“Cuando encuentres a Buda, mátalo”. No lo digo yo, lo dice el proverbio. Y es que además ese cabrón se le parecía: gordo, calvo, con los ojos rasgados… si hasta vestía de naranja. Estaba claro, ¿no? ¿Quién coño iba a pensar que en China también había repartidores de butano?

9 DE CADA 10

Cuando alguien lea esto, probablemente estaré muerto. Siempre me reía cuando los demás me decían que con esa gente no se jugaba...“¿qué pueden hacer, matarme?”, bromeaba. Ahora estoy escribiendo esto escondido bajo la mesa de mi despacho, asustado y sudoroso, protegido por una barricada que sé que será inútil cuando lleguen. Ahora, sí, comprendo lo equivocado que estaba, aunque ya es tarde...Vaya, por fin están aquí. Han llegado antes de lo que pensaba. Son rápidos. Espero que también lo sean haciendo su trabajo.
Quizás debí hacerles caso. Ellos nueve vivirán, yo...no.

Fdo.: El décimo dentista


1 de cada 10 dentistas es ejecutado por un asesino a sueldo y sin escrúpulos pero, eso sí, con un agradable aliento mentolado.

CARTAS

Se levantó de la mesa enfadadísimo y se marchó de la habitación, gritando que así era imposible trabajar.

Nadie consiguió hacerle entender que aquello era una timba de poker y que el juego, precisamente, consistía en no enseñar tus cartas.

Pobre Gaspar…

PASAPALABRA

- “Por la H, especialista en la lengua y la cultura griegas”.

Las luces del plató han bajado y el único foco me apunta a mí. El silencio absoluto se rompe en varios suspiros de alivio. Mis compañeros de equipo, un one-hit-wonder latino de finales de los 90 un tanto decrépito y la presentadora del programa de cotilleos de moda -en un estado de conservación inclasificable debajo de varios estratos de maquillaje- se dan un codazo cómplice y sonríen. El presentador contiene el aliento preparando mentalmente las felicitaciones y los abrazos. Y es que no es para menos. 500.000€. El premio más alto en las 14 temporadas del programa. Y el concursante es, ni más ni menos, que profesor de Griego en un instituto. De eso que si te lo cuentan no te lo crees.

Los segundos pasan. Despacio. Millones de cabezas que se preguntan a la vez: “¿Por qué coño/carajo/demonios/diantres no responde?” Pupilas que se dilatan, manos que se crispan, impaciencia, tensión. “¡Res! ¡Pon! ¡De! ¡¡¡Ya!!!”

Cuando por fin abro la boca es como si hubieran colocado el Grito de Munch en medio de un salón de espejos en Versalles: caras desencajadas por todas partes. Y prometo que solo he pronunciado una palabra. Y no, no era el verdadero nombre de Dios. “Hilipollas”. Eso es lo que dije.

Risa de hiena del presentador. “Bueno…esto…jejejej… estamos todos un poco nerviosos, claro. Porque son… 500.000€ lo que está en juego. ¡Sí, señores!” -aplauso atronador que apaga el ruido de las gotas de sudor cayendo al suelo encerado-. “Enrique, veo que no pierdes el sentido del humor ni en mitad de un bombardeo… Pero bueno, el público está deseando escucharte decir la respuesta correcta, y es…”

“Hilipollas” -interrumpo. “Especialista en la lengua y la cultura griegas: Hilipollas”. El hombre no da crédito, está noqueado, y solo acierta a balbucear: “Pero… si es por H, la H…”.

“Ahh, eso” -digo con mi mejor sonrisa-, “coño Cristian, claro… es que es una H aspirada, como la del inglés se pronuncia así como un G suavita”. Y pensé que ya estaba todo aclarado, por eso no entendí por qué el tipo se llevó el dedo índice al cuello y lo movió de un lado a otro. “Corten”, se oyó, y la gente empezó a levantarse mientras sonaba de fondo la sintonía del programa.
Me acerqué por detrás y le toqué en el hombro. “Esto… Cristian… ¿y el cheque? ¿Por qué no me lo han dado? Hay un programa especial para la entrega o algo…”. Me miró con la misma extrañeza que si su corbata se hubiera lanzado a hablar. Luego me mandó a la mierda y se fue haciendo aspavientos. De nada sirvió que le explicara otra vez la pronunciación de la H, o que todas esas preguntas que te hacen -¿Y eso qué es? ¿Ah, pero todavía se estudia? ¿Y eso para qué sirve? ¿Los griegos eran esos que se estaban dando todo el día por el culo?- en realidad se podrían resumir en una sola palabra y no es helenista, precisamente. Cuando las hacen, cuando te miran esperando la respuesta, lo que piensan es que eres hilipollas


