“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?

HÉROES DE LA INFANCIA IV. FRANCO BATTIATO

Sería fácil decir que Franco Battiato fue uno de mis héroes de infancia, pero mentiría. En realidad no lo soportaba. Es difícil de explicar, porque no era nada personal. No se trataba de odio, ni mucho menos, sino de ese rechazo visceral e involuntario que nos producen sin remedio ciertas personas o cosas: unas irreprimibles ganas de golpearlas con un bolso en la cabeza hasta reducirlas a cenizas. Y luego soplar.


De hecho, voy a aprovechar la impunidad que me dan el tiempo y su muerte para confesar una cosa. Allá por los primeros ochenta Battiato dio un concierto en Valladolid; la ciudad amaneció un día empapelada de carteles con su extravagante figura y su nombre en letras enormes. Cada mañana múltiples Battiatos me observaban, burlones, pasar camino del colegio. Yo les mantenía la mirada, retador. Durante toda una semana la idea fue tomando forma en mi cabeza y, por fin, llegó el día: me solté de la mano de mi madre y -como un jabalí blanco- fui corriendo hasta los carteles para darle su merecido. Elegí uno, agarré la esquina y tiré con fuerza hasta dejar a medio Battiato colgando, desmadejado. ¿Quién se ríe ahora, eh? Volví corriendo con mi madre, le agarré la mano y seguimos caminando. No se habló una palabra del tema, pero intuyo que mi madre sonreía. Sabía lo que pensaba hacer -seguro que antes que yo-, igual que sabía ver el fondo de crueldad en mis carcajadas infantiles cuando Martes y 13 sacaban a Franco Nappiato al escenario. De hecho, sé que estaba esperando para ver cuándo pasaba exactamente. Solo puedo decir en mi defensa que no era el único: me pasaba también con Lina Morgan. La diferencia es que con ella me sigue pasando, aunque como he domesticado algo al animal que llevo dentro ya no rompo carteles de nadie.


Todo esto no hace sino demostrar que los niños no son de fiar. Que su mayor virtud -esa de decir siempre la verdad- la tengan en custodia compartida con el colectivo de borrachos ya debería darnos una pista. Pero si uno se fija en las atrocidades de vestuario que son capaces de cometer, ya las dudas tendrían que desaparecer por completo. Sobre todo porque además coinciden en ellas con otro ilustre colectivo como el de los politoxicómanos: vaqueros lavados al ácido, cinturones elásticos de Mickey Mouse, camisetas de publicidad… ¿Hace falta seguir?


En fin, que no quiero desviarme del tema. Como la estación de los amores, mi flechazo con Battiato llegó sin avisar. Y de pronto dejó de parecerme una herejía preferir la ensalada a Beethoven y Sinatra, o a Vivaldi unas uvas pasas que, efectivamente, te dan más calorías. Encontré además a otros enfermos como yo, y pasamos infinitas y esdrújulas horas hablando de él, soñando con verbenas de verano en Irlanda del Norte, atravesando madrugadas como bailarines búlgaros sobre braseros ardientes. Y ya no quisimos otra cosa que sintonizar Radio Tirana y bailar como él -¿o era Nappiato?-, porque en aquellas noches de risas y gárgolas también buscábamos un centro de gravedad permanente, aunque entonces no lo sabíamos. Ni eso ni lo mucho que nos iba a costar encontrarlo, si es que lo hemos conseguido alguna vez.  


Nunca pude ver un concierto suyo. Estuve cerca, pero la posibilidad se desvaneció al mismo tiempo que lo hacía el tío Paco en una fría y blanca habitación de Madrid. Vaya coincidencia. Todo quedó entre derviches, en cualquier caso. Paco nunca llegó a bailar con candelabros encima, que yo sepa, pero se pasó la vida aprendiendo la coreografía del cosmos. Además, sabía dónde encontrar los mejores bocadillos de jamón de Madrid y conocía ancestrales técnicas orientales para matar a alguien con tus propias manos. Aparte -y eso es lo más impresionante de todo- de ser la única persona capaz de entrar en un Burger King y ser recibida con un “¿lo de siempre, Señor Paco?”. Los dos aparecieron por última vez ante el público casi a la vez, así que, al fin y al cabo, supongo que fue como haber estado un poco en aquel auditorio de Burgos.


