“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?

Multiverso (y4)

Hoy no me hizo falta imaginar nada, porque Fabio y yo podríamos haber sido perfectamente la misma persona. Siempre hay distancias que salvar, claro, porque yo nunca he tenido esa pinta de novio ideal de película americana al que incluso el Sr. Jackson, que aniquilaría a cualquiera que pretendiera acercarse a la niña de sus ojos, no tiene más remedio que adorar. Tampoco trabajaría en un club de vacaciones por mucho que hubiera necesitado el dinero, todo sea dicho. Pero él sí, porque quiere recorrer Europa y estudiar lejos de su casa, quizás en un sitio en el que no tenga que imaginarse la luz del sol la mayor parte del año.

Lo curioso es que la gente no entiende su permanente sonrisa, desde las 7 de la mañana en el desayuno hasta el cierre del comedor a la hora de la cena. Con las clases de aerobic acuático a jubiladas alemanas y el teatro para niños por medio. Yo sí. Me costaría más asumir el tener que llevar esos pantalones por encima de la rodilla todo el día, ¿pero eso? A mí me parece evidente. Es la sonrisa del que ha decidido no derrumbarse. La que tenía Shackelton congelada en el rostro los dos años que tardó en volver a por sus compañeros. Solo hay que tener un objetivo.


Contaba Apolonio, en sus Historias Asombrosas, que había quienes afirmaban haber visto, al día siguiente de su muerte y muchos kilómetros de allí, a Aristeas el chamán enseñando Retórica. No sé qué tiene de extraño, ni le veo siquiera el mérito. Yo he estado años sin ti, dando clase cada día. No hace falta ser un chamán para seguir viviendo después de muerto. Solo tener un objetivo. O saber que vendrías.

PARADOJAS II. AQUILES Y LA TORTUGA.

Paradoja: Ret. Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción.

Paradoja de Aquiles y la tortuga: Fue formulada por el filósofo griego Zenón para demostrar la imposibilidad lógica de la idea de movimiento. Aquiles decide competir en una carrera contra una tortuga. Seguro de sus posibilidades le da una gran ventaja inicial y recorre en poco tiempo la distancia que los separaba, pero al llegar allí la tortuga ha avanzado, más lentamente, un pequeño trecho. Al llegar de nuevo donde estaba la tortuga, ésta ha avanzado un poco más. De este modo, Aquiles no ganará la tortuga, ya que la tortuga estará siempre por delante de él.


Es curioso. Tuve que venirme a vivir entre aviones para dejar de sentir esa necesidad enfermiza de subir en ellos. Ahora me siento tranquilamente frente a la ventana y los veo pasar mientras me tomo un té y escribo cosas como esta. Hasta que llegas, claro, porque entonces me olvido también del té y del ordenador.

Lo del gimnasio también es curioso, no me digas que no. Vivir encima de uno y que se me hayan quitado las ganas de correr ha sido todo uno. Y eso que las vibraciones de la música se meten en mi cabeza a través de la almohada y como me descuide me encuentro con un cartón de leche en cada mano haciendo series. O agachándome diez veces para recoger cualquier cosa que se me cae del suelo. Me recuerda a esos rollos de “aprenda mientras duerme”.

De todos modos, lo realmente increíble es que alguien que presume de ser “lento pero seguro” haya tardado tantísimo tiempo en darse cuenta de que así no iba a ninguna parte, que Ítaca es puro humo y da igual que llegues tarde cuando nadie espera por ti. Me ha costado kilómetros de tinta verde y litros de tinta roja entenderlo, pero al menos ahora lo tengo claro. Con los pies fríos no se piensa bien, pero si además los llevas demasiado ligeros entonces sí que es imposible que descubras el secreto de las tortugas. Primero porque no eres ningún arquero mongol para acertar un blanco en movimiento, y segundo, porque las tortugas suelen esconder muy bien las cosas. Solo cuando me senté y miré con atención lo encontré. Estaba en la receta del tiramisú. Entre líneas, claro, pero estaba todo, hasta el último detalle. Y como no podía ser de otra manera, la solución a la paradoja era otra paradoja. Aunque no creo que te sorprenda, porque sospecho que tú ya sabías que es tu movimiento el que me llevaría al fin a otro lugar. Y cómo hacerme grande sin dejar de ser bobo y pequeño.