En fin. Ya ni siquiera me cogen el teléfono cuando llamo para preguntar qué hay de lo mío. Pero seguiré peleando, vaya que sí.

HÉROES DE LA INFANCIA I: MIGUEL DE LA QUADRA SALCEDO

Hoy iba de camino al instituto y me eché a llorar. Pero no en plan profesor desquiciado y tal, aunque todo se andará. Me eché a llorar porque se había muerto Miguel de la Quadra. Y lo hice con esa misma pena infinita, inconsolable, que sientes de niño cuando tu tío se olvida de que prometió llevarte a comer hamburguesas o a los 10 años te quedas sin ver jugar a España en el estadio porque nadie pensó que fuera tan importante para ti. 

Y es que me tenía absolutamente encandilado. Supongo que a muchos chavales de los 80 nos pasó lo mismo. Pensaba lo alucinante que sería que fuera tu padre. Te imaginabas viajando por todo el mundo, de la mano de aquel hombretón de pelo largo, bigote imposible y ropa de explorador. Juro que yo me veía capaz. Luego tenía que cruzar el puente de un río que te llegaba a la altura del tobillo y llegaba al otro lado con un mechón blanco en el pelo. La realidad siempre te pone en tu sitio, amigo Sagitario.

Creo que a mi madre le pasaba lo mismo. Con Miguel de la Quadra, digo, no con los puentes, aunque me parece que nuestra atracción tenía motivos bastante diferentes. Bueno, y con la realidad, porque mi padre, en cambio, no era nada intrépido: lo más selvático que tenía era la gorra de camuflaje con la que sustituía al sombrero en casa. Aunque realmente tampoco le hizo falta pasar por el Amazonas para pasar todas las enfermedades imaginables. Mi padre era como Lobezno pero al revés. Uñas de los pies aparte. Lo cogía todo: escarlatina, mal de San Vito, gonorrea - sí, he dicho gonorrea. Y lo que no cogía se lo inventaba, porque haber estudiado Anatomía le sirvió, aparte de para pintar de puta madre, para ser perfectamente consciente de los infinitos peligros que nos acechaban a la vuelta de cada esquina. Vivir con él era como estar viendo 24 horas al día “Mil maneras de morir”: la misma sensación de milagro, pero con nombres técnicos.

La verdad es que era un superviviente, mi padre. Visto así, no eran tan distintos. A lo mejor por eso deslumbro a mi madre. A lo mejor por eso los dos me dejaron uno de esos huecos que nunca acaban de llenarse del todo.

Supongo que por eso lloré esta mañana. Aunque en el fondo creo que lloraba por mí. En realidad, creo que casi siempre que lo hacemos es por nosotros mismos. Por lo que perdemos, por lo que ya no podremos hacer con ciertas personas - o por ellas -, porque otro pedacito de infancia se evapora y nos hace sentir el paso - y el peso - del tiempo y las vidas no vividas. Somos así de egoístas. Pero estamos vivos, aunque el óxido, las esquirlas de porcelana y las palomas nos lo pongan difícil.