Nunca pude ver un concierto suyo, decía, pero a cambio sí puedo decir que conocí a Arturo. ¿Que quién es Arturo? Responder a eso merecería un largo espacio aparte, sobre todo si no has tenido oportunidad de leer la novela del Capuchino chino. Pero para que te hagas una idea, puedo adelantarte que en mi cabeza es difícil separar las imágenes de uno y otro. Un poco lo que pasa con Robert de Niro y Al Pacino; o con Kris Kristofferson y Kenny Rogers. Que son la misma persona, pero no. O sí. Arturo y Battiato tenían el mismo aire de místico sufí, los mismos nombres impronunciables en alemán salpicando sus conversaciones, la misma mirada inquisidora y algo perdida detrás de las gafas de pasta y unas cejas espesas y oscuras. Arturo se fue mucho antes, claro, se evaporó en nubes de humo y noches café solo -y de solo café-, pero siempre que suena Alexander Platz es como si volviera a sonar el timbre de casa y su silueta -gabardina, palestino al cuello y libro bajo el brazo- se recortara en la escalera.


Así que no, nunca pude ver un concierto suyo, pero ha estado conmigo todos estos años. Enseñándome a cuidarme de emboscadas, a distinguir las sombras de las luces, a entender que las puertas que nos separan de las cosas más valiosas son en realidad las menos complicadas de abrir. Porque al final se trata de algo tan sencillo como decir “Ábrete, Sésamo”; lo difícil es atreverse.

Battiato solamente se equivocó en una cosa. Lo nuestro no vino y se fue. Como pasa con los amores que te marcan para siempre, como dicen que sucede cuando se danza, sigue haciendo girar todo en torno a la estancia. Es una lástima, pero no sé decir más ni mejor. Solo que hoy nos sentimos un poco más nómadas y, sobre todo, mucho más huérfanos.


CUIDADO CON LO QUE DESEAS (y2)

 No es que a él le preocupe mucho la política. En realidad, ni le van ni le vienen la mayoría de cosas que oye discutir a la gente en los programas de la tele o en el bar. Y bueno, ahora que se abrió una cuenta en Twitter… alucinante. ¿No tienen otra cosa que hacer que perder el tiempo discutiendo? Bastante tiene él con ir tirando como para andar pensando en esas movidas: fachas o comunistas, feministas y feminazis… ¿Europa? Pero si él no ha ido ni a Portugal, no me jodas, como para preocuparse por la Merkel esa.

Hombre, lo que sí es verdad es que ya casi no se puede decir nada. La gente se ofende por todo, no me jodas. Dejas pasar a una chica en el super y te mira mal… ¡Que no es para mirarte el culo, piba! A ver, que ya que estamos te lo voy a mirar, pero no es por eso. Es que hay que ser un caballero, me decía mi madre, aunque mira para lo que sirve. 


En fin, que él se considera alguien moderno, pero… dentro de unos límites. Que hay mucha tontería y, a ver, que no todo lo antiguo estaba tan mal. De hecho, aunque como ya se sabe cómo está el percal solo lo dice muy en confianza -con los colegas del gimnasio, por ejemplo-, algunas cosas se echan hasta de menos. Los medievales, por ejemplo, sí se lo sabían montar. Todavía se acuerda del rollo aquel que le contaban en el instituto… ¿Cómo era? El derecho de pernada, eso era. Joder, que ibas por ahí y si te apetecía llevarte a una al catre no había ni que dar explicaciones. Y luego, si te he visto no me acuerdo. Ni flores, ni cena en el chino ni nada. Eso era vida, ¡anda que no! La verdad es que lo pensaba todas las mañanas, cuando se cruzaba con la chiquita que sale a correr. ¡Menudo cuerpazo! La rubia, no la otra, que ya tiene unos añitos. Aunque bueno, si lo piensas… a esa también le daría un tiento. Que siempre está bien tener dónde agarrar… En realidad -se sonríe-, si somos sinceros se le pasa por la cabeza unas cuantas veces más, porque hay cada una… 