¿Sabes? A pesar de todo, hay una cosa que no me puedo quitar de la cabeza. Me imagino lo frustrado que tiene que sentirse el pobre Aquiles. Pierde la carrera por no escuchar a Zenón y, luego, cuando le da por hacerle caso en eso de que las flechas no pueden llegar nunca a su destino, mira cómo le fue. Putas paradojas…

SÍNDROMES VII. SÍNDROME DE LATAH.

Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una  patología.

Síndrome Latah: Síndrome en el que el sujeto comienza a repetir movimientos y sonidos sin control alguno, hasta el punto de poder producirse la muerte. Característico de Indonesia, aunque está documentado también en muchos otros lugares, como entre los Ainos, en Japón, en la región de Siberia y en el norte de Canadá, donde se habla de los Jumping Frenchmen of Maine.


El frío es psicológico. El frío es psicológico. El frío es psicológico. El frío es psicológico…

Es un mantra. Uno zamorano. Y yo lo creo, solo es cuestión de convencimiento. O de haber crecido en inviernos bajo cero sin calefacción y de dormir con la ventana abierta, no lo sé. El caso es que funciona; de hecho, la única parte de mi cuerpo sensible al frío es el pie derecho, aunque eso es otra historia. Que pensé que te la había contado ya, pero bueno… a lo que iba. Todo esto tiene que ver con la magia de la repetición. Como esas mentiras que convertimos en verdaderas a base de contarlas muchas veces.

¿Qué? ¿Qué tienes frío? Pues si quieres te puedo hacer un té, pero de poner la calefacción ni hablar, que estoy sin un duro. ¿Por qué crees que me hago el entendido y lo tomo sin azúcar? No me digas que te habías tragado eso de que me gusta apreciar su verdadero aroma y sabor… Vamos, que no te digo que no haya que tomarlo así, pero que a mí lo de la autenticidad no me interesa ni lo más mínimo. Yo soy de los de tres cucharaditas. Pero me lo cuento a mí mismo para endulzar el trago.

Vale, ya en serio. No te enfades y tómate el té. Y hazme caso, que lo de las repeticiones funciona. Y si no, mírame a mí. Estoy vivo gracias a ellas. Porque con todas esas películas de terror que veía era cuestión de tiempo que vinieran a por mí. Los zombis, Alien, el helicóptero de Tulipán, cualquiera. Pero yo descubrí las diez reglas. Las diez diferencias entre ellos y yo que los mantenían alejados de mi habitación. Siempre las mismas contra cada uno. Recitadas con cuidado con la cabeza bajo la sábana antes de darme dos veces la vuelta –hacia la derecha primero, siempre- y desearme las buenas noches –“hasta mañana, que sueñes con los angelitos. Gracias. De nada”; en ese orden-. Sí señor, las diez reglas me salvaron el pellejo, créeme.

Eso sí, hay que hacerlo de manera exacta. Es fundamental no alterar un sonido ni cambiar un gesto, no esperar un minuto de más o de menos. Como en cualquier actividad trascendente, vamos. Repostería, reducción de cabezas, cantar nanas, tablas de multiplicar… Lástima que no se me ocurriera utilizarlas contigo.

Con todo este rollo se te tiene que haber pasado el frío, seguro… ¿No? Lo mismo tendrías que poner algo más de tu parte. Aunque bueno, también te digo… que a veces las repeticiones son peligrosas. De eso las madres saben mucho, por eso te insisten tanto en que si fulanito se tira por una ventana no vayas a ir tú detrás. Si pierdes el control puedes acabar convertido en algo mucho peor que un mimo. Peor que Paulo Coelho incluso. Tienes que saber parar a tiempo, si no es muy peligroso, como lanzarse cuchillos a uno mismo delante del espejo todas las noches antes de dormir; cualquier día te puedes encontrar con la desagradable sorpresa de que tu reflejo es más rápido que tú.