MULTIVERSO (y6)

-Buenos días, señores y señoras pasajeros, les habla el jefe de cabina. Mi nombre es Angelo. El comandante y toda la tripulación queremos darles la bienvenida a este vuelo… 
Apenas presta atención a lo que dice. Después de haberlo repetido cientos de veces es imposible no sabérselo de memoria. Pero sonríe, siempre sonríe. A los pasajeros, desde que entran en el avión, pero especialmente ahora, mientras atienden de manera casi supersticiosa a las instrucciones de seguridad, como si fueran un mantra protector. A los pilotos, casi todos viejos amigos ya. A sus compañeras, siempre agradables, guapas y jóvenes, pero con las que cada vez tiene menos que ver.
Pronto empezará el servicio de bar y podrá aislarse un poco, que para algo están los galones. Sentarse y mirar por la ventanilla, dejar la mente en blanco.  O intentarlo, porque en realidad casi nunca lo consigue. Un pasajero que pregunta por una conexión, o por cuánto dura el vuelo, aunque acabe de decirlo en tres idiomas. Una compañera, Giorgia, Alessia, Elena…, a veces solo por una cuestión práctica -por algo llevas los galones-, a veces por puro coqueteo. En algún momento llegó a resultarle divertido ese tipo de juegos. Daba el tipo para el papel, claro: italiano, maduro, hoyuelo en la barbilla, mandíbula cuadrada, músculos bien definidos bajo el uniforme, sonrisa y peinado perfectos… Y supo interpretarlo, con éxito además. Nadie adivinó nunca lo ajeno que le resulta todo aquello. Lo lejos que está de ese prototipo que parece encarnar y las posibilidades que le brinda.
-Por supuesto, señora, cuando vayamos a aterrizar les comunicaremos la puerta de todas las conexiones (…) No, no, se puede despreocupar por el equipaje. Lo trasladan de un aparato a otro y usted lo recoge en destino (…) No hay de qué, señora.
Juega con la pulsera, le da vueltas alrededor de la muñeca. Está casi borrada, pero da igual. Fuerteventura. 1998. Kitesurf Challenge. Lo recuerda como si hubiera sido ayer. Como algo único, se dice, y se sonríe, porque realmente lo fue. No hubo más. Allí empezó y terminó todo, al menos para él. Para Luca fue justo lo contrario, y eso que fue de paquete, que se dice. La condición de sus padres para dejarle hacer ese viaje, la forma de asegurarse -como si hiciera falta- de que no hacía ninguna locura, porque sabían que su hermano pequeño era lo que más quería en el mundo. Fue increíble, para los dos, porque al final Luca lo convenció para que le dejara probar. 
(-No me va a pasar nada… ¿tú lo haces, no? Además, estoy con mi hermanito, mi Angelo de la guardia…-) 
Lo dijo con aquella sonrisa que lo desarmaba, así que se salió con la suya. Nunca había sabido negarle nada. Y volvieron entusiasmados, contándole a todo el mundo sus planes: habían encontrado la razón de sus vidas. Pero en casa, lo que eran sonrisas y ánimos para Luca, cambiaban en gestos serios y negaciones de cabeza cuando se trataba de él. Era el mayor, tenía que ganarse la vida… en algo serio, se entiende. Alguien tenía que hacerse cargo del negocio familiar. Pero Luca no, claro, él no valía para estar quieto en una oficina, ni para negociar con proveedores en largas comidas y sobremesas. Luca tenía otro talento, más artístico, más… no sé, inquieto. Escuchó aquello una y otra vez y peleó, pero sus quejas sirvieron de tanto como la advertencia de mantenerse sentado hasta que las señales luminosas se apaguen. Su hermano había intentado ayudar, interceder, pero para bien y para mal nadie lo tomaba demasiado en serio. Además era demasiado inconstante y bullicioso como para plantearse un largo asedio. 
Así que no cambió nada y al final Angelo se hartó. Pero no llegó a ceder del todo y se reservó una pequeña rebeldía. Estudió idiomas, como querían sus padres, administración de empresas… pero por su cuenta se matriculó en una escuela de turismo. Trabajaría, sí, pero no se quedaría anclado allí, como hicieron ellos. No iba a pasar toda su vida en aquellos pocos kilómetros cuadrados, siempre los mismos, sin inquietud alguna por conocer el mundo. Y cuando los reunió alrededor de la mesa, en el comedor familiar -Luca también estaba allí- para hablarles de su primer empleo, disfrutó del cambio radical en la expresión de sus caras cuando en vez de un puesto de contable, administrador o algo similar, las palabras que salieron de su boca fueron “auxiliar de vuelo”. La de Luca no, claro… él se levantó, gritando y aplaudiendo de alegría y se fue directo a abrazarlo. Se fueron a celebrarlo y no se volvió a hablar del tema.
Eso le ayudó a conformarse con las fotos que le mandaba Luca desde todas partes del mundo, con las largas llamadas, con las veces - pocas, cada vez menos - en que el héroe volvía a casa. Al menos durante un tiempo. Solo a veces, durante las largas esperas en el aeropuertos o las noches en hoteles de ciudades que apenas llegaba a conocer, sobre todo, notaba que la pulsera le quemaba en la muñeca, como para recordarle cada una de sus renuncias. Fuerteventura. 1998. Kitesurf Challenge. Pero todo aquel tedio, la amargura, las discusiones con su padre -que nunca llegó a asumir su decisión-, la insistencia de su madre en seguir organizando su vida, todo desaparecía cuando lo veía aparecer por la puerta, riendo, gritando, tirando la mochila de cualquier manera y corriendo a colgársele del cuello, como si aún tuviera 5 años. Y no estaba del todo equivocado. Luca lo seguía mirando como entonces, como a un ídolo, y cuando le hablaban de sus trofeos, de la publicidad para marcas deportivas se echaba a reír y lo señalaba a él diciendo que no tenían ni idea, que Angelo era de verdad el mejor, que él en comparación era un aficionado. Y le echaba cariñosamente la bronca a sus padres por haber evitado que Italia tuviera dos estrellas mundiales del kitesurf. Cualquier otro habría provocado una situación incómoda, pero los padres se encogían de hombros y reían de buena gana. Luca tenía ese don: dijera lo que dijera, nadie podía tomárselo a mal.
Mientras él estaba por allí todo iba bien. Incluso la pulsera, que se le pegaba cada vez más a la piel como plástico derretido, parecía quemar menos.
¿Bolonia? Es preciosa, sí -era su compañera Elena la que preguntaba-, pero para el día y medio que tenemos, yo te recomendaría Verona. Sobre todo -inconscientemente había activado su papel de seductor y la mejor de sus sonrisas- si vas con alguien que la conozca bien. Y bueno -la mirada expectante de ella le hizo continuar- yo me crié allí, si te puede servir de algo…
Solo cuando ella bajó los ojos y después de musitar un “claro…¿nos vemos después en la terminal?” se dio cuenta de lo que había pasado. Apretó los párpados y suspiró. Nada cambia, se dijo, nada.…