¡Bendita Edad Media!, pensaba, soñador, bajando de su casa al parking, que estaba un par de calles más allá. Lo que nunca habría imaginado es que sus sueños se harían realidad y que un pliegue espacio-temporal pudiera traer la Edad Media de vuelta. Nunca llegó a saberlo, de hecho, porque otro nostálgico de tiempos pasados, montado en su moto cual caballero andante, decidió cortarle la cabeza a aquel estúpido campesino que caminaba junto al sendero. Y todavía tenía una estúpida sonrisa en la cara cuando quedó, de lado, al borde del camino tras rodar unos cuantos metros.

CINCO CENTÍMETROS

 Gira tres veces la raqueta en su mano izquierda. Se ajusta la cinta y se coloca el pelo, primero un lado, luego el otro. Tres botes. Con la mano derecha se toca la nariz, la oreja derecha, la nariz de nuevo, la oreja izquierda. Se acomoda el pantalón, estirándolo por la parte de atrás. Respira hondo. Dos botes más y saque. Al acabar el punto, camina sobre la línea hacia su banco: allí le esperan, en precisa línea recta, tres botellas. Bebe de todas, de derecha a izquierda. El ritual se repite, punto juego tras juego, set tras set, partido tras partido.


Aquello llamaba la atención, claro, pero no pasaba de la anécdota divertida, de esas cosas con las que rellenan los programas especiales para celebrar las victorias. Ya sabes, esos vídeos de imágenes en bucle. Yo me parto con ellos. 


A ver, si es que aquello tampoco tenía nada de malo. Bueno, de cuando en cuando un “warning”, dos como mucho por partido, sobre todo en las rondas finales. Porque aquella bronca con los recogepelotas… la verdad, yo hubiera hecho lo mismo. ¿A santo de qué le movieron las toallas de sitio? ¿Que acaba el punto junto al banco y se da la vuelta a la pista para volver caminando sobre la línea? Resulta que eso va a ser lo importante ahora. El chico lo gana todo, no hay un solo torneo que se le resista. ¿No le vamos a perdonar sus manías? Si es que la envidia es el deporte nacional, que te lo digo yo…


Gira tres veces la raqueta en su mano izquierda. Se ajusta la cinta y se coloca el pelo, primero un lado, luego el otro. Tres botes. Con la mano derecha se toca la nariz, la oreja derecha, la nariz de nuevo, la oreja izquierda. Se acomoda el pantalón, estirándolo por la parte de atrás. Respira hondo. Dos botes más y saque. Al acabar el punto, camina sobre la línea hacia su banco: allí le esperan, en precisa línea recta, tres botellas. Bebe de todas, de derecha a izquierda. Coge una toalla, se seca la cara, la dobla y la coloca frente a la primera botella. Coge otra, se seca -esta vez el cuello y los brazos- y la dobla frente a la del otro extremo. La tercera se la entrega al recogepelotas, para usarla entre punto y punto. El ritual se repite, punto juego tras juego, set tras set, partido tras partido.


Y mira que la presión con los tiempos, las advertencias de los jueces de silla, el murmullo del público iban aumentando y las bolas ya no eran tan precisas, pero los resultados seguían ahí. Más luchados, pero seguían ahí. Pero él acumulando victorias, camino de convertirse en una leyenda mundial. Bueno, que ya lo es: El mejor de la historia, un orgullo patrio.


