a los tiempos que corrían, la Naranja Mecánica, escondían una elegancia que nada tenía que ver con engranajes y bujías. Ese equilibrio de armonía y caos del verdadero Arte, de la auténtica poesía, el mismo que dirige las bandadas de estorninos danzando sobre los cielos de Tel Aviv, al atardecer. Un Woodstock europeo que duró cuatro años y dejó cuatro Copas de Europa. Al final cayeron, como lo hizo también la sabiduría añeja y castiza de cierto equipo de Madrid, que se quedó a solo treinta segundos de traspasar la alambrada. Todos ellos cayeron, sí, incluso más de una vez, pero dejaron un pequeño resquicio a la esperanza. En las mínimas muescas que les habían hecho a aquellas moles acorazadas crecieron briznas de hierba, encontraron refugio y calor chispas de conjuros antiguos que esperaban el momento adecuado para prender. Así surgió Enrique Castro, “Quini", el “Brujo”; solo así pudo surgir el “Mágico”, Jorge González, unos pocos años después. Porque lo hicieron además, en el último lugar donde uno lo hubiera esperado: González, en el equipo de la Administración Nacional de Telecomunicaciones de El Salvador; Quini, en el corazón mismo de la siderurgia, jugando en el Ensidesa. La mejor forma de luchar contra el enemigo es desde dentro.

Apenas he visto a Quini, la verdad. Imágenes sueltas, un par de goles, un cromo. Porque mi fútbol empieza en el Mundial del 86, con él de vuelta en Gijón, a punto ya de retirarse. Ahora empezarán los homenajes, los documentales, la sucesión de goles y piruetas imposibles en el aire. Las veré, supongo, pero no me hace falta, casi preferiría no hacerlo. La magia no necesita verse. Igual que aquella noche de Reyes en que mi amigo Antonio se quedó a dormir en casa. Teníamos muchos más nervios que años -¿seis? ¿siete?- y no podíamos dormir. Entre susurros y vueltas en la cama, en mitad de la noche oímos una extraña música. Ni los primeros despertadores digitales ni los saraos del bar de Amparo o los gitanos del bajo se nos pasaron por la cabeza. Nadie consiguió convencernos jamás de que no habían sido los Reyes Magos.

Por eso mismo jamás podría dudar del Brujo. Aunque no tuviera pinta de futbolista, o precisamente porque no la tenía. El fútbol no iba a ser menos que la música. Bigotes, tripitas, calvas, peinados imposibles y hasta peluquines, equipaciones psicodélicas… la estética era un valor a combatir. Nada que ver con los cuerpos machacados en el gimnasio, la ropa exclusiva, los relojes y coches último modelo. Los futbolistas tenían más pinta de butanero que de modelo de ropa interior, eran más oficinistas que ejecutivos, obreros más que cantantes pop. Y Quini era uno de ellos. Un hombre de la calle. De esos que juegan al mus en vez de al poker online; de los que nunca cambiaron el bar del barrio, ni a sus parroquianos de siempre, por las discotecas de moda y que, al salir, se paraban con los chavales a chutar contra las puertas metálicas de los garajes.

En este punto tengo que confesar que he mentido, pero ha sido una mentirijilla nada más. Palabrita del Niño Jesús. Lo que pasa es que con la edad me he hecho un poco más descreído y, aunque sigo confiando a ciegas en que algún día la bolsa de patatas me dará algo más que un “siga buscando”, no he podido evitarlo: me he documentado un poco sobre Quini. Pero solo un par de entrevistas, lo prometo. Lo hice con ese miedo que siempre me ha dado descubrir los trucos del mago, pero el resultado fueron solo suspiros de alivio. Quini era exactamente así. Un paisano. Sonrisa franca, gesto atento, dispuesto siempre a echar una mano. A cualquiera. Alguien que sabía que no dramatizar más de lo necesario no era igual que desentenderse de las cosas importantes. Que la responsabilidad del deportista era, sobre todas las cosas, dar ejemplo.


Una de las frases sobre él que no se me ha ido de la cabeza decía que, por mucho tiempo que pase y sea uno del equipo que sea, te gustaría tener una camiseta suya. Es difícil definir mejor la admiración y el respeto que consiguió despertar Quini. Iba a decir que era uno de esos ídolos en los que podrías pensar como en tu padre; una frase bonita, pero que dicha pensando en el mío hace que se me escape una sonrisilla. Porque eso sí, mi padre tampoco tenía ninguna pinta de futbolista, pero a las cartas solo jugaba al solitario y cuando no tenía más remedio que bajar al bar del barrio le quitaba el volumen al audífono para no hablar con nadie. Lo que no quita para que la frase siga siendo cierta, porque son personas de las que uno se sentiría siempre orgulloso. Alguien a quien agarrarse cuando el vértigo de los cambios amenaza con llevarnos por los aires. Cuando le preguntaron si estaba de acuerdo con aquello de “odio eterno al fútbol moderno”, no lo dudó. Mi padre tampoco lo hubiera hecho -el odio a la modernidad le gustaba más incluso que los solitarios-. Supongo que porque los dos, cada uno a su manera, sabían que “bueno” y “nuevo” no son necesariamente lo mismo. Aunque suenen igual.