-Señores y señoras pasajeros, iniciamos el descenso sobre el aeropuerto de Bergamo. El comandante ha encendido las señales luminosas…-

MULTIVERSO (Y5)

Podría estar bien ser Beppe. Beppe tiene 54 años y es cobrador de unos baños públicos en Siena.  A dos pasos del Duomo y la plaza del Campo. Tiene un ventilador, una radio pequeña y un chaleco con su nombre y el puesto que ocupa. Muchos dirían que estoy loco, seguramente los mismos que lo miran con pena al pasar por delante de la puerta. Pero él estaría conmigo. Está acostumbrado a que lo miren así desde pequeño y nunca se ha molestado en tratar de hacer cambiar de opinión a la gente. Creció en un pueblito de las afueras de la ciudad rodeado de su madre y sus tías, de gente que daba por sentado que no se le daba bien nada, ni el colegio, ni el campo, ni trabajar la madera, como hacía su padre. Pero nunca sintió punzadas en su orgullo porque se le negara cualquier responsabilidad. Se limitó a dejarles hacer. 

Así llegó a su mesa con ventilador y radio. Los padres murieron, las tías se iban marchitando una tras otra y todos los primos habían volado lejos. Solo Nicoletta, la más joven, se quedó cerca, casada con un joven y prometedor abogado que llegó a ser concejal de distrito. Ella también lo miraba así, y por eso habló con su marido para que le consiguiera aquel trabajo. Beppe no había acusado apenas los cambios, la verdad, pero le gustó la idea de tener un chaleco con su nombre. Además, era el lugar perfecto para seguir con un ambicioso proyecto en el que trabajaba desde hace años: identificar la procedencia de los turistas por sus rasgos faciales. Estaba muy orgulloso de sus avances, ya tenía casi dominados los países nórdicos y unos dos tercios de América Latina, pero aún quedaba mucho. Los orientales eran el mayor escollo a salvar, pero acabaría lográndolo.