Sinceramente, yo creo que la cosa nunca hubiera ido a más de no ser por el “incidente”. ¿No te acuerdas? Cuando se metió en el vestuario y no salió a jugar el último set de la final. Se dijo de todo. Y no sería porque no saliera el entrenador a dar explicaciones. Bien clarito lo dijo: lesión muscular. Y él lo mismo, aunque yo creo que se equivocó al decir nosequé también de cansancio mental, porque la gente empezó a hacerse películas en la cabeza. Los periodistas los que más. Tenías que haberlos oído: esas voces pretendidamente autorizadas que antes lo jaleaban intentando convencernos de que ya lo venían avisando, que hacía tiempo que se veía venir. Si hasta dijeron que cuando habían ido a buscarlo al vestuario lo habían encontrado sentado en el suelo, llorando, intentando hacer una pirámide con todas las botellas de agua que había encontrado, que si no lo conseguía no podía salir porque iba a perder.


La verdad, a mí me ha parecido siempre una chorrada, puro invento para ganar audiencias. Anda que no les va el morbo. Aunque también te digo, que si al chaval le había dado una crisis de ansiedad tampoco pasaría nada. Que se nos olvida que son personas, también. ¿No le dio un medio jamacuco epiléptico a Ronaldo en la final del Mundial aquel? Yo estoy en su pellejo y me cago vivo. Pues eso. Si es que son críos y los tratamos como adultos…    


Gira tres veces la raqueta en su mano izquierda. Se ajusta la cinta y se coloca el pelo, primero un lado, luego el otro. Tres botes. Con la mano derecha se toca la nariz, la oreja derecha, la nariz de nuevo, la oreja izquierda. Se acomoda el pantalón, estirándolo por la parte de atrás. Otros tres giros de raqueta. Respira hondo. Dos botes más y saque. Al acabar el punto, camina sobre la línea hacia su banco: allí le esperan cuatro botellas, formando un rombo perfecto. Bebe de todas, en el sentido de las agujas del reloj. Coge una toalla, se seca la cara, la dobla y la coloca frente a la botella más a su derecha. Coge otra, se seca -esta vez el cuello y los brazos- y la dobla frente a la del vértice opuesto. La tercera se la entrega al recogepelotas, para usarla entre punto y punto. Vuelve al banco y siguiendo la línea, se dirige a sacar. El ritual se repite, punto juego tras juego, set tras set, partido tras partido.


Sí, le pasó unas cuantas veces más. Algunas a medio partido, otras ni siquiera se presentaba a jugar. Y los periodistas venga con la matraquilla: que si se quedaba abriendo y cerrando la puerta del vestuario, que si tenía que meter el dedo en cada hueco de la red de las raquetas… ¿Te lo puedes creer? Encima claro, seguían poniendo vídeos de esos; que sí adelante, que sí atrás, botando la pelota y tocándose la nariz, en bucle. Pero se notaba que lo hacían ya a mala leche, para hundir al chaval y reírse de él. Que no es lo mismo reírse con uno que de uno, ¿eh?


Al final se retiró, claro. Apenas se deja ver, de hecho. Normal. Con la pasta que ha ganado, yo también pasaría de aguantar las tonterías de toda esa panda de fracasados. ¿No sacaron el otro día unas imágenes en exclusiva que habían cogido con un dron? Se supone que era él en su casa. Se veía a un tío como por la piscina, abriendo y cerrando la puerta de la casa, colocando las hamacas y las toallas dobladas encima. Todo tres veces y vuelta a empezar. Pero vamos, que de estos no me creo yo ni media. Además, que estaban sacadas a distancia y podía ser cualquiera. O un montaje, directamente. Si lo hicieron con lo de la Luna, imagínate ahora con los medios que tienen. La movida es que decían que no sale de casa porque está de la cabeza. Que como antes tiene que colocar todo de determinada manera y la casa es tan grande, no acaba nunca. Pero vamos, que llevaron a psicólogos a opinar y toda la pesca. Trastorno nosequé. Que bueno, habría que ver dónde se habían sacado el títulos esos, que lo mismo ni lo tenían. Mira, de ahí lo único cierto lo de la casa, porque yo he visto imágenes y menudo casoplón tiene el colega. Vamos, que yo tampoco saldría.