Fíjate, ahora que lo pienso, seguirte llamando era un poco lo mismo. Esa conversación, una y otra vez, con los mismos reproches y las mismas ironías. El día de la marmota. Menos mal que tiré de la anilla a tiempo, si no lo mismo acabo enganchado a la autoayuda o los horóscopos. ¿Te imaginas? Me ha dado hasta un escalofrío, así que cierra bien la puerta cuando te vayas.

Ah, se me olvidaba. Putos síndromes.

TETRIS

Había mirado aquel espacio vacío desde todos los ángulos posibles. Y sentía el cuello a punto de partirse, porque nunca ha sido fácil mirarse el centro del pecho. Pero un día, de pronto, me di cuenta de que tenía exactamente la misma forma que el recogido de tu pelo.

Y se me iluminaron los ojos... esos que no entiendo que te gusten tanto.

SÍNDROMES VI. SÍNDROME DE PETER PAN.

Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.

Síndrome de Peter Pan: Trastorno psicológico que se manifiesta en las personas adultas mediante un comportamiento infantil o un rechazo frente a toda responsabilidad. El sujeto crece pero reconociéndose a sí mismo únicamente en las imágenes de su infancia, desarrollando en su personalidad rasgos de rebeldía, cólera, narcisismo, arrogancia, dependencia, negación del envejecimiento, manipulación e, incluso, la creencia de estar más allá de leyes y normas. Bajo esta apariencia de irresponsabilidad suele ocultarse un cuadro de inseguridad y miedo a no ser aceptado o querido.


Ni relámpagos azules ni pollas. El olor a niño. Eso es lo que activa el síndrome de Peter Pan. Este también lo tengo, claro, supongo que por esa manía tan infantil mía de coleccionar cosas. Putos síndromes…

Bueno, lo que te decía. El olor a niño. Un día pasas por delante de un colegio, entre todas esas personitas con el baby puesto como la capa de Supermán y notas que huelen distinto. Huelen a niño. En ese momento se te vuelve todo del revés, como cuando abres la ventana para ventilar la casa pero resulta que vives justo encima de un kebab. Una experiencia traumática, créeme. Así que entras en barrena y comienzas una huida hacia delante, porque no lo quieres asumir.

Hay muchas formas de resistirse. Una son los semáforos con cuenta atrás. Todo un deporte de riesgo eso de cruzar la calle con el muñeco verde haciendo guiños integrales antes de ponerse en rojo. Otra es la masturbación compulsiva. Una opción tan respetable como cualquier otra, que conste. ¿Sabes una duda que me corroe sobre eso? No, no tiene nada que ver con el Capitán Garfio, es otra cosa. ¿Cómo se las apañaban los T-Rex con esos brazos tan cortos? ¿Se lo harían unos a otros? Porque vale que tenían un cuello extraordinariamente flexible, como para compensar, pero ¿y los dientes? No sé yo si me merecerían la pena todas esas rozaduras. Aparte, te asustaría saber la cantidad de gente que ha muerto intentando hacer algo así, en serio. Es muy peligroso.

También lo es este síndrome, para mí de los que más, porque esa no es la única manera de romperse el cuello –aunque quizás sí la más embarazosa de contar. Volver tanto la vista atrás es otra, y muy común. Yo no me lo he roto, todavía, pero las chispas que provoca el roce entre mi barba y las etiquetas de la ropa son casi insoportables. Por no hablar de que te queda toda hecha una pena, llena de boquetes. Y hay que asumirlo: a esta edad, los agujeros en la ropa ya no le hacen gracia a nadie. Ni a ti mismo, casi. Sobre todo en los calcetines. Porque seguimos igual de perdidos, pero ya no somos niños. Y además, porque lo que se aprecia en un queso –el olor fuerte y los agujeros- es la condena de un calcetín.

Me ha costado darme cuenta, no creas, porque con eso de que el pasado es un catarro mal curado solía tener la nariz tapada. Y no me digas que eso es por quedarme dormido en el sofá, porque no. Ni vayas a sacarme lo de la autoestima, que te conozco y sé que lo estabas pensando…