La otra ventaja es que los baños se cerraban a las siete en punto, así que tenía tiempo para regresar pronto a casa, calentar lasaña en el horno y ver una película de Bud Spencer antes de irse a la cama. Se levantaba siempre muy temprano, a las seis, repasaba las anotaciones del día anterior, pasaba a otro cuaderno las más importantes y se marchaba a abrir.


Por eso digo que podría estar bien ser Beppe. Se pongan los demás como se pongan. Aunque bueno, seguro que si supieran que su abuelo había sido delegado comercial en los varios intentos fallidos de Italia de formar un imperio colonial, y que ese fracaso no le había impedido establecer unas cuantas alianzas tan turbias como lucrativas, empezarían a cambiar de opinión. Y si se enteraran de que Beppe fue el único al que su abuelo reveló dónde había escondido todo su dinero… entonces quizás entenderían mejor esa eterna y complaciente sonrisa con la que siempre indica a los turistas que ya pueden pasar.

PARADOJAS III. LA PARADOJA DE NEWCOMB.


Hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar

Paradoja: Ret. Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción.
Paradoja de Newcomb: En este juego hay dos participantes: un oráculo capaz de predecir el futuro y un jugador normal. Al jugador se le presentan dos cajas: una abierta que contiene $1.000 y otra cerrada que puede contener $1.000.000 o bien $0. El jugador debe decidir si prefiere recibir el contenido de ambas cajas o sólo el de la caja cerrada. La complicación consiste en que anteriormente, el oráculo ha vaticinado lo que va a escoger el jugador. Si vaticina que el jugador se llevará sólo la caja cerrada, pondrá $1.000.000 dentro de esa caja. Si vaticina que el jugador se llevará las dos cajas, dejará vacía la caja cerrada. El jugador conoce el mecanismo del juego, pero no la predicción, que ya ha sido realizada. ¿Debería el jugador llevarse ambas cajas o sólo la cerrada?


Cuando me contaste lo difícil que te resultaba decidir entre los chicles de fresa y los de menta no pude evitar sonreír. Me pareció que te ponías un poco colorada y entonces te hablé de mi habilidad para invertir cantidades insospechadas de tiempo en elegir en qué banco del parque sentarme. Y que solo tenías que esperar un momento a que me trajeran la carta de tés para comprobar lo indeciso que podía llegar a ser. O que abrir un libro de recetas y quedarme sin comer era todo uno.
Me mirabas como preguntándote si hablaba en serio o estaba loco, hasta que pronuncié la palabra maldición y te echaste a reír por fin. Dijiste que era verdad, que debíamos de estar malditos. Hermosos y malditos, pensé al verte sonriendo así, pero eso no lo dije, claro. Me callé y puse cara de tonto, que siempre se me ha dado mucho mejor que hablar. O que elegir la frase apropiada para ese momento, que es casi la misma cosa.
Total, que al final te tuviste que ir y yo me vuelvo a casa sin darte lo que te había traído. Todo porque las dos cajas que compré eran iguales y se me ha olvidado en cuál de ellas metí tu regalo. Pero es que una caja nunca puede abrirse a la ligera, eso lo tengo claro, que de mitos y gatos muertos se aprende, y mucho. Espero que no pensaras mal al verme jugueteando con la mano en el bolsillo. Aunque ¿qué otra opción tenía? Porque poner las dos encima de la mesa no era plan. No creo que jugar a los trileros en la primera cita sea la mejor manera de conquistar a nadie. Bueno, y que si llegas a abrir la que no es, a ver cómo te explico yo lo que había dentro. Haber tenido tratos con el diablo en el pasado tampoco es una buena carta de presentación…
Joder, qué cruz de memoria. Soy incapaz de acordarme y tengo que decidirme ya, porque el tiempo va dejando de estar de mi lado. Aquí estás otra vez. Y claro, me notas raro. Pero no en plan tía loca, sino raro de verdad. Extraño, tenso. Me dices que empiece por el principio y te lo cuente todo, pero siempre he tenido muy mala letra cuando se trata de hablar de mí. Así que en vez de ser sincero, me enredo hablándote de Homero y Virgilio y las puertas de los sueños. Eran dos, una de marfil y otra de cuerno; los sueños verdaderos pasaban bajo el marco de cuerno, el de marfil era el que utilizaban las imágenes falsas para tratar de engañarnos. Había que andarse con mucho cuidado para distinguir unos de otros.