En fin. Te digo y te repito: EN-VI-DIA. Lo que les pasa es que no llegaron a nada y se tuvieron que meter en la tele o en la radio, a criticar. Mira, yo al único que aguanto es a este… ¿cómo se llama? Sí, hombre, el que era jugador; el catalán que perdió un par de finales pero ganó la medalla en los Juegos. Siempre se me olvida el nombre. Bueno, da igual, sabes cuál te digo. Porque se nota que sí tiene cabeza y dos dedos de frente, que no va a hacer daño. Y sabe lo que se dice, que tiene unas frases a veces que te deja de piedra. Es como el Valdano, pero en tenis. 

¿Sabes una que dice mucho? Que la línea que separa el éxito del fracaso mide exactamente 5 cm. Un filósofo, te lo digo yo. 

MULTIVERSO (y10)

Pippo era un ídolo en el barrio. El chico más popular del colegio, primero, y del instituto después. Sus rizos rubios y aquella sonrisa infantilmente imperfecta enamoraban por igual a padres, profesores y compañeros de clase. No era brillante en los estudios, más bien al contrario, pero siempre se las arreglaba para salir adelante. Es verdad que a veces con alguna pequeña ayuda, en forma de “chuleta” en los exámenes o de trabajo sospechosamente parecido a los de Celia o Mateo, que sacaban 10 en todo. Pero se le perdonaba. Porque además, era una maravilla verlo en acción haciendo acrobacias, corriendo o nadando. Jugando al fútbol no era tan bueno, pero igual que en clase, sabía rodearse de los mejores y estar en el momento y el lugar adecuados. Las fotos lo demostraban: Pippo siempre salía en el centro, levantando la copa, mordiendo la medalla, rodeado de miradas de admiración y luciendo aquella sonrisa cautivadora. Nadie se paraba a pensar quién había marcado los goles o corrido más… la victoria era, naturalmente, cosa de Pippo.

Con los años el deporte pasó, poco a poco, a un segundo plano. Prefería salir, invertir ese talento suyo en ser el alma de la fiesta. Y por supuesto lo conseguía. Las chicas seguían suspirando por él, aunque ahora, claro, no se conformaba con aparecer aquí y allá en sus carpetas como un nombre rodeado de corazones. Los chicos, en vez de molestarse con aquel eclipse permanente, lo miraban con la misma admiración, pidiéndole que contara esta o aquella historia, generalmente alguna en la que ellos mismos aparecieran como comparsas del gran Pippo. Migajas de atención que les sabían a gloria. ¿Y los adultos? Los adultos lo miraban con envidia, con esa nostalgia que solo puede despertar lo que nunca llegamos a ser.

Y así, entre copas gratis, música alta y fotos, muchas fotos, corrieron los años. La gente se marchaba -la universidad, el trabajo, incluso algún matrimonio-, pero Pippo permanecía. Inalterable, como su leyenda. Las caras iban cambiando, aunque nunca las edades, ni la fascinación. Llegó el momento en que no quedaba nadie que conociera sus historias de primera mano, salvo quizás algún antiguo compañero que, aprovechando una visita familiar, se dejara caer casualmente por allí. Pero a él no le preocupaba, como nunca le habían preocupado los estudios, el trabajo o cómo pagar las facturas. Aún recuerdo, como si lo tuviera delante, ese gesto tan suyo, la mano subiendo en círculos, las cejas arriba y el guiño final, como diciendo: ¿Qué problema hay? Las cosas siempre salen… Y no se podía decir que no tuviera razón.  Por un lado, aunque para muchos fuera inexplicable, las chicas seguían cayendo bajo su peculiar hechizo. Por otro, mientras sus padres vivieron, no había pagos de que preocuparse y cuando ellos faltaron, su techo y sus ahorros resolvieron la cuestión. Además, Pippo gastaba poco, ropa y colonia sobre todo, porque entre unos y otros, las copas, el tabaco e incluso las comidas le salían gratis. Siempre había quien quisiera invitarlo. Y si no, un poco de hambre nunca venía mal, que “este tipito no se mantiene solo, ¿sabes?”.  

Casi como si fuera un lugar santo o una reliquia, los chicos del barrio, del colegio, del instituto, seguían pasando por la mesa de un Pippo cada vez más otoñal y desconectado de la realidad. Las malas lenguas decían que había empezado a hablar incluso cuando estaba solo, que costaba convencerlo de que era ya hora de cerrar e irse a casa, que algunos de aquellos chavales se le juntaban solamente para reírse a su costa y que Vito, el dueño, había tenido ya que dar por perdida una cuenta que no dejaba nunca de crecer. 

Yo también me marché del barrio. Cuando volví, el bar había cerrado hace ya tiempo y Vito vivía con sus hijos, en el sur. Así que nadie supo darme razón de Pippo; la mayoría apenas lo recordaba y los que sí, tampoco sabían nada: era como si, simplemente, se hubiera evaporado.  Quizás, perdido ya su lugar en el mundo, aquella especie de altar en vida que era el bar de Vito, no pudo soportar que los días se hicieran tan largos como lo habían sido sus noches.

No diré que me gustaría ser como Pippo, claro, pero sí tengo que confesar que, como todos, durante años, soñé con ser como él. Y que me gustaría que hubiera encontrado otro lugar donde seguir contando sus días de grandeza, sin perder la sonrisa.

PLACERES CULPABLES

Así llamamos a aquellas cosas que nos gustan pero al mismo tiempo nos suelen provocar una cierta sensación de vergüenza o de incomodidad. Vergüenza, sobre todo, por lo que los demás pensarían de nosotros si se enteraran, porque no encajan en la imagen que queremos dar al exterior o no cumplen con los parámetros de calidad o altura cultural en que nos gustaría movernos. 

Nadie se libra de los placeres culpables, no vayamos a pensar que es un mal exclusivo de universitarios estirados que no confiesan su pasión por el cine de artes marciales o las telenovelas. El jazz y el cine sueco en versión original, piezas muy cotizadas a la hora de exhibir gustos en ciertos sectores, podrían ser el equivalente a un suicidio a lo bonzo ante los colegas del barrio.

Por eso no dejamos de inventar etiquetas y categorías a modo de salvavidas. Vintage, de culto, retro, friki, no son más que desesperados intentos de formar diques en una conciencia, la nuestra, que sabe que no hay justificación posible. ¿Pero por qué hace falta una excusa? Quizás el verdadero problema sea que no hay ningún problema, que perder la corbata graznando a los Backstreet Boys es algo de lo que sentirse orgulloso, tanto como haber sobrevivido al Ulises de Joyce o a Foucault y su puta magdalena. Diría que más, incluso, pero tampoco quiero caer en el extremo contrario. Eso sí, tengo que decir que de esas tres cosas solamente he hecho una.

Sé que no es fácil liberarse de la tentación. Que la excusa nos sale casi sin quererlo, sin pensar, pero hay que hacerlo. Yo mismo acabo de escribir todo este rollo en vez de empezar simplemente con un “Estoy viendo de nuevo Al Salir de Clase”. Que además es lo que quería contar, eso y lo de que en su momento me compré la novela de la serie e incluso, gran avance de los 90, un doble CD con contenido multimedia para dar tus primeros pasos como DJ. Si hubiera hablado de Crimen y Castigo me habría dado una prisa infinita por mencionarla, pero aquí estamos, veinte líneas hasta atreverme a decirlo, y con los dedos temblorosos…

Que sí, que la serie era mala, pero ¿qué tiene eso que ver? Porque superar la esclavitud de los placeres culpables no implica defender que todo sea igual de bueno, sino reconocer que algo, por infame que sea, te puede gustar. El pelo en la espalda de Chuck Norris mientras se pegaba con Bruce Lee, el juez que alternaba gomina y gafas con chupa de cuero y pelucón, Ángel Garó, Lorenzo Lamas y su medio hermano indio… podría seguir años así. Y joder,  a mí es que me encantaba la serie. Si hasta llegaba tarde a las clases de Mitología por ver el final… ¿hacen falta más pruebas? 