Creo que no acabas de ver la relación que hay entre eso y las dos cajas que te he puesto delante. Y yo me desespero, porque sé que de esa elección depende todo y no soy capaz de hacerla. Pero sonríes, y por un momento pienso que si hay que entregarse al azar, seguramente tú seas la mejor compañía para hacerlo. Pero tira tú de la anilla, por favor. Yo no me atrevo. Eso sí, no me pidas que te diga si es un paracaídas o una granada, porque ni yo mismo lo sé.

SÍNDROMES IX. SÍNDROME DE MÜNCHAUSEN.


Síndrome: sust. Del griego syndromos, concurso. Conjunto de síntomas que constituyen una patología.
Síndrome de Münchausen: patología psiquiátrica que se caracteriza por crear dolencias y fingir síntomas de forma repetida y consistente para poder asumir el papel de enfermo, en ausencia de un trastorno, enfermedad o incapacidad confirmados. En el plano somático el sujeto puede producirse a sí mismo cortes o erosiones para sangrar o inyectarse a sí mismo sustancias tóxicas. La simulación del dolor y la insistencia sobre el hecho de la presencia de sangre puede ser tan convincente y persistente que conduzca a investigaciones e intervenciones repetidas en varios hospitales o consultas diferentes, a pesar de la obtención de hallazgos negativos repetidos.

No, no y no. Que no lo tengo. Putos síndromes y lo que quieras, pero este no. ¿Enrique La Quejica? No sé de qué me estás hablando, porque todo lo que digo es rigurosamente cierto. Todas esas tías eran unas locas y me han jodido la vida. A mí… ¡a mí! Que me he desvivido por todas ellas. ¿Te lo puedes creer? Desagradecidas… ¡Si la víctima soy yo! Mira, mira… hasta me han salido ojeras y rayas en la frente, que antes no las tenía.
Así empecé a escribir esto hace un tiempo. Pero como hasta los más tarados tienen sus momentos de lucidez, por breves que sean, ahora me doy cuenta de que negarlo es precisamente el síntoma más claro. Así que sí, lo tengo. Vaya si lo tengo. Y no es que lo que pone arriba sea mentira del todo, porque no lo es, sobre todo lo de las rayas y las ojeras. El problema es que yo estoy haciendo méritos más que sobrados para que me den el título de Barón: preocupado porque me toca el vaso con una muesca en el borde, por si una micropartícula de líquido de limpiar tuberías se mantiene suspendida en el aire con el maligno propósito de envenenar mi cena, por si el óxido… bueno, ya sabes lo que trama el óxido, no hace falta ni que lo diga. Vamos, que no me va a hacer ni falta ser seleccionador nacional para entrar en la nobleza con el curro que me estoy pegando.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que siempre me veo a un paso de entrar en el selecto club de la profecía autocumplida, y eso sí que no me lo perdonaría. Pero no por aquello que decía Groucho de no pertenecer a un club que te admita como socio, no, sino porque las manías te pueden dar hasta para mantener un blog y provocar el descojono de propios y ajenos, pero hay un límite para seguir inventándose desastres. La fina línea que separa ese “vivir en un ay” con el que me sacas siempre una sonrisa de la injusticia de hacerte pasar temporadas en mi casa encantada de las afueras. Y no precisamente en la Toscana.

Así que al diablo con los autoprofetas, no pienso hacerlo, aunque para ello tenga que cabalgar sobre balas de cañón o caballos cortados a la mitad, bailar en el estómago de una ballena o encender mechas de fusil con la nariz. Y por supuesto, no cortarme nunca el pelo. Bueno, de hecho esa es una de mis dos razones para no hacerlo. Nunca se sabe cuando tendrá uno que tirarse de la coleta para salir de la ciénaga. ¿La otra? Ya te la contaré en otra ocasión, ahora es la hora de tomarme la pastilla.

DE CÓMO LA SARDINILLA LE PUSO EL CASCABEL AL GATO


Hay momentos realmente inapropiados para decir ciertas cosas. Por ejemplo, que alguien decida contarte sus teorías sobre los cascabeles y la mala suerte mientras atraviesas una plaza llena de yonquis, albaneses o albaneses yonquis con una mochila llena de ellos. Y yo mientras encomendándome al espíritu de Angelillo para ver si nos sacaba de allí con su caballo. El caso es que salimos vivos, no sé si porque algún dios respondió a mis plegarias o porque los burócratas del karma me lo convalidaron por haber sufrido a Mocedades tantas veces. 
Así que me libré de aquella, pero claro, si te sabes entera la letra de Doce cascabeles meterte en líos es cuestión de tiempo. Y eso lo asumo, pero aún así me maravilla mi facilidad para acabar siempre en el borde del acantilado. Con el vértigo que tengo. No tengo claro si es por daltonismo, por soberbia o porque le hago demasiado caso a cualquier pelirroja que me cante al oído. En serio, Christina, no te ofendas pero empiezo a pensar que hacer siempre lo incorrecto no es una forma de acertar. Y llevarle cascabeles tibetanos en la primera cita fue una idea tan buena como la de exprimir aquel limón con un tenedor. Menos mal que eran de los que daban suerte. El cascabel, no el limón, aunque en los dos casos acabé sangrando.

Pero sobreviví. Y eso que querías practicar conmigo el golpe de los cinco puntos para detener el corazón. Te reías al decirlo, pero a la quinta vez me pareció que ibas en serio. Y no me equivocaba. Estuviste muy cerca de conseguirlo, pero no contaste con algo. Con mi tío Paco. Aún no me había dado tiempo a hablarte de él, claro -nunca lo hago al principio, siempre espero a que al menos me hayan presentado a su madre-. Por eso no sabías que un día sacó de debajo de la almohada un volumen amarillento con manchas de sardinilla en aceite, miró si venía alguien, cerró la puerta y me dijo, muy serio: “El libro que todo buen judoka debe tener en su biblioteca”. Nos pasamos la tarde bebiendo las cervezas que le había llevado de contrabando a la residencia y repasando las formas más efectivas de matar a un hombre con tus propias manos. Al final valió la pena todo lo que sudé para esconder el cadáver de la monitora de gimnasia a la que le rompió la traquea cuando me hacía una demostración.

CERVEZAS, SALCHICHAS Y UNA GRAN MENTIRA.

Hoy necesito empezar haciendo una confesión. Ha pasado ya mucho tiempo, así que espero que nadie tome represalias contra mí. Aunque lo mismo ni siquiera se enteran. No sé en qué año fue, pero sí que era en la época en que llevaba parches y rodilleras por toda la ropa; en la que todavía no tenía bigote y la única cicatriz en mi cabeza se notaba a simple vista.

Tuvo que ver con Bud Spencer. Con él y con Terence Hill. En aquel momento habría dicho que era culpa suya, pero algo hemos avanzado desde entonces y ya soy capaz de asumir mis decisiones, o al menos algunas de ellas. Así que no, no fue culpa suya, pero sí tuvo que ver con ellos. Era sábado por la tarde, alrededor de las seis. No creo que hiciera mucho tiempo que había comido, porque en mi casa, de Inglaterra, ni los Beatles ni los horarios eran demasiado populares. El reloj marchaba despacio y mis amigos no llegaban. Cosquillas en las piernas, miradas de reojo al balón de plástico naranja. Y yo sin saber lo feliz que era, sin saber que mi ingenuidad estaba a punto de llevarse el primer arañazo. Fue puro azar y, quizás -lo mismo no soy tan capaz de asumir lo sucedido como pensaba- una pizca de mala suerte. Porque mira que solo había dos cadenas en aquella tele en blanco y negro. Y se les ocurre poner “Y si no, nos enfadamos”. Bud Spencer y Terence Hill. Y un deportivo rojo que se juegan en una épica competición de cervezas y salchichas.