He vuelto a empazarla -llevo ya 28 capítulos- y aún no sabría decir qué es, porque no se trata solo de los actores. Vale que no eran ninguna maravilla -como Elsa Pataky o Carlos Sobera-, que la mayoría probablemente haya acabado llevando un chandal de tactel y comprando en la sección de “fecha de caducidad próxima” -lo que en el gremio de actores se denomina “estar dedicándose al teatro”-, pero sería fácil echarles la culpa de todo. ¿El guion? También, pero no solo. Es una extraña mezcla, como una conjunción planetaria, de malos actores, incoherencia en las tramas y experimentalismo de psiquiátrico. Porque esos diálogos de algunos personajes con la cámara, al estilo de las series americanas, por alguna razón no funcionan: tardas en darte cuenta de que hablan contigo y que no se han vuelto locos. Y los inicios de capítulo, retomando lo anterior con diálogos y planos distintos, de lo único que dan sensación es de improvisado, no de homenaje a Lynch. Parece que acabaran de enterarse de por dónde iban, más o menos; como si hubieran pasado diez meses entre rodaje y rodaje. Porque lo que saben hoy, mañana lo olvidan y pasado lo descubren de nuevo, así que se preguntan lo mismo todo el rato, como en el día de la marmota. Luego están las expresiones de los actores. Todas muy trabajadas, de verdad, incluso logradas: la tristeza, la inquietud, la sorpresa, la decepción, la ilusión… El problema es que nunca las usan cuando toca. Como si los engañaran sobre el momento o la escena en que debían utilizarlas. 

  • A ver, Iñigo, en esta escena Silvia y tú estáis en el Twister, y ella te cuenta sus dudas sobre la primera noche que vais a pasar juntos.
  • Vale, dire… entonces ¿la abrazo y le digo algo para consolarla, no? Así, con cara de preocupado…como soy el adulto y el maduro y tal…
  • No, no, ¿qué dices? La expresión tiene que ser de enfado, y la de ella igual. Enfadados, muy enfadados, al borde de la ruptura. Lo del diálogo sí, me parece buena idea que la consueles.
  • Pero… pero… dire, hay algo que no me encaja. ¿No es un poco raro?
  • Tú calla y actúa, Iñigo.
  • Me llamo Mariano…
  • Bueno, lo que sea. Aunque yo que tú, me metería más en el papel. Recuerda, Íñigo, recuerda… el método lo es todo. Así no vas a llegar a nada.

Y así todo. A lo mejor es que se equivocaron y estaban mezclando los guiones de los capítulos o, incluso, que eran los de otra serie y nadie se dio cuenta. Así podría tener cierto sentido, claro, porque rodar un episodio de Cheers con los diálogos del Equipo A también resultaría extraño. O eso o que quien diseñaba el catálogo de expresiones era japonés, por eso de que los códigos culturales cambian mucho de un lugar a otro: si un eructo puede ser señal de satisfacción con la comida o mostrar la palma de la mano un insulto grave, no podemos confiar en que la correspondencia gestual  entre la Moraleja y la prefectura de Osaka sea completa.

También es verdad que a lo mejor me estoy precipitando. Aún me quedan 1061 capítulos, así que quizás estoy siendo injusto. Imagino que habrá quien sienta pena por mí… pero peor va a ser para el resto del mundo, porque pienso seguir escribiendo esta crónica de tan hermoso reencuentro.