El tiempo se detuvo, como es lógico. Y como es lógico también, mis amigos llegaron. El timbre sonó y aquel chirrido agudo rompió el equilibrio del mundo y la calma en que se había movido mi vida hasta entonces. ¿Ahora? ¿Precisamente ahora? ¿Por qué no llegaron antes? ¿Por qué no había un concurso de saltos de esquí o un documental de orcas en la “segunda cadena”? Me hice mayor de repente. Me di cuenta de que había dilemas más allá del obedecer vs. hacer lo que te apetecía.


Y mentí. Mentí como un bellaco y dije que no me dejaban bajar a la calle porque tenía que irme con mis padres a algún sitio. No sé por qué lo hice, pero sí estoy seguro de que aquella maldad dejó huella, que se grabó en alguna foto mía que desconozco, como el retrato de Dorian Grey. Aún no la he encontrado, es verdad, pero siempre temo que el día del reencuentro llegue. Por eso, cada vez que abro un álbum de fotos me tiemblan ligeramente las manos. Casi nadie se da cuenta, y los pocos que lo hacen seguro que piensan -sonriéndose- que son cosas de la nostalgia.   Pobres. Y seguro que tampoco saben quién se llevo al final el deportivo rojo con capota amarilla. Pues no seré yo el que se lo diga.

AÑO DE MUNDIAL

Schumacher, Harald Anton. Düren, 6 de marzo de 1954. Portero de Alemania Federal entre 1979 y 1986. El que le rompió una costilla de una patada a Battiston en el 82 y lo dejó inconsciente. El que se jugó su carrera publicando los escándalos de sexo, drogas y amaños del fútbol alemán. Toni, para sus amigos. Y Chumaquito, para mi madre. ¡Chumaquito… párala!, repetía, como si fuera un mantra, pegada a la tele. Y Chumaquito, obediente, paraba un penalti detrás de otro. Echó a México de su Mundial. 

Esas noches de junio son mis recuerdos más antiguos. Recuerdos sólidos, me refiero, porque lo demás son imágenes inconexas de carreras con abrigos de borlitas azules, bicis con ruedines y las cuentas sentado al lado de Doña Adela en su mesa. No es gran cosa, pero en el fondo me alegro, porque debe de ser una de las pocas veces en mi vida que he llegado a tiempo a algún sitio. Lo digo por haber podido ver el gol de Maradona, claro. Bueno, los goles… el de la mano de Dios y el del barrilete cósmico. Ah, y el gol fantasma de Míchel, que nos convirtió en la única generación capaz de saber de memoria el nombre de un árbitro internacional australiano… todo un superpoder. Y, sobre todo, lo digo por los de Butragueño a Dinamarca, que nos revelaron la existencia de una ciudad mexicana de nombre Querétaro. Sonaba a peli del Oeste, a bigotudos mal encarados baleando a un regimiento yanqui. Si alguna vez me bato en duelo quiero que sea allí.

Todo era misterioso entonces. Porque aún me parecía un tanto mágico que siendo noche cerrada como era, aquellos valientes estuvieran corriendo al mismo tiempo bajo un sol de justicia. El fútbol me demostró la redondez de la Tierra. Que por eso acabamos casi siempre en el mismo sitio lo aprendí más tarde. Bueno, decía que fuera era noche cerrada, pero olvidé decir que la calle estaba llena de gente. En aquella época las fiestas del barrio, San Juan, se hacían justo en mi calle. Carreras de sacos, exposiciones de cerámica, campeonatos de ajedrez… y por la noche, verbena. En el mismo sitio en que los domingos del resto del año aparecían el gitano y la cabra se colocaba una pequeña orquesta. Desde mi ventana se veía, así que en cada paroncito del partido me asomaba a verla con mi madre. Además, el tipo que tocaba la batería conocía a mi madre y siempre le dedicaba alguna de las canciones. Y yo me hinchaba de orgullo. Allí, debajo de aquella luz anaranjada que daban las farolas, parecía que nada podía ir mal nunca, que ese mundo -redondo- giraba justo como tenía que hacerlo. 

En fin, espero que después de leer esto entiendas por qué te digo que eres más bonita que una noche de junio. Pero en año de Mundial, claro.